Cuando Maximilien Robespierre (1758-1794), más conocido por sus coetáneos como «el Incorruptible», subió al patíbulo donde sería guillotinado como tantos otros que él había condenado a sufrir la misma suerte, ya era un hombre enfermo, con los días contados. ¿Cómo podemos saber esto? Primero por el testimonio de su médico, el Dr. Joseph Souberbielle (1754-1846), quien refiere que el Incorruptible dormía poco, su piel había adquirido un tinte amarillento, tenía frecuentes hemorragias nasales, severos problemas visuales y ¡solo comía naranjas!

En realidad, el cuadro que describe el doctor es bastante inespecífico (y lo de las naranjas, más aún), los datos más concluyentes provienen de la máscara mortuoria que Marie Grosholtz (1761-1850), más conocida como Marie Tussaud, realizó el 28 de julio de 1794. Efectivamente, aquella que se haría famosa por su museo de cera en Londres, comenzó su oficio al pie del patíbulo. Por los avatares políticos de los tiempos tan convulsionados que le tocó vivir, Marie fue apresada y compartió celda con Josefina de Beauharnais, quien años después sería la célebre esposa de Napoleón. Ambas estuvieron a punto de ascender al cadalso para convertirse en una víctima más del Terror, pero el destino tiene caminos curiosos y ambas se salvaron de este fin tenebroso por la muerte de Robespierre. Entonces Marie retomó sus actividades y fue elegida para realizar las máscaras de algunos famosos guillotinados como Luis XVI, María Antonieta y el mismo Robespierre.

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Máscara mortuoria de Robespierre, moldeada por Tussaud.
Máscara mortuoria de Robespierre, moldeada por Tussaud.

Esta máscara de cera que se encuentra en el Museo Nacional de la Historia de París, es reveladora en lo que respecta a la salud del Incorruptible. La misma muestra lesiones sobreelevadas en las alas de las narices que sugieren lesiones cutáneas de sarcoidosis, una afección autoinmune que cursa con alteración hepática, trastornos pulmonares, inflamación ocular y tumoraciones cutáneas.

Además, la máscara muestra el orificio de salida de un disparo en la cara que sufrió el Incorruptible cuando fue apresado en el ayuntamiento de París. Se desconoce si Robespierre intentó suicidarse o el arma se disparó cuando un gendarme llamado Merda (no es un buen nombre pero es el que tenía) intentó contenerlo. También se pueden apreciar las múltiples cicatrices de viruela que no coinciden con la iconografía oficial porque los retratistas quizás optaron por obviar algunas imperfecciones del Incorruptible para halagar su ego, que teóricamente no era permeable a tales nimiedades.

Una vez en cautiverio, dos médicos constataron las lesiones en Robespierre: las manchas de pólvora, la pérdida de dos piezas dentales, la fractura de mandíbula y el pequeño orificio de salida. En definitiva, nada grave que impidiese su decapitación, un final curioso para un abogado que se había hecho famoso por luchar contra la pena de muerte a la que paradójicamente condenó a cientos de opositores con la finalidad expresa de eliminar todo rastro del antiguo régimen.

“No se puede hacer una tortilla sin romper algunos huevos”, decía Robespierre y el general Juan Perón, con la picardía criolla que lo caracterizaba, hizo propia la frase. Este hecho parece confirmar la opinión de Karl Marx sobre la repetición de los acontecimientos históricos, que primero acaecen como tragedia y después como farsa, aunque el que suscribe opine que algunas farsas son tanto o más perjudiciales que las tragedias primigenias.

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