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El sagrado Carlomagno

La figura de Carlomagno continuó ejerciendo sobre Europa una marcada influencia aun siglos después de su muerte. Él fue el continuador del poderoso Imperio romano, aunado a la fe de una Iglesia católica más poderosa aún. Sus logros políticos y estrategias militares fueron imitadas por los conquistadores de Europa, incluidos Napoleón y Hitler.

Carlomagno no solo fue un conquistador, fue misionero entre los paganos, legislador, héroe antimusulmán, santo, confesor, educador y fundador de la Universidad de París. Su leyenda, cantada por bardos y juglares, creó “la nostalgia de Carlomagno”, un rey fuerte y justo que mantuvo unido un vasto Imperio gracias a su carisma y su habilidad política y que sabía cuándo golpear o acariciar a sus súbditos. De hecho, el principado de Andorra, en su himno nacional, aun hoy canta loas al mítico origen de Carlomagno.

Hitler lo consideraba el primer unificador del pueblo alemán y así lo dijo ante su tumba. A la división SS compuesta por voluntarios franceses la llamó Charlemagne. A través de este gesto simbólico de visitar la tumba del emperador, Hitler pretendía convertirse en el continuador de la gesta unificadora de Carlomagno con mil doscientos años de demora. El mismo Napoleón, en 1804, al ver el Panteón de Carlos en Aquisgrán, escribió al enviado de Francia en Roma: Pour le Pape, je suis Charlemagne.

El primero en intentar adueñarse del emperador, no ya de su espíritu, sino de su cadáver, para establecer una relación palpable que legitimara su poder, fue Otón III en el año 1000 de nuestra era.

Carlomagno solía disfrutar de las cálidas aguas termales de Aquisgrán, donde pasaría los inviernos desde el año 800 hasta el momento de su muerte. Y pidió ser enterrado en este lugar, tan caro a sus recuerdos. Desde entonces, la ciudad de Aquisgrán adquirió un poder mítico, por ser el sitio donde por quinientos años se coronaron varios de los reyes del Sacro Imperio Romano Germánico.

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Trono de Carlomagno (Catedral de Aquisgrán).
Trono de Carlomagno (Catedral de Aquisgrán).

El día de Pentecostés del año 1000, Otón iii ordenó abrir la tumba de Carlomagno en la catedral de Santa María, que el emperador había hecho construir. Otón sostuvo que el mismo Carlomagno lo había visitado en sueños e instado a exhumar su cadáver. El hecho es que nadie sabía dónde estaba su sepulcro. Por tres días, Otón guardó ayuno mientras buscaba la entrada a la cripta secreta que reconoció por haberla visto, según él, en un sueño premonitorio. Allí encontró el cadáver de Carlomagno sentado sobre un trono dorado, luciendo una corona de oro y piedras preciosas. En sus manos portaba un cetro y una espada de oro. Su cuerpo se encontraba incorrupto y cubierto por una capa blanca. Sus uñas habían crecido hasta atravesar los guantes. Antes de salir de la bóveda, Otón le sacó a Carlomagno un diente que conservó como amuleto. El cadáver del emperador fue trasladado a la nave derecha de la catedral, junto al altar de san Juan Bautista, y colocado en una maravillosa cripta dorada, donde fue objeto de veneración. Pronto se le atribuyeron al emperador muerto curaciones milagrosas.

El rey Otón envió el trono dorado al rey Boleslao de Polonia quien, en retribución, le entregó el brazo del mártir san Adalberto. Este canje de reliquias, sumado a algunos detalles de la descripción de la tumba –como el agradable aroma que emanaba del cadáver incorrupto–, apuntaban a un proceso de beatificación del emperador, que nunca fue reconocido como un santo por la Iglesia, a pesar de haber forzado a la conversión a miles de sus súbditos paganos a la fe de Cristo. Otón iii murió poco después del descubrimiento de la tumba de su antecesor y, no obstante sus oficiosas gestiones, no pudo convertirlo en el santo emperador. La precoz muerte de Otón fue interpretada como un castigo divino por perturbar el descanso eterno de Carlomagno.

