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El violinista del diablo

El genovés Niccolò Paganini no solo fue el virtuoso del violín más grande de todos los tiempos, sino que también fue su mejor publicista. Cultivó un mito alrededor de su figura con tanto vigor y esmero que esta persistió después de muerto, al punto de impedir su entierro.

El arte nada enseña más que el sentido de la vida - Henry Miller

Las enfermedades son una desgracia para todos. Sin embargo, no podemos decir que haya sido tan así con Niccolò Paganini. Este sufría del síndrome de Marfan, afección del tejido colágeno que caracteriza a aquellos que la padecen por ser altos, delgados y tener dedos largos y finos, propicios para la digitación sobre el violín y otros instrumentos de cuerda, que Paganini también dominaba. Se dice que sus manos estiradas medían cuarenta y cinco centímetros, cuando las de cualquier mortal difícilmente sobrepasan los veinticinco. Esta aracnodactilia (dedos de araña) le otorgaba la extraordinaria flexibilidad con la que cubría acordes y escalas con asombrosa digitación. Su técnica admiraba y, a su vez, desconcertaba a sus contemporáneos, tanto que creían que algún influjo diabólico era la causa de sus habilidades.

Varias leyendas acompañaron en vida al músico. Una de ellas cuenta que había aprendido a tocar el violín en prisión, donde había ido a parar por un asesinato pasional. Otra cuenta que no tocaba en iglesias por ese pacto diabólico, cuando en realidad él consideraba que su música no se adecuaba a ese ámbito. Por algunos años, Paganini alentó y manipuló hábilmente esos relatos que eran la comidilla de las cortes europeas.

Su aspecto casi cadavérico, sus pómulos salientes, sus ojos hundidos, su extrema delgadez y sus cabellos sobre los hombros, sumado todo a su invariable ropa negra, le otorgaban ese aspecto de ultratumba y acentuaban el aura diabólica que a Paganini le gustaba cuidar con celo. Pero no todos eran beneficios en su existencia; después de todo, era eso una enfermedad. Lo que no veía ni escuchaba su público eran las válvulas de su corazón desfalleciente. Esto, sumado a algunos bacilos de Koch (germen que causa la tuberculosis) en su laringe, se lo llevaron a la tumba cuando tenía 58 años. Bueno, esa es una expresión: la fama que él mismo había cultivado con tenebroso esmero ahora jugaba en contra de su deseado descanso.

A pesar de haber recibido del mismo papa la Orden de la Espuela Dorada en 1827, Paganini no era un practicante devoto de la religión y tampoco se cuidaba de expresar sus opiniones religiosas, que no siempre halagaban a las autoridades eclesiásticas. Una vez muerto, estas también jugaron en su contra.

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El 27 de mayo de 1840, el féretro que contenía al gran músico fue depositado en un local sobre la Rue Sainte-Reparate, Niza. De allí fue transferido a un espacio privado dentro del hospital municipal. Su hijo Aquiles (fruto de sus relaciones con la bailarina Antonia Bianchi) pidió permiso al obispo de Niza para sepultarlo en “tierra bendita” y así cumplir el deseo de su padre. No hubo caso. El purpurado se negaba a enterrar en camposanto a un discípulo del demonio. Aquiles no se dio por vencido y recurrió a Roma, al tribunal papal, que se tomó todo el tiempo para analizar el asunto. Si Paganini no había querido recibir los últimos sacramentos, por algo sería, argumentaron los purpurados. Mientras en Roma continuaban deliberando sobre la influencia diabólica en la música de Paganini, el féretro fue conducido al lazareto de Villefranche cerca de Montecarlo. De allí fue llevado a una playa junto a los cuerpos de otros apestados (estos últimos en sentido epidemiológico, ya que Niza en ese momento era azotada por el cólera).

Cansados de esperar la respuesta papal, cinco amigos de Paganini robaron durante la noche el ataúd y, a la luz de las antorchas, se lo llevaron a Saint-Hospice en Saint-Jean-Cap-Ferrat. Lo enterraron al borde del mar, cerca de una torre circular. Una lacónica y solitaria lápida marcó el emplazamiento de este precario enterratorio.

Mas Aquiles Paganini no tendría paz mientras su padre no gozase de un descanso eterno. Entonces alquiló una nave, desenterró el cajón y lo llevó hacia Génova, pueblo natal del violinista. Mala época eligió: la peste se enseñoreaba en la ciudad y sus alrededores. Las autoridades genovesas no aceptaron el ingreso de un cadáver de origen incierto. Ya tenían demasiados dentro de la ciudad, por lo que debió partir hacia Marsella. No hubo suerte. En Marsella había cólera y también le prohibieron el ingreso. Se dirigió a Cannes. Allí nadie quería un nuevo cadáver.

Desde la Croisette, en Cannes, se pueden divisar unas islas, casi como unas rocas frente a la costa. Son las islas de Lérins. Allí debió enterrarlo, cansado de vagar con su ataúd a cuestas. Por cuatro años, el féretro de Paganini permaneció en la isla de Saint-Ferréol.

Pero esta no era la cristiana sepultura que su padre había pedido. Para calmar su conciencia, Aquiles hizo trasladar el ataúd de su padre al jardín de su Villa Gaione, en Parma, donde una lápida marcaría el nuevo enterratorio. Recién en 1876, los restos del genio fueron depositados en la iglesia de la Madonna della Steccata, en la misma ciudad, gracias a la insistencia de su hijo. Parece que la Iglesia puso como condición a la familia que se le entregara todo el dinero que el violinista había ganado gracias al diablo... ¿una leyenda más de las que Paganini había acumulado en vida? Allí permanecieron los restos hasta 1893, cuando el violinista checo Ondříček, al hilar recuerdos desordenados, inventó una historia de cadáveres extraviados y cambiados durante esos múltiples traslados.

Tanto insistió que el mismo Aquiles, por entonces en sus 67 años, ordenó abrir el ataúd de su padre. Y allí se lo vio a Paganini (mejor dicho, lo que quedaba de él)... Su esqueleto apenas cubierto por los jirones de una capa de paño y algunos mechones de cabello cayendo sobre sus hombros: una imagen digna del virtuoso que jugó a ser el violinista del diablo.

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Extracto del libro Trayectos Póstumos (Olmo Ediciones).

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