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El sonido y la furia: Vida y obra de William Faulkner

«La vida es un cuento contado por un idiota, lleno de sonido y de furia.» Macbeth, Acto 5, Escena 5

Quizás William Faulkner se considerase el idiota que cuenta la historia de los demás en un pueblito del Misisipi, muy parecido al lugar en el que nació (New Albany, 25/9/1897) para narrar cómo era la vida en el sur profundo de los Estados Unidos donde le tocó crecer, en el seno de una familia de la aristocracia local, venida a menos. Faulkner pintó su aldea para describir al mundo y, tras sus huellas, una pléyade de escritores latinoamericanos describió la existencia entre maravillosa y miserable, mágica y fáctica a la vez, de sus pueblos —tan parecidos y a su vez disímiles. Faulkner, sin proponérselo, fue el fundador de un estilo y una forma de escritura que subyugó a Borges, García Márquez, Juan Rulfo y Vargas Llosa, a través de técnicas innovadoras, monólogos interiores, múltiples narradores de los orígenes más diversos y una crónica atemporal.

Hay quienes creen que las estrellas guían nuestros destinos. Hay quienes dicen que nuestro destino está en la borra de café, y quienes creen que nada está escrito y cada uno busca su destino. Son todas creencias individuales, pero si bien puede no haber estrellas, ni café señalando el camino, la geografía señala el destino de muchos escritores. No hay Macondo sin el sabor del trópico, ni Buenos Aires sin el fervor de Borges o la bohemia cruel de Roberto Arlt, no hay madeleine sin gusto a París cuando se lee a Proust, ni el aroma de las tabernas de Dublín sin un Ulises que naufraga a cada hora. Faulkner es Yoknapatawpha, el cielo y el infierno en una ciudad sureña que puede ser cualquiera, aunque digan que Faulkner se inspiró en Lafayette County (Misisipi).

William Cuthbert Faulkner había nacido cerca de allí y su familia seguía las tradiciones de aquellos que orgullosamente, como su abuelo, habían peleado por la Confederación. Su infancia de calles somnolientas, tardes de río y juegos de guerra, terminó cuando William se ofreció como voluntario para pelear por Inglaterra. No fue por atavismo, sino para conocer mundo, por más que su experiencia europea solo la volcó en un libro titulado Soldiers’ Pay.

Volvió al Misisipi y, por ser veterano de guerra, accedió a estudiar en la universidad. No terminó los estudios y debió ganarse la vida trabajando en diversos oficios, como pintor y cartero, puesto del que lo despidieron porque leía las revistas que debía entregar.

Como muchos escritores, abrazó el periodismo. En New Orleans ganó prestigio después de publicar Sanctuary, el libro donde aflora la geografía de su alma. Y ese pueblo de 6.271 blancos y 9.327 negros, cuyo lenguaje extraño y gutural de sintaxis abreviada y pronunciaciones melosas usa en sus sucesivas novelas. Aunque no le reportan buenas ganancias le permiten acceder al mundo de Hollywood, donde trabajó durante años como guionista de cine, buscando siempre inspiración en una botella de Bourbon.

En 1949 ganó el Premio Nobel de Literatura, después de haber descripto las vivencias de un pueblo que era como todos los pueblos, con sus grandezas y pequeñeces, con su gloria y decadencia, y sus sonidos y sus furias que para Macbeth nada quieren decir, aunque para un idiota «en algún lugar del Misisipi» le dieran sentido a su vida.

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