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La Coronación de Carlomagno, por los ayudantes de Rafael, circa 1516-1517.
La Coronación de Carlomagno, por los ayudantes de Rafael, circa 1516-1517.

El proyecto de canonización quedaría aplazado por ciento cincuenta años hasta el momento en que Federico I, Barbarroja, vio amenazado su poder. Se debatía entonces un tema de extrema importancia: ¿quién representaba el poder divino en la tierra? ¿Acaso el obispo de Roma o el emperador del Sacro Imperio Romano Germánico? ¿Era el imperator romanorum –en este caso, Barbarroja– superior al pontifex maximus, es decir, el papa en Roma?

Mucho estaba en juego y qué mejor que demostrar que un santo como Carlomagno había ocupado por primera vez el trono de los sacroemperadores. Con la asunción del papa Alejandro iii, el debate se reagudizó. En el Imperio proliferaron las conspiraciones, el cisma estaba corroyendo la autoridad imperial. Para combatir esta erosión de su poder, Federico organizó en el año 1165 la exhumación de los restos de Carlomagno y su canonización, el día de san David, el 29 de Diciembre. Entre los restos del emperador, se encontró un acta donde Carlomagno nombraba como su sucesor a Federico Barbarroja, en una premeditada mise-en-scène. Esta acta, obviamente falsificada, pretendía enaltecer la posición del nuevo emperador frente a sus opositores. Federico era ahora un nuevo Carlomagno, heredero de sus virtudes y derechos.

Este ordenó construir un santuario para atesorar los restos del emperador beatificado. La obra era muy curiosa porque, a lo largo de una pared longitudinal, repujada en plata, se veía la imagen de todos los sucesores de Carlomagno, hasta terminar, naturalmente, con Federico sentado sobre el mismo trono. El mensaje era contundente: ellos dos eran uno solo.

Esta costumbre continuó entre los descendientes de Barbarroja, que aspiraban a impregnarse del aura de Carlomagno. Su hijo Federico II (1215-1250) anunció el comienzo de su reinado con la colocación de los restos de Carlomagno en un nuevo relicario, que él mismo se encargó de trasladar.

Otro de sus descendientes, Carlos IV (1346-1378), estableció como lugar de coronación la catedral que Carlomagno edificara en Aquisgrán. Gran coleccionista de reliquias, fue quien comenzó la diáspora ósea del santo emperador para diseminar a lo largo de sus dominios el culto a Carlomagno. Por su parte, recibió como regalo de su sobrino (Carlos V, rey de Francia) el diente que Otón iii se llevara como souvenir al abrir por primera vez la tumba del emperador. Lo que resta del monarca se encuentra preservado en un arca de oro en la catedral de Aquisgrán, pero la tumba original se ha extraviado y es objeto de estudio por un grupo de arqueólogos que, a pesar de años de trabajo, no la ha podido hallar.

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Los reyes de Francia comenzaron entonces con una curiosa costumbre: cada vez que uno de ellos era trasladado a Saint-Denis (un eufemismo para decir que había muerto), su sucesor se encargaba de enviar a Aquisgrán el paño mortuorio que había cubierto el ataúd durante su entierro. Hasta Luis XVI cumplió este rito, enviando el terciopelo que cubrió el féretro de su padre Luis XV.

Esta idolatría por los santos reyes, justificadores del derecho divino, encontró eco en otras dinastías. Mientras Barbarroja beatificaba a su antecesor, en la abadía de Westminster, se exhumaban los restos de Eduardo “el Confesor” y, en Francia, hacia 1144, Luis VII y el abate Suger trasladaban los restos de san Dionisio (Saint-Denis) a la basílica donde habría de enterrarse a todos los reyes de Francia, lugar que sería testigo de la mayor dispersión de osamentas reales en la historia.

Texto extraído del libro TRAYECTOS PÓSTUMOS: A veces la muerte no es el final, sino el comienzo de la historia(Olmo Ediciones)

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