PersonajesBahía Blanca | Ramón Estomba

El triste final del coronel Estomba

El coronel cruzó la plaza desierta y sobre el improvisado mástil dejó un papel escrito con trazos firmes. Después volvió al cuartel. De a poco, los soldados y los paisanos se fueron acercando para leer la nota. Todos estaban preocupados, últimamente el coronel los tenía sobresaltados con marchas y contramarchas y órdenes más que extrañas. La lectura de esta nota terminó de convencerlos que algo le pasaba al coronel. Ésta decía: “De ahora para siempre y hasta la muerte y más allá de la muerte, dejo el insignificante nombre de Ramón y me llamaré Demóstenes Estomba”. Pocos días más tarde el coronel Estomba, héroe de mil batallas y vencedor de más infortunios, marchaba escoltado y sin armas hacia la ciudad de Buenos Aires.

Ramón Estomba era oriental, primo del general Mitre por parte de madre. Había nacido en 1790 y a los veinte años se enlistó en las tropas porteñas que marcharon al Alto Perú. Presenció el fusilamiento del Virrey Liniers y participó de la primera gran victoria patria en la pampa de Suipacha. Tres años más tarde, Belgrano lo nombraba capitán de los Dragones del Perú.

Después del desastre de Ayohuma, fue tomado prisionero junto a mil quinientos criollos. Debieron marchar por la sierra helada hasta la temible Casamatas del Callao. Allí pasó siete años, siete largos años, viendo día a día como sus compañeros morían de pestes, hambre y desolación. Sólo quinientos de ellos sobrevivieron.

Estomba pudo sobrellevar las penurias leyendo e instruyéndose para combatir tanta tristeza. El 12 de diciembre de 1820 fue puesto en libertad gracias a un cambio de prisioneros, para ser incorporado al ejército del general San Martín.

Seis meses más tarde entraba victorioso a la ciudad de Lima, la misma que lo había visto llegar años antes, vencido y desesperanzado. Desde entonces acompañó la azarosa campaña del Perú, en las sierras de Ica, en Calama, Torata y Moquegua. En 1824 ya era coronel de infantería. La suerte parecía sonreírle una vez más cuando, el 5 de febrero de 1824, fue nuevamente tomado prisionero por los criollos traidores. Contra un muro de piedra vio caer fusilado al negro Falucho, gritando al morir “viva Buenos Aires”. Otra vez el oprobio, otra vez la marcha de la vergüenza. No, Estomba, no podía tolerar una nueva reclusión. Al llegar al pueblo de Matucana, junto al capitán Pedro Luna, se dio a la fuga. Los godos, no toleraron esa burla; alguien debía pagar por esta afrenta. El general Monet indicó el desdichado sorteo, dos debían morir por los dos fugados. Los capitanes Prudán y Millán se ofrecieron para ser fusilados. El coronel Videla Castillo se prestó como víctima propiciatoria por ser el oficial de mayor graduación. Lo mismo hizo el coronel Berendez. Al grito de “Compañeros, la venganza les encargo” entregaron sus vidas por la patria.

Estomba volvió a la lucha y a vengar a sus compañeros. Participó de las batallas de Junín y Ayacucho que pusieron fin a la dominación realista. En 1826, Estomba fue desterrado del Perú por creérsele implicado en un movimiento contrario a Bolívar, que no le tenía mucha simpatía ya que dos veces había ordenado su encarcelamiento. En 1827, Estomba se hizo cargo de la frontera sur de Buenos Aires, donde fundó la ciudad de Bahía Blanca, a la que llamó “La Esperanza” y una fortaleza titulada “Protectora Argentina”. Por un decreto de 1828 se le impuso el nombre de “Nueva Buenos Aires”, pero en los hechos conservó su nombre original.

Fue en esta época cuando sus soldados notaron un cambio en su carácter. La disciplina se volvió innecesariamente estricta y el coronel no aceptaba ningún tipo de excusa. Las sanciones eran desproporcionadas y las órdenes contradictorias.

La última carta, donde muta su nombre a Demóstenes, muestra a las claras un trastorno megalómano, característico de los estadios finales de la sífilis. La parálisis general progresiva hacía estragos en la sociedad, especialmente entre las tropas que recurrían a las cuarteleras sin existir entonces más que rudimentarios métodos para evitar la diseminación de las enfermedades venéreas.

El coronel Estomba fue internado en el Hospital General de Hombre, vecino a la Iglesia del Pilar. Pocas semanas después, el 27 de mayo de 1829 dejó de existir, víctima de la misma enfermedad que lo había inmerso en un mar de locura.

Su cuerpo fue enterrado en el Panteón de los Ciudadanos Meritorios del cementerio del Norte y actualmente sus cenizas reposan en la catedral de la ciudad que fundó.

Un triste final para un gran hombre.

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