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El último Samurái

Los samuráis eran una élite militar que había peleado bajo el mando de distintos caudillos llamados Shōgun. Desde el siglo XVIII en adelante se había intentado reducir los privilegios de esta casta guerrera, proceso que culmina con la restauración de los Meiji en el siglo XIX.

El comodoro Matthew Perry al irrumpir en la bahía de Edo con la flota americana en 1853, forzó la incorporación del Japón al mercado mundial. Esta apertura comercial fue resistida por los grupos más conservadores, bajo el principio del Sonnō jōi - o la expulsión de los bárbaros -.

Los grupos más recalcitrantes, opositores de la apertura al mundo, asesinaron a comerciantes americanos y europeos. La retaliación no se hizo esperar y flotas de las potencias extranjeras bombardearon la ciudad de Shimonoseki.

El shōgun Saigō Takamori, uno de los líderes más ancianos del gobierno Meiji, renunció a su puesto, preocupado por la corrupción política que pensaba era secundaria a la apertura a Occidente y estableció academias donde los jóvenes tomaban lecciones de táctica militar siguiendo las viejas tradiciones. Esta actitud beligerante anunciaba un próximo conflicto. Varios grupos de samuráis comenzaron con pequeñas revueltas a todo lo largo del país.

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Fortificaciones de la Armada Imperial Japonesa cercando Shiroyama. Fotografía de 1877

Fortificaciones de la Armada Imperial Japonesa cercando Shiroyama. Fotografía de 1877

Takamori anunció su intención de marchar a Tokio. En el camino sitió al Castillo de Kumamoto defendido por las fuerzas del emperador. Mientras se hostigaba la fortaleza, varios soldados imperiales se unieron a las fuerzas de Takamori quien, según sus declaraciones, no pretendía traicionar al emperador sino quitarle las "malas influencias".

La intervención del general Kiyotaka logró desplazar a las fuerzas de Takamori que se vieron seriamente disminuidas en número. Forzado a dar batalla Saigō Takamori enfrentó a las tropas imperiales en Shiroyama. El ejército superaba a los samuráis en una proporción de 60 a 1. Con 30.000 soldados a su disposición, dotados de artillería y ametralladoras, el general Yamagata Aritomo comenzó el asedio de los 500 samuráis, rodeados por obstáculos para impedir su escape. Entonces Yamagata le envió una nota amistosa instándolo a rendirse, invitación que Saigō rechazó por ir contra el código Bushido que alentaba a los nobles guerreros. El ejército imperial atacó desde todos los frentes y a las 6 de la mañana solo 40 samuráis estaban con vida y Saigō yacía herido de muerte, circunstancia que no fue obstáculo para que su seguidor más leal, Beppu Shinsuke lo asistió a quitarse la vida siguiendo el rito Seppuku.

Muerto su jefe los últimos samuráis dirigidos por Beppu corrieron a enfrentar al enemigo con sus katanas desenvainadas solo para ser acribillados por las ametralladoras. De esta forma llegaba a su fin la rebelión de los Satsuma y caía el último samurái.

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