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El socialismo utópico de Robert Owen

Sidney Webb, uno de los fundadores del Partido Laborista Británico, declaró en 1923; "El fundador del socialismo inglés no fue Karl Marx, sino Robert Owen".

Este empresario y filántropo nacido en Gales en 1771 no predicaba la lucha de clases como el pensador alemán, sino una fraternidad entre los distintos miembros de la sociedad. Por esta razón muchos lo consideran el padre del cooperativismo.

Owen solo asistió a la escuela hasta los 10 años, edad en la que comienza a trabajar en la industria textil. Fue un autodidacta, educado en las bibliotecas públicas. Con escasos 19 años se convirtió en encargado de una empresa en New Lanark a la que, en poco tiempo, convirtió en modelo. Las mejoras no solo eran en la producción sino en las condiciones laborales, entre las que estaba la regulación del trabajo infantil. Entre sus socios a este emprendimiento, se contaba al filósofo Jeremy Bentham, entusiasta propulsor de utilitarismo inglés.

En 1817 Owen propuso un modelo de planificación urbano al Comité para el alivio de los pobres. Este programa diseñaba un predio donde se planificaba desde la producción, hasta la vivienda y la obtención de alimentos.

Con esta idea en mente, Owen viajó a EEUU donde invirtió su fortuna en la comunidad de New Harmony. Allí puso en práctica sus ideas sociales realizando una inversión de 190.000 dólares en 12.000 hectáreas de tierra que adquirió en Indiana. En menos de tres años la experiencia había fracasado, debió vender la propiedad y perdió parte de su fortuna.

Volvió a Inglaterra donde continuó la prédica de sus ideas basadas en la cooperación de los individuos para reemplazar al sistema capitalista, a fin de crear una sociedad “más justa”. Con esta idea en mente, creó la Asociación británica para la Promoción de la Ciencia Cooperativa, que inspiró la aparición de centenares de organizaciones obreras (Trade-Unions) en las que defendía la propuesta de construir un entorno social al servicio del ser humano, con igualdad de oportunidades para todos. Sin embargo, muchas de sus ideas fueron discutidas y hasta prohibidas en Inglaterra por el fracaso de su experiencia en Indiana, en Orbiston (Escocia) y Ralahine (Irlanda).

Este modelo fue llamado utópico por los marxistas, que definían su socialismo como científico. Marx y Engels sostenían que Owen no basaba su propuesta en un análisis minucioso del desarrollo histórico del capitalismo. Owen no propugnaba la lucha de clases, sino en una educación que promoviese la solidaridad y la fraternidad para que el hombre diese lo mejor de sí mismo. A tal fin sostenía que era necesario darle a los individuos la oportunidad y las herramientas para su perfeccionamiento. Owen era de aquellos filósofos como Rousseau, que creen que el hombre es bueno por naturaleza, pero el medio lo envilece. De una forma Owen se anticipaba al existencialismo sartriano al sostener que “el hombre es una criatura de las circunstancias”.

En 1833 puso en marcha un gran sindicato nacional con la doble finalidad de provocar acciones reivindicatorias obreras y la búsqueda de una economía basada en la cooperación. Si bien fue inicialmente exitosa, creó muchos recelos entre los dueños de empresas que recurrieron a medidas represivas como el encarcelamiento y deportación a Australia de sus cabecillas.

El nuevo fracaso no mitigó la capacidad creativa de Owen, quien con 64 años se embarcó en una nueva empresa, la revolución moral del mundo al proponer las “Sociedades de Religionistas Racionales”. Para Owen, la familia, las herencias y las religiones limitaban las libertades del hombre. “Sin coherencia no hay ninguna fuerza moral” sostenía. Sin embargo, poco antes de morir, en el mismo pueblo en el que había llegado al mundo, se convirtió al espiritualismo.

Curiosamente Owen es recordado por su fracaso utópico en Harmony, pero pocos recuerdan su exitoso modelo productivo de la hilandería de algodón en New Lanark, éxito que lo convierte en uno de los pioneros de la propuesta de una correcta administración y el manejo de una unidad productivaa fin de mejorar las condiciones de sus trabajadores y no por las fantasías utopicas que raramente son exitosas.

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