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El Vapor de la Carrera nos unió a las capitales del Plata

Una rica historia nos habla de las travesías a través del río Uruguay, en distintas épocas y en diferentes tipos de embarcaciones: a remo, vela, vapor (o mixtos), que unían pueblos de las dos orillas con Buenos Aires y Montevideo, cubriendo las necesidades del transporte de pasajeros y cargas.

Un relato de 1860 dice: “El transporte fluvial se efectúa en gran parte por goletas a vela, que pertenecen casi todas a navegantes genoveses, pero corre un servicio regular de vapores en los ríos Paraná y Uruguay. Con Montevideo, la comunicación a vapor es casi diaria”.

En 1857, se fundó en Salto la Compañía Salteña de Navegación a Vapor. Uno de sus primeros accionistas fue el caudillo entrerriano Justo José de Urquiza y además fue miembro del directorio Leandro Gómez, el héroe de la Defensa de Paysandú, en 1864-65.Comenzó con dos vapores fluviales que se encargaron a astilleros ingleses y llevaron los nombres de Salto y Montevideo. “El vapor a ruedas Salto tenía una capacidad de 80 pasajeros ubicados cómodamente en primera clase y 40 en segunda. Medía 47 m de eslora, su calado era tan solo 1,15, por lo que podía desplazarse aun con bajantes del río Uruguay”.

La empresa ofrecía una carrera de cuatro viajes mensuales entre Salto y Montevideo, con escalas en Concordia, Paysandú, Concepción del Uruguay, Fray Bentos, Nueva Palmira y hasta Rosario de Santa Fe, por el río Paraná, por lo que recibió una subvención de 1.000 patacones por los servicios postales nacionales e internacionales que se prestaban.

DOS GRANDES EMPRESARIOS

En 1864, un vasco francés, cuyo nombre era Saturnino Ribes, llegó a Salto sin mas bagajes materiales que un violín debajo del brazo. En un principio, trabajó en los escritorios de la bodega y saladero de su paisano y amigo de don Pascual Harriague, pasando luego a ocupar un puesto en la Compañía Salteña.

Esta empresa, a pesar de su floreciente desarrollo empezó a no marchar del todo bien, debido a la disensión anárquica en que se agitaba su directorio, situación que la sagacidad de Ribes percibió. Buscó entonces capitales y se hizo armador. Trajo en 1866 el vapor de pasaje y carga Pingo, y más tarde, el Saturno y Júpiter, embanderando su flota con el nombre Res Non Verba (significa “Hechos, no palabras”), con la que estableció una seria y fuerte competencia.

Levantó los primeros galpones para sus astilleros, que llegaron a ocupar a más de 500 personas. En 1879, al dar quiebra la Compañía Salteña, quedó dueño de los ríos con el nombre de Mensajerías Fluviales a Vapor, incorporando el primer vapor con iluminación eléctrica, denominado Cosmos.

Bajo la presidencia del directorio de Prudencio Quiroga (padre del escritor Horacio Quiroga), vivió una época de gran prosperidad, pero también debió enfrentar la competencia de otras empresas y empresarios. En 1897, murió Saturnino Ribes, sin descendientes directos ni indirectos, lo que dio origen a una historia espeluznante conocida como “El testamento de la piolita”, en que interesados inescrupulosos se hicieron de sus bienes.

En tanto, Nicolás Mihanovich, en 1867, había llegado a Montevideo como tripulante de una fragata. Luego se radicó en Buenos Aires, donde trabajaba de botero. Convertido en capitán mercante, llegó a constituir una flota que ya era importante en 1880 y contó muy pronto con talleres propios y varaderos.

En 1903, en sociedad con Elías Lavarello, después de adquirir varias empresas, su flota estaba constituida por 200 naves, entre vapores de pasajeros (que hacían la travesía a través del Río de la Plata y del río Uruguay), de carga y remolcadores, con talleres en en la Isla Maciel, Carmelo y Salto, donde se construyó el vapor Corrientes. En 1920, las líneas de Uruguay de la empresa Nicolás Mihanovich ofrecían el trayecto de Montevideo, con trasbordo en Buenos Aires, directo para Fray Bentos, Concepción del Uruguay, Paysandú, Colón, Concordia y Salto, y viceversa. Con el correr de los años, los hermanos Alberto y Luis Dodero heredaron la flota y la transformaron en la mayor empresa de navegación de América del Sur.

