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El sable y la palabra

Historiador, periodista, político y militar, Bartolomé Mitre fue uno de los personajes más notables del siglo XIX. En esta conmemoración de su natalicio recordaremos sus primeros años, cuando el joven Bartolomé soñaba con un futuro literario, aunque las circunstancias lo hicieron postergar las letras por su carrera militar. Este es el relato de los primeros años de su vida, eclipsados por la extraordinaria carrera política de don Bartolo.

Vivió el futuro presidente en Carmen de Patagones, adonde había sido destinado su padre, militar de carrera y administrador, nacido en Montevideo.

Entusiasta de la causa patriótica y «buen servidor de la patria» como lo consignó el director Martín de Pueyrredón, Ambrosio viajó a Carmen de Patagones con su esposa e hijo recién nacido. El 7 de marzo de 1827 participó de la defensa de Patagones contra el ataque de la escuadra brasilera.

Ambrosio les impartió a sus hijos los rudimentos de las primeras letras. En 1829 la familia se trasladó a Montevideo, donde el joven Bartolomé fue admitido en la Escuela de Comercio del Consulado. Con escasos 15 años compuso sus primeros poemas, «cuyos ecos se han perdido».

Con la intención de iniciarlo en las tareas rurales, su padre le envió a Buenos Aires con una recomendación del general Iriarte para desempeñarse en la estancia de Gervasio Rosas. Bartolomé era más amigo de las letras que del talero y aprovechaba cada oportunidad para sentarse a leer a la sombra de un árbol. Cuéntase que en una oportunidad que se le encomendó una tarea, Bartolomé estaba a punto de cruzar el Salado, cuando un paisano montando un pingo ricamente enjaezado, le advirtió que no lo hiciese en ese lugar porque moriría en el intento. Era don Juan Manuel de Rosas quien le salvaba la vida a su futuro adversario.

Poco le duró a Mitre la vida campera, por la que no tenía inclinación.

En 1836 su padre había sido despojado de su cargo de tesorero general del gobierno uruguayo por el presidente Oribe, pero fue restituido a tal posición cuando Fructuoso Rivera reasume la presidencia.

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Bartolomé ingresó a la Academia Militar en 1837, donde se inició en la Escuela de Artillería, a la vez que comenzó la que sería su pasión: el periodismo. Publicó sus primeros artículos en el Diario de la Tarde donde conoció a Andrés Lamas, con quien compartió por años su afición por la historia.

En ese tiempo, entre la espada y la palabra, escribió los primeros versos que se conservaron. Décima, Glosa y Epigrama, de marcado corte romántico como el que cultivaban otros jóvenes agrupados en la Asociación de Mayo, creada por Esteban Echeverría. Nació así la generación del ’37, la primera intelectualidad nacional.

Ese año el entusiasmo juvenil de Bartolomé lo empujó a criticar al «censor del teatro», el poeta Francisco Acuña de Figueroa, un notable bardo de pluma corsaria, quien a lo largo de los años y sucesivamente cantaría loas a españoles, brasileros y criollos, consagrándose como autor del Himno Nacional de la República Oriental del Uruguay. El joven Bartolomé se trenzaba con la pluma más notable del Río de la Plata… La polémica tomó tal estado público que Ambrosio Mitre intentó concluir el conflicto con una carta publicada en el Diario de la Tarde.

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Francisco Acuña de Figueroa.
Francisco Acuña de Figueroa.

No se había secado la tinta cuando Bartolomé provocó un nuevo escándalo con un artículo publicado en El Defensor de las Leyes llamado «Reflexiones sobre el teatro y los que siguen esa honrosa profesión», aunque esta vez fueron los artistas los encargados de responder al joven poeta, que volcó en estos medios el fruto de su inspiración. Es así como publicó ese año de tantos debates, una Oda Anacreóntica (composición en verso que canta a los placeres de la vida, el vino y el amor. Su creador fue el poeta griego Anacreonte del siglo VI a. C.) llamada «El invierno», dedicada a Lesbia, la mujer idílica de la corriente romántica.

Mientras continuó sus estudios militares, dio rienda suelta a su vena artística publicando poemas, artículos y críticas literarias, donde elogia La cautiva de su mentor, Esteban Echeverría.

Para finalizar ese tumultuoso año 1837, Bartolomé publicó en un breve volumen Ecos de mi lira, los frutos de su adolescente inspiración.

