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El Talleyrand de las Pampas

Manuel de Sarratea fue una de las figuras fundacionales de nuestra historia aunque siempre trabajó desde el fondo de la escena, manejando los hilos de la trama. Su habilidad le permitió ser figura consular, diplomático, tratar de conciliar posiciones con España, con los caudillos y finalmente ser diplomático de Rosas. Era el hombre tras bambalinas.

Manuel de Sarratea nació en Buenos Aires el 11 de agosto 1774, hijo de Martín Simón de Sarratea, guipuzcoano y acaudalado comerciante, y de doña Tomasa de Altolaguirre, perteneciente a distinguida familia.

En 1784, fue enviado a Europa para recibir educación en el Seminario Patriótico Vascongado de la Villa de Vergara. Luego hizo su aprendizaje comercial en la casa gaditana de Juan Francisco de Vea Murgía, y en sucesivos viajes por Madrid y las provincias vascas afianzó su crédito y trabó nuevas relaciones comerciales que más tarde utilizaría en Buenos Aires.

Al instalarse por su cuenta, se destacó por el impulso que dio al tráfico con América Septentrional, estableciendo representantes permanentes en Filadelfia y utilizando los servicios de Tomás O’Gorman que, a fines de siglo, hizo varios viajes a Norteamérica con el propósito de comprar buques y mercancías por cuenta de Sevilla.

De regreso a Buenos Aires, continuó con sus operaciones comerciales. Al realizarse la primera renovación por elecciones normales en el Consulado, en 1797, fue designado prior del mismo, y reelegido al año siguiente.

En marzo de 1800 se lo nombró como integrante de la embajada especial que salió a las afueras de la ciudad a recibir al Virrey Avilés al hacerse cargo de sus nuevas funciones. Poco después, solicitó permiso al Virrey para exportar a La Habana una importante remesa de sebo, carne salada y astas. El cargamento se transportó en lanchones de cabotaje a Montevideo, siendo embarcado en el “Liberty”, al mando del capitán Miller. Fue esta la primera exportación de productos del país en barco con pabellón norteamericano.

Si bien no figuró entre los patriotas que prepararon y realizaron la Revolución de Mayo, la Junta Grande le encomendó una misión confidencial ante el embajador inglés en Río de Janeiro, Lord Strangford, y la Corte del Brasil. Se dijo entonces que iba a gestionar una monarquía constitucional para el Río de la Plata “bajo el cetro de doña Carlota de Borbón, quien luego de ceñirse la corona debía resignarla en el príncipe Pedro de Braganza”. Pero el principal objeto de la misión de Sarratea era detener la invasión portuguesa y neutralizar la acción bélica del Virrey Elio. El ministro español Casa Irujo lo señaló al gobierno de Montevideo como un agente peligroso, cuya acción no había que despreciar sin exponerse a males irremediables.

El 23 de septiembre de 1812 fue nombrado triunviro junto a Feliciano Chiclana y Juan José Paso, obedeció casi seguro al resultado positivo de la misión confidencial que antes le había otorgado la Junta.

Al asumir el cargo en el Triunvirato fue su presidente, y en tal carácter, pasó a la Banda Oriental, como general en jefe del ejército porteño que sitiaba la Plaza de Montevideo, donde nombró jefe de la vanguardia al general José Rondeau.

Pronto la autoridad de Sarratea se vio disminuida ante la actitud del caudillo oriental José de Artigas, que no quiso acatar sus órdenes, quien, entre otras cosas, le robó la caballada del ejército patrio, dejando a Sarratea y a su hombre de a pie.

Obligado a dejar la dirección militar, regresó a Buenos Aires, entre acusaciones de maltrato y robo.

Cesó en el Triunvirato con la revolución del 8 de octubre de 1812, dirigida por el coronel San Martín y la Logia Lautaro. Al ocupar Posadas el Directorio en 1814, le encomendó na misión diplomática ante las Cortes europeas tendiente a interesarlas por la independencia argentina.

En mayo se encontró en Londres con Rivadavia y Belgrano. Ante la ineficacia de las gestiones con el gabinete de Londres, que se negaba a intervenir en apoyo de la causa emancipadora, Sarratea expuso su plan de proponer al ex rey Carlos IV, a la sazón residente en Roma, la coronación de su hijo, el infante Francisco de Paula como rey constitucional del Río de la Plata. La negociación se hizo por intermedio del conde de Cabarrús, familiar del Príncipe de la Paz, que resultó ser un “sablista” como bien lo definió Belgrano.

