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El Salto del Ángel

El salto de agua más alto del mundo, con una altura de casi mil metros, es un lugar que quita el aliento. Situado en el Parque Nacional Canaima (en el Estado Bolívar, Venezuela), el Salto del Ángel cae desde la cima del Auyantepuy y se enmarca en un imponente entorno de más de 30.000 km2 de vegetación y fauna que fue declarado Patrimonio de la Humanidad por la Unesco en 1994.

El Parque Nacional Canaima está lleno de ríos, selvas tropicales y más de cien tepuyes, enormes moles salidas de la tierra como gigantescas montañas cuadradas, erguidas en forma imponente en medio del llano y la selva, de origen precámbrico, con bordes casi geométricos cincelados por la erosión durante millones de años.

No hay mucha unanimidad acerca de quién descubrió el Salto del Ángel (Angel Falls, Salto Ángel). Algunos investigadores españoles atribuyen su hallazgo al explorador y gobernador español Fernando de Berrío, quien en el siglo XVII comandó algunas expediciones a El Dorado. Los venezolanos desconocen esos argumentos y lo atribuyen al explorador Ernesto Sánchez, que en 1910 notificó el hallazgo al Ministerio de Minas e Hidrocarburos en Caracas, pero no lo hizo público. Algunos investigadores venezolanos consideran que Félix Cardona Puig, capitán de la Armada venezolana nacido en Cataluña, fue el que se encontró con el salto por primera vez, en 1927. Los artículos y mapas de Cardona Puig atrajeron el interés del aviador estadounidense James Angel, quien conocía la zona y se puso en contacto con Cardona Puig. Esta historia nos lleva a reparar en la figura del aviador estadounidense James Angel.

James “Jimmie” Crawford Angel nació el 1 de agosto de 1899, cerca de Cedar Valley, Missouri. Antes de cumplir los 15 años ya trabajaba en los circos aéreos caminando por las alas de los aviones y lanzándose en paracaídas. Estuvo en la Primera Guerra Mundial, y en Medio Oriente hizo vuelos de reconocimiento para Lawrence de Arabia. Peleó en China, combatió a los piratas del aire encima del desierto de Gobi, filmó películas de aventuras aéreas; lo que se dice un hombre con un espíritu aventurero.

En 1921, el geólogo estadounidense J. R. McCracken contrató a Angel para que lo llevara a una zona de Venezuela llamada Canaima. Aterrizaron sobre un enorme tepuy, en un banco de arena cerca de un riacho y en tres días recogieron 75 libras de oro cochano (oro natural, virgen). Jimmie Angel quedó desde entonces obsesionado por volver a su “río de oro”. La imponente cascada que cae desde la cima del Auyantepuy no era conocida en el mundo hasta que Jimmie Angel la sobrevoló el 16 de noviembre de 1933 mientras buscaba su valioso lecho de oro; Angel no localizó el tepuy donde había estado años antes y por lo tanto tampoco el oro que buscaba. En 1935 organizó su tercer viaje y luego muchos otros vuelos sobre la “Montaña del Diablo” (así llamaban al Auyantepuy), algunos de ellos con Cardona Puig, asegurando que era el sitio donde él había aterrizado con McCracken.

Basado en la cartografía de Cardona Puig, el 9 de octubre de 1937 Jimmie Angel aterrizó sobre la cima del Auyantepuy en el avión monoplano “Río Caroní”, un Flamingo fabricado en España con capacidad para 8 pasajeros. Junto con Angel viajaban su segunda esposa, Mary, y los venezolanos Gustavo “Cabuya” Heny y Miguel Delgado. A ninguno de ellos le hubiera importado morir después de haber visto la impresionante cascada. “Esta sí es la montaña de oro”, dijo Jimmie Angel luego de aterrizar en la cima del tepuy. El aterrizaje fue accidentado y a punto estuvo de transformarse en tragedia; a las doce del mediodía el avión planeó sobre terreno aparentemente sólido, pero las ruedas quedaron aprisionadas en el fango, lo que impediría poder despegar después. Antes de aterrizar, Jimmie Angel tuvo la precaución de desconectar la electricidad del aparato para que no se produjera ningún incendio en caso de algún percance. Todos los ocupantes del avión resultaron ilesos.

Finalmente, Jimmie Angel se hallaba sobre la meseta que termina en la gran caída de agua. Estaba en el Auyantepuy, “la Montaña del Diablo”, una montaña de casi 2.500 metros de altura, al este del río Caroní y al sur del río Orinoco, en una de las zonas más antiguas del planeta, la prehistoria de la geografía venezolana, uno de los lugares más húmedos del mundo.

Allí corroboró la existencia y la ubicación exacta de la caída de agua, y desde entonces la cascada fue conocida internacionalmente; el “Kerepakupai Merú” cambió su nombre a “Salto Ángel” (“Angel Falls”, “Salto del Ángel”). No han sido muchos los aventureros o exploradores que se han atrevido a emprender la ruta hasta las alturas de la catarata, tan imponente como intimidante; por eso la gesta de Angel resulta admirable.

El catalán Félix Cardona Puig, que ya había visto el Auyantepuy volando con Angel en marzo de ese mismo año, fue el hombre que se encargó de comunicar al mundo que el célebre aviador se encontraba perdido en lo alto de la Montaña del Diablo. Cardona alcanzó a escuchar con extrema debilidad, en el radiotransmisor de su casa en Caracas, unas pocas palabras entrecortadas e ininteligibles emitidas a través de la radio del avión de Angel, matrícula NC-9487, que relataban el aterrizaje accidentado y la difícil situación.

