HistoriaPrimera Guerra Mundial | Batalla de Somme

El Somme

"Tengo el penoso deber de informarles que en este día se ha recibido un despacho de la Oficina de Guerra anunciando la muerte de ..." Así comenzaban los miles de telegramas que llegaban en julio de 1916 a hogares de toda Gran Bretaña. Esta terrible frase se difundía por las ciudades y los campos para notificar la suerte de un marido, un padre, un hijo o un hermano atrapado en la inmensa trituradora muy académicamente llamada "batalla del Somme".

La mayor parte de los soldados eran voluntarios que, en 1914, respondieron a la llamada de Kitchener. Cada unidad del “Nuevo Ejército” se había formado en una localidad en concreto y conservaba sus nombres extraoficiales. Existían “los compañeros de Accrington”, “los amigos de Grimsby”, “los muchachos de Glasgow”. Esto les daba cohesión, pero también tenía sus inconvenientes. Rodeado de sus amigos, con quienes compartía un pasado común, el soldado gozaba de una moral a toda prueba, pero si su unidad era maltratada por el destino, eran pueblos enteros los que perdían toda su población masculina. Y esto es lo que sucedía ahora.

El Cuerpo Expedicionario británico (CEB) en Francia empezó el año 1916 con un nuevo comandante en jefe, el general Douglas Haig, que dispuso una ofensiva conjunta con los franceses en Picardía, en el departamento del Somme. Este “gran empujón” debía coincidir con ataques en el frente ruso e italiano. Pero en febrero los alemanes iniciaron una gran ofensiva sobre Verdún, que se prolongó y fue de tal virulencia que en primavera se hizo evidente que como no se organizasen operaciones de diversión en otras partes, la defensa de los apurados franceses iba a venirse abajo.

El comandante francés, Joffre, volvió sus ojos hacia el CEB, cuyos efectivos se hallaban casi al completo. Tanto era así que la ofensiva que debía ser común recayó principalmente en los británicos.

Aunque consciente de la escasa experiencia de sus tropas, Haig empezó a enviar al recién creado IV Ejército del general sir Henry Rawlinson en dirección al Somme para que entrase en acción a finales de junio. Esta operación, destinada a socorrer Verdún, se transformó en la mente de Haig en una tentativa de salir del callejón sin salida de la guerra de trincheras, tomar la iniciativa sobre los alemanes y terminar cuanto antes la guerra. Pensaba lograrlo lanzando su caballería por las brechas practicadas en las líneas enemigas merced al asalto inicial. Para ello hizo acudir de la retaguardia tres divisiones de caballería, que habían estado inactivas desde 1914. Con su sables y lanzas, los jinetes tenían un aire bastante anacrónico en esta guerra dominada por la artillería y las armas automáticas. Rawlinson, por su parte, no les tenía demasiada confianza: prefería las bayonetas y los cañones, y elaboró sus planes en consecuencia.

Desde Gommecourt, en el norte, a través de Serre, Beau-Mont-hamel, Thiepuae, La Boisselle, Fricourt. Mametz y hasta Montauban, los batallones de los “Tommies” se desplegaron codo a codo en una línea zigzagueante de 30 km de trincheras en terreno gredoso. Los doce últimos kilómetros del frente, entre Montauban y el Somme, estaban ocupados por los franceses que también iban a tomar la ofensiva. En Gommecourt y más allá se encontraba el III Ejército británico del general Allenby, dos divisiones del mismo iban a llevar a cabo maniobras de diversión durante todo el ataque de Rawlinson.

Del otro lado de la no man’s land, que en ciertos lugares tenía algunos metros de anchura y en otros muchos kilómetros, los alemanes esperaban situados en sus sólidas posiciones. Su comandante en jefe, el general von Falkenhayn, pensaba que se realizaría una acción de diversión en Alsacia-Lorena, pero el general von Below, que mandaba el II Ejército en el Somme, estaba convencido de que el ataque caería sobre él, pues se advertían concentraciones británicas en el sector. Von Below tenía razón.

Después de haber alterado repetidas veces la fecha de asalto, Rawlinson la fijó para el 29 de junio, limitando la táctica alemana en Verdún, propuso empezar con una preparación artillera que durase unos cinco días, la mayor desde que comenzase la guerra.