Ante el fracaso de la negociación, Sarratea pensó con el conde un proyecto descabellado; raptar al infante y traerlo a Buenos Aires, Belgrano y Rivadavia se negaron a considerar semejante proposición. Disgustados con Sarratea, el primero volvió a la patria, y Rivadavia permaneció en Europa para negociar con el gobierno de Madrid, como lo prescribían sus instrucciones. En mayo de 1816 llegó a la capital española y conferenció con el ministro Cevallos, pero éste le mandó salir del territorio en un plazo perentorio. Bruscamente terminaron las negociaciones.

Sarratea apoyó a López y Ramírez en su campaña contra los porteños. En 1820, a raíz de la derrota sufrida en los campos de Cepeda por el ejército directorial de Rondeau, Sarratea fue nombrado por la Junta de Representantes, el 16 de febrero de 1820, primer gobernador y capitán general de la provincia de Buenos Aires, con carácter provisorio. La elección era un intento de congraciarse con el ejército federal, pues se conocían las relaciones amistosas que mantenía con Carrera y Ramírez. Seis días después, se trasladó al campamento de los federales, y el 23 de febrero acordó la paz con López y Ramírez, en una convención conocida con el nombre de Tratado del Pilar, con el objeto de poner fin a la guerra civil, según algunos historiadores es la piedra fundamental de la reconstrucción argentina bajo la forma federal. Por él se estipulaban la paz y el retiro de las fuerzas invasoras, el juicio político a las autoridades nacionales depuestas y la convocatoria de un congreso general elegido popularmente, al cual serían invitadas las demás provincias con el objeto de organizar un gobierno central. Por último, no se reconocía supremacía alguna de una provincia sobre otra. Al día siguiente el tratado fue aprobado y ratificado por la Junta de Representantes.

En 25, entraron a Buenos Aires los generales del ejército federal López y Ramírez, con el gobernador Sarratea en ese famoso episodio en que los caudillos ataron sus caballos a la Pirámide de Mayo. Las clausulas secretas que tenía el Tratado del Pilar sobre entrega de armamentos a los caudillos y protección de Carrera habían trascendido provocando unánimes censuras. La reaparición del general Alvear aumentó la alarma en la opinión. A consecuencia del movimiento de resistencia creado, se convocó un Cabildo Abierto el día 6 que depuso a Sarratea, y nombró gobernador a Balcarce; los restos del antiguo partido directorial contribuyeron a este movimiento que se presentaba, en cierto modo, como una restauración del mismo.

Sarratea huyó y se refugió en el campamento de los caudillos. Balcarce no pudo dominar la situación; Ramírez y López, con Sarratea, se acercaron con sus tropas a Buenos Aires llegando hasta los suburbios.

Por todas partes cundió la desmoralización, las milicias de la ciudad desertaron, y abandonado por todos, Balcarce se dirigió al destierro. No había alcanzado a estar en el poder ni una semana.

De nuevo Sarratea en el gobierno, expidió un auto el 14 de marzo de 1820 mandando formar proceso por alta traición al Directorio y a los miembros del Congreso caído. El Deán Funes dio a publicidad con ese motivo a un opúsculo intitulado “El Grito de la Razón y la ley sobre el proceso formado a los congresales”, que constituía una condenación viva al procedimiento de Sarratea quien, en 1815, había estado tramitando soluciones monárquicas en Europa.

En 1820 prohijó el más famoso periódico de la época, titulado “El Año Veinte”, cuya propiedad se le atribuyó a Sarratea. Al parecer, también fue dueño de varias imprentas dedicadas especialmente a la impresión de anónimos o documentos de dudosa procedencia –un preanuncio de lo que hoy llamaríamos Fake news–.

Entre tales acusaciones se contaba con la de Anchorena quien había sido acusado con Pueyrredón y el Congreso de haber querido entregar, mediante un tratado, el país a Portugal; mejor dicho, a la dinastía de los Braganza. “No ha podido presentar hasta ahora, ni presentará jamás ese documento diplomático con que debe desmentirnos –estampaba Anchorena–, quedando de este modo confundida su atroz calumnia… él, el primero y acaso el único verdadero delincuente, por haber tratado nada menos que con el mismo Rey D. Carlos IV, por medio del Conde de Cabarrús, sin poderes ni representación legítimas de éstas provincias, ni aún del gobierno, para coronar en ellas a uno de los Infantes de la Casa de Borbón, reinante en España”. El señor Sarratea –agregaba más adelante don Tomás– ha procedido peor que Catilina, no solamente atacando a la República, sino traicionando la confianza que se le había hecho. Y siendo un segundo Catilina más perverso que el primero, ¿qué extraño es que yo usase de toda la acrimonia y vehemencia que pueda imaginarse en reproche de sus crímenes…? Coronar un Infante sin asegurar la libertad del país, por medio de una Constitución liberal, y por ello formar un cargo al gobierno de ingentes miles, fuera de los que llevó Catilina, esto si es traicionar, jugar con nosotros y vendernos como a negros…”.