Los pasajeros, varados en la cima del tepuy, tuvieron que caminar y descender por un terreno difícil y con escasez de alimentos para bajar al asentamiento más cercano, en Kamarata. Dos semanas tardaron en bajar la montaña y salvaron la vida gracias a Gustavo Heny, un excepcional escalador.

Cuando se corrió la voz de la aventura de Angel y sus hallazgos, el interés internacional en la región de la Gran Sabana venezolana aumentó dramáticamente, lo que llevó a varias una exploraciones científicas en los años siguientes. Los integrantes de la expedición hicieron varias fotografías que probaron la existencia de la cascada, confirmada en 1949 como la más alta del mundo por un estudio de National Geographic liderado por la periodista Ruth Robertson, que determinó la altura del salto: 979 metros, de los cuales 807 metros son de caída ininterrumpida, mientras que el resto son pequeños saltos de agua igualmente impresionantes.

Jimmie Angel murió en Panamá el 8 de diciembre de 1956, y el 2 de julio de 1960 se cumplió su voluntad de que sus cenizas fueran esparcidas en la cascada que lleva su nombre: Salto Ángel. Su avión permaneció sobre el Auyantepuy hasta febrero de 1970, cuando fue desmontado y rescatado por helicópteros militares venezolanos y estuvo expuesto en el Museo Nacional de la Aviación de Maracay. Allí fue restaurado y se construyó una réplica del mismo. Finalmente, el avión fue reensamblado y en 1974 fue trasladado a un parque de Ciudad Bolívar.

El Salto del Ángel es una enorme columna de agua que surge furiosa desde la cima de la imponente pared de roca del Auyantepuy; es un torrente que cae con un bramido ensordecedor hasta desaparecer en medio de una densa bruma de agua pulverizada antes de alcanzar el río Churún. El acceso a la cima de la cascada es imposible salvo para helicópteros y para expertos escaladores de paredes verticales y se requieren exigentes permisos para ascender por la pared rocosa del tepuy.

Esta enorme cascada siempre ha estado envuelta en un halo de magia. El salto era conocido por los indios pemones, nativos de la región, quienes la llamaban Kerepakupai Verá o Kerepakupai Merú, que significa “salto desde el lugar más profundo”. El salto les infundía temor porque el Auyantepuy era para ellos la Montaña del Diablo, que albergaba a los “mawariton” o espíritus malignos, y en especial a Tramán-Chita, el ser supremo del mal.

La furia de esta exuberante cascada se debe a la fuerza del agua proveniente de las intensas lluvias tropicales que se concentran y descargan sobre el propio tepuy. Hasta muy cerca de la cascada no hay un río propiamente dicho sino riachuelos que serpentean sobre la planicie hasta confluir en la ladera desde donde cae el agua. En 1955, el letón Aleksandrs Laime escaló el Auyantepuy y fue el primer explorador en llegar a ese río en el que confluyen los innumerables riachos y cursos de agua que alimentan la cascada, en la cima del tepuy. Bautizó al río como “Gauja” (como un río del mismo nobre en Letonia), sin embargo, el nombre indígena del mismo, Kerepakupai, sigue siendo el más conocido. Laime también fue el primer europeo en recorrer un sendero que conduce desde el río Churún, en el valle de Canaima, hasta la base de las cataratas.

La lluvia que da vida al Salto Ángel hace que haya más neblinas y bruma que hacen difícil su vista; en la época seca (entre diciembre y marzo) el cielo suele estar despejado, aunque la catarata también cae con menos caudal. La fuerza del torrente, unida a lo escarpado de las paredes del tepuy, dificulta el crecimiento de la vegetación en las paredes del tepuy, así como las migraciones animales. Debido a eso en la cima del tepuy se han encontrado especies de flora y fauna endémica, como ciertas plantas carnívoras que solo habitan en las cimas de estas enormes mesetas.

Acceder hasta el Salto del Ángel es toda una aventura, ya que el acceso hasta el parque nacional solo es posible en avioneta, y la lluvia y la niebla pueden hacer peligroso el vuelo. En el valle debajo del tepuy está el lago Canaima, rodeado de una tupida vegetación de árboles tropicales y palmeras. En el lago hay bastante corriente, ya que el agua entra y sale por saltos de agua en desnivel. El lago tiene playas de arena blanquísima que contrasta con las aguas rojizas y con espuma, por el efecto de los taninos y la saponina procedentes de la vegetación.

Desde el valle se puede llegar al Salto del Ángel en avioneta, sobrevolando el Cañón del Diablo formado por las aguas del río Churún, hasta llegar al Salto Ángel, o remontando el río a bordo de una curiara (un tipo de canoa indígena) y culminar el trayecto con una caminata de una hora en la que las principales compañías son el aroma a selva mojada y el rugido de las cascadas que caen desde los tepuys, ya que, aunque el Salto Ángel es la cascada más famosa, a lo largo de todo el cortante del Auyantepuy manan magníficas caídas de agua que se precipitan al vacío envueltas en nubes de vapor.

Es imposible no conmoverse ante la magnificencia de este lugar, es imposible no sentir que se está ante un espectáculo natural absolutamente maravilloso.

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