Montevideo se convirtió en el centro de la resistencia antirosista, los escritores argentinos se reunían entre las murallas de la ciudad para volcar sus críticas al Restaurador, comentar las novedades literarias que se sucedían en Europa y el dictamen de sus musas. Alberdi, Cané, Gutiérrez, los hermanos Varela, y Rivera Indarte escribieron sobre teatro, literatura y costumbres pero sobre todo de política, con textos que resultaban más hirientes para el régimen que el filo de las bayonetas.

En 1839 el presidente Rivera nombró a Bartolomé, alférez de artillería y bajo sus órdenes combatió con entusiasmo en Cagancha. Mitre aprovechó los momentos de tranquilidad que le dejaba esta campaña para traducir el Ruy Blas de Víctor Hugo.

El 26 de mayo de 1840 subió a escena su obra de teatro «Cuatro épocas». La heroína del drama se llamaba Delfina, al igual que la que sería su esposa, hermana del futuro general De Vedia. En esos años, Bartolomé inició la investigación histórica del Río de la Plata con la intención de escribir una biografía de José Gervasio Artígas, texto que nunca concluyó.

A las órdenes de Rivera conoció la derrota de Arroyo Grande, luctuoso episodio que da inicio al Sitio de Montevideo.

Oribe, el aliado de Rosas, el mazorquero oriental, se adueñó de la campaña y la ciudad sufrió asedio por 10 años, consagrándose como la Troya del Plata.

Mitre aprovechó el tiempo para escribir y leer en español, inglés, francés e italiano, idioma que perfecciona gracias al contacto con los soldados de esa nacionalidad que peleaban por la libertad del Uruguay.

Entre ellos se destaca un marino maduro, de cabellos rojos, y feroz en la lucha. Su nombre haría historia: Giuseppe Garibaldi.

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Giuseppe Garibaldi.
Giuseppe Garibaldi.

Gracias a él, Mitre tradujo la Divina Comedia, cuya versión resistió la prueba del tiempo.

El joven mayor alternó la monotonía del Sitio, al frente de la batería «25 de Mayo» con la publicación de varios textos que se sucedieron en los distintos periódicos que proliferaron en la ciudad amurallada.

Las diferencias políticas dividen a los hombres y Mitre una vez más partió hacia el ostracismo. Esta vez viajó a Corrientes a ponerse a las órdenes del general Paz, que había escapado de su encierro y lideró las fuerzas de la provincia que más se opuso a la dictadura rosista, allí Mitre recibió la invitación del presidente José Ballivian de Bolivia para organizar el Colegio Militar del país vecino. Hacia allá marchó, pasando por Río de Janeiro y Santiago de Chile, un viaje que enriqueció su espíritu. El largo periplo le sirvió para leer y documentarse de todo lo que hace al intelecto y la naturaleza humana. Escribía, opinaba, polemizaba y peleaba. Conoció las mieles de la victoria, el reconocimiento de su heroicidad y el desencanto de la adversidad. Las guerras entre hermanos hoy lo consagran y mañana lo hunden. El presidente Belzú lo declaró traidor y fue forzado a abandonar el Altiplano.

Las enormes inquietudes del coronel le permitieron convertir el desarraigo en una experiencia enriquecedora y aprovechó para escribir sobre las ruinas de Tiahuanaco, los restos de una civilización milenaria que agita la vena historicista del oficial. Conoció Perú y Chile, experiencia que le permitió tener impresiones personales sobre la geografía que volcó en la historia del general San Martín.

La mente sedienta de conocimientos de Bartolomé Mitre aún ni se atrevía a soñar con el destino de grandeza que lo esperaba.

Mitre fue testigo y a su vez artífice de la conversión de un país disperso por las guerras y la miseria, encauzado hacia su destino de grandeza. Y fue él, este inquieto intelectual que supo blandir la pluma y la espada, quien le concedió a la patria el sustento historiográfico para construir un pasado común en una tierra separada por las contiendas y las luchas ideológicas.

Dicen que Mitre tenía sobre su escritorio un retrato de Rosas, al que le agradecía haberle salvado la vida, esa lejana tarde de su adolescencia, pero a su vez le recriminaba el haberlo obligado a empuñar la espada para combatirlo, restando tiempo para dedicarse a su gran pasión literaria.

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Los japoneses tienen la expresión «BunBu Ichi do» para definir a estos guerreros en los que «la pluma y la espada son una».

El general Mitre fue, sin dudas, un oficial en el que las dos condiciones se unieron en magnífica consonancia, más allá de errores y desencuentros propios de nuestra naturaleza.

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