Tras formularle tan graves cargos a Sarratea, éste se vio obligado a renunciar el 2 de mayo, siéndole aceptada por la Junta de Representantes, con la intención de ésta de incluirlo en el Proceso, por sus gestiones monárquicas de 1815, haciéndolo caer en sus propias redes.

En 1825, cuando Rivadavia volvió al país para poner en ejecución su política nacional, lo nombró a Sarratea representante diplomático ante el gobierno de Gran Bretaña. Allí le tocó en suerte informar oficialmente a Jorge Canning, en enero de 1826, la reintegración de la Banda Oriental a las Provincias Unidas, pero ante la caída de Rivadavia y la independencia del Uruguay debió renunciar a su cargo.

Sin embargo este personaje se las arreglaba para caer siempre de pie y en 1838 Rosas lo nombró representante argentino en Río de Janeiro, con la particular misión de lograr un rompimiento entre el gabinete carioca y el general Fructuoso Rivera. Sus gestiones en tal sentido no tuvieron éxito. Luego fue ministro plenipotenciario y extraordinario en Francia desde el 24 de abril de 1841. Le tocó actuar en el momentos del conflicto armado con Francia e Inglaterra. Queda testimonio de ello, la interesante correspondencia sobre el particular intercambiada con Francisco Casiano de Beláustegui y su jefe, el Ministro de Relaciones Exteriores Dr. Felipe Arana. En ejercicio de ese cargo, falleció en Limoges, en viaje de Los Pirineos a París, Sarratea se sintió desfallecer en el ferrocarril, y debió descender en esa población. Su estado era desesperante, y advertido el secretario de la Legación, Mariano Balcarce, consiguió llegar a tiempo a Limoges para el momento de su deceso ocurrido el 21 de septiembre de 1849.

Sarratea, soltero y sin parientes en Europa, estaba con la sola compañía de su perro terranova llamado “Mouton”, del cual jamás se separaba. Este perro era famoso en París, el “Courrier du Havre” lo describe “como de una rara belleza y una fuerza prodigiosa; tenía una medalla al mérito por haber salvado en el Sena a un hombre que se ahogaba, en ocasión de pasear con su dueño por las orillas del río”.

“La muerte de Sarratea –escribió De Angelis al general Guido, el 27 de enero de 1850– nos pone en embarazos” seguramente por haber dejado en desamparo a la política rosista en Europa, quien era considerado como un verdadero puntal. El “Courrier du Havre” en su artículo del 13 de mayo de 1850, decía que “Había algo de Talleyrand en ese ministro ilustre. Nada más fino que su aticismo, más ingenioso que su conversación jovial y más distinguido que sus maneras. Instruido en las Ciencias Exactas, notable por la extensión y variedad de sus conocimientos, tanto hablaba de agricultura, como de Bellas Artes y Letras. Pero sobre todo lo distinguió su talento y su buen ojo diplomático. En su difícil posición, sus comunicaciones con el Ministerio de Negocios Extranjeros fueron un modelo de patriotismo y ponderación, dictados con un estilo exquisito y que hacen honor a la ciencia de la diplomacia. Es de esperar que su gobierno las publique”.

Sus restos fueron repatriados a bordo del buque “Ankober”, el 15 de julio de 1850, según la información del “Diario de Avisos”.

Por orden expresa de Rosas también fue embarcado “Mouton”. Comenta el periódico francés que el perro no se separó un solo instante del camarote mortuorio. Se hizo el desembarco en un bote de guerra nacional que trajo a tierra a sui cajón acompañado por el coronel José María Pinedo y le teniente de marina, Álvaro de Alzogaray.

En medio de la recepción oficial que se le tributó, el carro fúnebre punzo sólo fue acompañado por dos carruajes hacia el cementerio de la Recoleta.

Sarratea fue un político consumado, uno de esos personajes que huelen los vientos y conocen las mareas de los tiempos. Su accionar creó las discordias que llevaron a la separación de la Banda Oriental, pero también evitó un innecesario derramamiento de sangre cuando los caudillos artiguistas amenazaron Buenos Aires. Trató por todos los medios de imponer una monarquía y cuando cambiaron los tiempos se sumó al federalismo. Fue nuestro Charles-Maurice Talleyrand de las pampas.

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