SANDUCEROS RECUERDAN SUS VIAJES EN EL MEMORABLE VAPOR GENERAL ARTIGAS

Los vapores General Alvear y General Artigas eran gemelos y ambos fueron viejos conocidos de nuestro puerto, cuando cubrieron durante varios años el servicio de pasajeros y cargas. Construidos en astilleros ingleses en 1913 y adquiridos en 1922 por la empresa de Nicolás Mihanovich, tenían capacidad de 257 pasajeros en primera clase y 189 de segunda clase, con propulsión a ruedas en ambas bandas y una velocidad de servicio de 14 nudos.

Hernán Zunín recuerda “que en 1952 o 53 fui con mi familia a Buenos Aires en el Vapor de la Carrera. De mañana cruzamos en lancha a Concepción del Uruguay. De tardecita, fuimos al puerto nuevamente, pero esta vez para embarcarnos en una maravilla, el Vapor de la Carrera, igualito a los de las películas del Misisipi. Todo parecía de lujo y muy bien cuidado, brillante y colorido. A bordo, nos recibió una orquesta que tocaba jazz, luego en la cena, otra de tango. Yo bailé con mi mamá. El dormitorio era pequeñito, con dos cuchetas, una encima de otra y muy angostitas. En una esquina, un lavatorio también muy pequeño y una mesita con una botella de agua y copas”.

En 1950, Uruguay rindió homenaje al prócer José Gervasio Artigas, con motivo de los 100 años de su muerte. Los sanduceros no fueron ajenos a tan trascendente fecha y el 19 de setiembre, organizado por el Club de Pescadores, partieron 300 excursionistas rumbo a Asunción para rendir homenaje, en el sitio mismo donde vivió don José sus últimos días. Estos homenajes fueron registrados por Graniero a través de sus fotos.

“En la explanada del viejo muelle de madera de la terminal portuaria, se encontraban varios cientos de personas frente al vapor General Artigas, que se hallaba completamente empavesado, luciendo banderas y gallardetes. Sobre las 12 horas, ya estaban a bordo y en cubierta los 300 excursionistas de Paysandú y ciudades vecinas. Saludos amistosos, brazos en alto y pañuelos se intercambiaban en un clima de cordialidad y alegría, presagiando el más feliz éxito del viaje.

A la orden de partida, las palas comenzaron a moverse y la nave dio una maniobra en semicírculo para tomar rumbo al sur. Pasó frente al puerto y, a manera de saludo de despedida, dio tres pitadas largas. Todas las embarcaciones atracadas a muro contestaron de igual manera”.

EL TELEGRAFO, además de estos comentarios, publicó al otro día la nómina de todos los viajeros, miembros de conocidas familias.

Mientras el General Artigas surcaba lentamente las aguas de los ríos Uruguay, Paraná y finalmente Paraguay, la orquesta del maestro Choché Pérez, especialmente contratada, amenizaba las noches.

En tanto, para los más jóvenes, el lugar de encuentro era en el restaurante de la popa. Durante el día se hacían caminatas a lo largo de las barandas laterales del barco, entre otros entretenimientos, de un viaje inolvidable para Teresa Rodríguez Nolla de De María, que con 16 años viajaba junto a su madre y a un hermano.

Entre relatos y anécdotas, Betino Blanc, que integraba la delegación de Básquetbol, junto a los jugadores Vásquez, Dotti, Tuvi, Sánchez, Silveira, Tognola, Iruleguy, Barbato, cuenta que en Paraguay tuvieron un notable desempeño. Ganaron el partido inaugural frente al club Biguá y luego perdieron frente a Olimpia por tan solo 36 tantos a 34.

Otro acontecimiento se vivió a bordo del General Artigas, cuando en 1956 Paysandú festejó su bicentenario.

Para esas inolvidables jornadas, el 12 de octubre llegó al puerto, procedente de Buenos Aires, con una gran excursión presidida por el embajador del Uruguay en Argentina, Marques Castro, y el agregado naval, nuestro conterráneo capitán de navío Italo Velardo.

El profesor Carlos Conte Grand, de Colón, presente en el recibimiento, recuerda que “el vapor llegó adornado con gallardetes; entró en la rada al toque de bocina ininterrumpida a las 10 de la mañana de ese día. Siendo respondido el saludo por otras naves ancladas en el puerto”.

Tal vez haya sido el último viaje a nuestro puerto de aquel viejo vapor, que tantas veces vimos navegar desde nuestra costa. Permaneció en servicios hasta 1960 y fue desguazado en la Dársena Norte de Buenos Aires en 1962.

El fin del Vapor de la Carrera también significó el fin del muelle de madera, que servía a sus maniobras de amarre y de servicios a los pasajeros, incluidos los que llegaban directamente al barco desde el ferrocarril.

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