Convencido que el bombardeo amedrantaría al enemigo, Rawlinson estaba seguro de que el avance de la infantería sería un paseo. El mismo dio la orden a sus hombres de no precipitarse al asalto, sino de marchar hacia las trincheras alemanas sosegadamente y en orden abierto. Y lo sorprendente es que debían ejecutar esta marcha desde las siete y media de la mañana, en verano, a pleno día. Se había renunciado a un asalto al amanecer, tres horas más temprano, con el fin de permitir una mejor visibilidad a la artillería para que finalizase su acción. Esto se verificó como un catastrófico error de juicio.

El 25 de junio las baterías abrieron fuego. El día siguiente empezó a llover y no cesó hasta la mañana del 28, lo que provocó la consternación en el cuartel general del IV Ejército, donde se comenzó a temer que la operación se prolongase inútilmente en las trincheras y terrenos empapados.

A las 11 –a poco menos de 20 horas de la Hora H– el ataque se aplazó al 1ero. de junio a las 7,30 horas para dejar secar un poco el terreno. La artillería debía reducir inmediatamente su cadencia para repartir sus disponibilidades de municiones entre los tres días, no previstos, de bombardeo. Fue necesario retirar las tropas de asalto, ya preparadas, y detener a los que llegaban. Para los miles de hombres que se encontraban normalmente dispuestos a batirse el 29, el retraso añadió incertidumbre y tensión.

Al amanecer del 1ero. de julio, la orden “¡Alerta!” circuló en las trincheras británicas. A las 6, 25 minutos justos, el silencio fue roto por una terrible barrera de artillería que a lo largo de una hora y cinco minutos exactos martilleó las posiciones alemanas.

Para aumentar más la confusión del enemigo, sus líneas se minaron en diversos lugares. La primera mina explotó a las 7 horas y 20 minutos cerca de Beaumont-Hamel y levantó un enorme surtidor de tierra. A las 7 horas y 25 minutos continuaron otras. Dos minutos más tarde resonaron los silbatos de los oficiales y 66.000 hombres, cada uno con un pesado equipo de 30 kg. entraron en acción lentamente en la no man’s land. Una compañía del 8vo. Surrey East chotó balones de fútbol en dirección de las trincheras alemanas para simbolizar el “saque de centro”.

somme_.jpg
<div><p>Voladura de la primera galería subterránea bajo el campo de batalla del Somme. 7:20 de la mañana, 1 de julio de 1916.</p></div><div><div></div></div>

Voladura de la primera galería subterránea bajo el campo de batalla del Somme. 7:20 de la mañana, 1 de julio de 1916.

Pero se tardó poco en comprender que no se trataba de un paseo hacia líneas abandonadas como se prometía en los discursos tranquilizantes de los generales. Los alemanes, bien parapetados en sus hondos refugios, habían resistido a los bombardeos y salían ahora para poner en acción ametralladoras y baterías camufladas, que abrirían sobre los británicos un fuego devastador.

Incluso ciertos batallones de asalto cayeron bajo el fuego de las Maxim antes de haber salvado sus propias barreras de alambradas. Otros, que comenzaban su lento avance, eran abatidos por el fuego de las ametralladoras. Por todas partes caían soldados británicos. Pero continuaban las oleadas de asaltantes en su avance al ritmo fijado por Rawlinson: 100 m por minuto, con un intervalo de un minuto entre los batallones. Aunque inferiores en número, los alemanes se asombraban de que los atacantes no buscasen protegerse de su mortífero fuego. Con solo una o dos ametralladoras aniquilaron batallones enteros.

somme futbol.jpg
Fútbol - Batalla del Somme.
Fútbol - Batalla del Somme.

Menos prudente que su subordinado Rawlinson, Haig decidió que el objetivo de las seis divisiones que atacaban al norte de la carretera Albert-Bapaune incluyese la primera y la segunda línea alemanas, muy cercanas la una de la otra en ese sector del frente. Al sur del camino, otras cinco divisiones británicas y una parte del VI Ejército francés debían concentrarse exclusivamente en las posiciones avanzadas, porque en ese lugar la segunda línea enemiga se encontraba mucho más lejos de la primera. Al cabo de una hora de asalto, apenas un tercio de los 84 batallones habían llegado poco después al lugar previsto. Los otros se encontraban ya cogidos en una trampa, en bolsas aisladas dentro de las líneas alemanas o habían sido repelidos.

