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El zar y el azar: Gérard Encausse, el médico ocultista

La historia de Rasputín, el santulón consejero de los últimos zares de Rusia, es conocida por su trágico final, pero no todos saben de la influencia que tuvo sobre los monarcas un médico de origen gallego, de padre francés y madre gitana. Este se llamaba Gérard Encausse, más conocido bajo el seudónimo de Papus, nombre que él mismo escogió para perseguir la senda de Paracelso, el galeno renacentista.

Encausse, un místico hipnotista y tarotista que hablaba de reencarnaciones y ocultismo, había nacido en Coruña en 1865, pero desde temprana edad su familia se trasladó a Francia donde fue educado con esmero. Desde muy joven se interesó por el esoterismo y la cábala, creencias que no fueron obstáculo para estudiar medicina. En París conoció al sanador Nizier Anthelme Philippe, aunque su verdadero mentor fue Alexandre Saint-Yves, marqués de Alveydre. Papus

Encausse ganó prestigio en los círculos ocultistas franceses al obtener y difundir los manuscritos de Antoine Fabre d’Olivet, un emblemático esotérico que había participado de la Revolución francesa. Encausse, a temprana edad, ingresó en la Orden Cabalística de la Rosacruz, una fraternidad fundada por Christian Rosenkreuz (supuestamente nacido en 1378) que usaba rituales relacionados con la masonería.

Encausse afianzó su posición como esoterista gracias a una serie de libros publicados a fines del siglo XIX (que aún se editan). En 1891 fundó la Orden de los Martinistas, basándose en los textos que dice haber hallado de Louis Claude de Saint-Martin, un estudioso de la mística judeocristiana. Dos años más tarde, Encausse fue nombrado “Obispo de la Iglesia Gnóstica de Francia”, convertido así en el non plus ultra del ocultismo europeo.

Como ya dijimos, esta incursión en las altas esferas del ocultismo, no le impidieron hacer una exitosa carrera como médico (recibido cum laude) y abrir una clínica en Rouen, donde acudían pacientes de todo el mundo atraídos por esta curiosa mezcla de ciencia y rituales secretos, convertido en sanador del cuerpo y del alma. Por tales razones no resulta extraño que una pareja como Nicolás II y su esposa Alejandra se hayan contactado con Encausse para encontrar alivio a la hemofilia del zarévich.

En plena revolución de 1905, durante un trance, Papus le afirmó a Nicolás haberse contactado con el espíritu del zar Alejandro III. En la oportunidad le advirtió al zar que su trono peligraba por el accionar de los bolcheviques (o al menos fue lo que Encausse relevó como premonición). Después de asegurarles a los zares que esta predicción podía evitarse mientras él estuviese vivo, Encausse volvió a Francia, pero mantuvo una nutrida relación epistolar con Nicolás y su esposa. En ellas les adviertía sobre la peligrosa relación con Grigori Yefímovich Rasputín y sus consejos. Para Encausse, el buen gobierno de una nación nada tiene que ver con el esoterismo y las influencias astrales …

En esos años, Encausse también conoció los textos antisemitas llamados “Los Protocolos de los Sabios de Sión” (por tiempo se creyó que había sido él el autor), una justificación ideológica a los pogromos que sufrían los judíos en la Rusia zarista. En colaboración con el periodista Jean-Claude Carrere, Encausse elaboró una serie de artículos sobre la existencia de un complot judío que pretendía alterar las relaciones entre Francia y el gobierno de los zares. La influencia de este pasquín antisemita fue notable, se difundió por el mundo de forma tal que Henry Ford lo conoció y asistió a divulgar.

Encausse continuó acumulando títulos como jefe de la Ordo Templi Orientalis, hierofante del Rito Antiguo y Primitivo de Memphis y Mizraïm (junto a Giuseppe Garibaldi). Es decir, Papus manejaba los engranajes del esoterismo europeo mientras continuaba atendiendo a personajes notables de la política mundial. Su encumbrada posición no fue obstáculo para ofrecer sus servicios asistenciales cuando la Patria lo requirió en 1914.

En ejercicio de la profesión, contrajo tuberculosis y murió en octubre de 1916. Apenas 140 días después del fallecimiento de Encausse, el zar Nicolás II y su familia fue asesinada, cumpliendo su predicción. La ausencia de Papus ­impidió continuar frenando la advertencia de Alejandro III.

La tumba del Dr. Encausse es una de las más visitadas del cementerio parisino de Père Lachaise y el zar y su familia han sido beatificados por los ortodoxos rusos. Las sociedades esotéricas mueven millones de seguidores en el mundo, fascinados, más allá de la necesidad humana de creer en algo superior, con estas predicciones y coincidencias que algunos llaman destino y otras raras casualidades.

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El arte de predecir se basa en la capacidad de observación y asociación del individuo que asume tal función. Era evidente que la Rusia zarista estaba en peligro. La inestabilidad política era obvia para cualquiera que pisase el país, más en el caso de un observador privilegiado como Encausse quien tenía la posibilidad de acceder personalmente a los zares, una pareja insegura, complicada con la enfermedad del heredero al trono. Nicolás y Alejandra (especialmente ella) buscaban una solución a este problema, que la ciencia, entonces, no podía resolver, con una candidez que los hacía vulnerables a personajes carismáticos como Rasputín y Encausse.

Que Rusia iba a tener problemas políticos, era indiscutible. Que el partido más efervescente era el bolchevique, era fácil de saber. Si uno quiere ganar fama de profeta, las predicciones deben ser distantes en el tiempo, imprecisas, estar dentro de lo probable, y lo más importante, es saber expresarlas en términos ambivalentes (como los usados por los horóscopos). Encausse tenía una capacidad enorme capacidad de observación como semiólogo entrenado, era una persona conectada, conocedora de la realidad y dueño de una capacidad para expresarse con elocuencia – oral y escrita –. Con estas facultades, no es extraño que hiciese esta apreciación del futuro, rodeado por la mística de su figura, el oscurantista con más títulos del mundo, y que ésta haya trascendido cuando las predicciones se convierten en realidad. En caso de no haber adivinado el futuro (cosa que ocurre a diario con millones de predicciones astrológicas y no por eso muere la astrología), estas caen en el olvido.

La vida es bastante condescendiente con los que no adivinan el futuro, pero le sonríe a los que aciertan y promocionan su capacidad profética, más si la rodean con un aurea de misterio, como el que supo crear el Dr. Encausse, médico y ocultista.

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