El ala derecha de Rawlinson y los franceses progresaban hacia Montauban, pero el asalto en el centro, allí donde se encontraba la caballería dispuesta a explotar una brecha, estaba detenido. Al norte de Ancre, hacia Beauymont-Hamel, tenían lugar violentos combates con solo algunos éxitos aislados, y en Gommecourt, la operación de diversión efectuada por el III Ejército tropezó con dificultades. A las 8,30 horas de la mañana, las menos alarmistas de las estimaciones, elevaba las pérdidas británicas a cerca de 30.000 hombres, es decir, a la mitad de los efectivos comprometidos.

Durante toda la mañana, Rawlinson envió oleadas de asalto. A mediodía, 129 batallones –o sea 100.000 hombres- se encontraban en acción. Montauban había caído en manos de la 30ª. División (la única en llegar y adquirir todos sus objetivos), y la 8ª. División, igualmente, obtenía victorias apreciables. Por otro lado, aparte de la conquista por la división del Ulster de una parte de la segunda línea enemiga en Thiepval, se registraron una serie de ataques y contraataques alemanes durante la mañana que fueron realizados en algunas secciones de trincheras.

8 division somme.jpg
<div><p>Fusileros irlandeses de la 25.ª Brigada, 8.ª División, durante el primer día de la batalla.</p></div><div><div></div></div>

Fusileros irlandeses de la 25.ª Brigada, 8.ª División, durante el primer día de la batalla.

Al llegar la tarde reinó por un momento una extraña calma, como si se hubiera llegado a un acuerdo tácito, una pausa para volver a tomar aliento. Después la acción se reanudó, y cada vez con más fuerza. Alrededor de Fricourt y Gommecourt, batallones británicos recibieron un duro castigo, y en Thiepvala, los del Ulster, que habían resistido a la Redoute Schwaben desde por la mañana sin refuerzos, comenzaba a escasearles las municiones.

Al sur las divisiones del ala derecha de Rawlinson y los franceses continuaban adelante. Cayó Mametz y, en una decena de kilómetros, las tropas aliadas encontraron ante ellos un espacio libre. Los franceses querían arremeter hacia adelante, pero los británicos se opusieron: las órdenes eran tomar y asegurar Montauban el primer día, y con la exigencia clara de que no era preciso empujar más antes que estuviesen listos los preparativos de la segunda fase d ela operación.

Los franceses, por más que intentaron protestar y alegar que se perdía una magnífica ocasión, Rawlinson no quiso escuchar nada, si hubiera permitido sacar partido de los éxitos conseguidos a la derecha, la caballería habría podido ser más útil, pero a media tarde, sin haber participado en la menor acción, ésta recibió la orden de retirarse.

El atardecer anunciaba el fin de esta primera y terrible jornada de la ofensiva del Somme, y el jefe del IV Ejército se dispuso a hacerse una idea global de la situación a pesar de los informes contradictorios y las malas comunicaciones. Su estimación, de 16.000 muertos o herido, estaba lejos de la realidad pues, aparte de los miles de cadáveres, la no man’s land estaba cubierta de heridos graves que permanecían sin cuidados después de horas. En la retaguardia del frente, los hospitales de sangre estaban colapsados y los trenes sanitarios de evacuación de bajas a los hospitales de segunda línea eran escasos. Las pérdidas se elevaban a 57.470 hombres. De 129 batallones en activo, 32 perdían más de 500 hombres cada uno. El más afectado fue el 10º de West Yorkshire, que perdió 700 hombres.

En el otro lado, las pérdidas eran incomparablemente inferiores y los alemanes conservaban la mayor parte de los 42 km de trincheras. Pero su respiro tuvo una corta duración, pues Haig decidió prolongar la ofensiva hasta el otoño y atacar en cuantas ocasiones se le presentaran, sin cambiar obstante el deplorable método del 1º de julio.

Reforzados y agrupados, los británicos se enzarzaron en una sangrienta prueba. Cada cien metros conquistados lo eran al precio de una matanza; pero en lo sucesivo, los alemanes también sufrieron grandes pérdidas, sobre todo en sus ataques fallidos.

En septiembre, el carro de combate, nueva invención británica, entró en acción para apoyar el ataque a las ciudades de Flers y de Courcellete, bien defendidas. Al principio, el avance de los carros fue triunfal, pero algunos se quedaron sin combustible, otros se hundieron en el lodo y el ataque se estancó.

Dejá tu comentario