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El profeta de los jóvenes

Hermann Hesse es uno de los escritores europeos más conocidos del mundo y apela especialmente al público adolescente. Con una obra elaborada a principios del siglo XX y dedicada extensamente a la búsqueda del sentido y a la formación de una individualidad que no sea avasallada por la masa, sus libros todavía subsisten por su tratamiento universal dela condición humana.

Si usted fue un adolescente dado a la lectura, si tuvo esa sensación de soledad, incomprensión e inconformismo tan común en la juventud, es probable que se haya cruzado con alguna novela de Hermann Hesse. Por supuesto que no hay nada de malo con eso, pero quizás por esta asociación con lo juvenil, entendido como algo despectivo, su trabajo muchas veces ha sido criticado y dejado de lado. Sin embargo, a 56 años de su muerte y luego de varios “revivals” de su obra, no quedad duda de su relevancia.

Entender en profundidad la obra de Hesse implica entenderlo también a él. Es que, sin serlo de forma obvia, muchos de sus escritos tienen una conexión directa con sus propios años formativos en el seno de una familia religiosa. Hesse nació el 2 de julio de 1877 en el pueblo de Cawl, en el medio de la Selva Negra, hijo de padres misioneros pietistas. Ellos habían pasado muchos años difundiendo el estudio de las escrituras en la India, por lo que la infancia de Hesse estuvo repleta de historias de conversiones teñidas de misticismo oriental. Aunque amaba a su familia, la relación con ellos no fue fácil, ya que sus padres esperaban que él siguiera el camino de la religiosidad, mientras que él soñaba con ser poeta. La presión del mandato pudo más que sus deseos y él fue internado obligatoriamente en un seminario protestante en Maulbronn en 1892. Hesse, incapaz de tolerarlo, escapó al poco tiempo de ingresar. No obstante, negándose aún a respetar los deseos de su hijo, sus progenitores lo sometieron a exorcismos y, sin resultados, lo internaron en un psiquiátrico, donde luego intentó suicidarse. Gran parte de esta experiencia está recogida en detalle en las cientos de cartas que Hesse (completamente cuerdo, por cierto) envió a sus padres desde el psiquiátrico, representando un valiosísimo documento sobre las condiciones de este tipo de instituciones a fines del siglo XIX.

Las frustraciones de estos primeros años no menguaron, ni siquiera en aquello referido a su sueño literario. A pesar de que había declarado, famosamente, que el sería un poeta o nada, en 1898 publicó sus primeros poemarios, Canciones románticas y Una hora después de la medianoche, pero tuvieron muy poca repercusión. Tuvo que esperar hasta 1904, año en que publicó Peter Camezind, su primera novela, para empezar a vivir como un escritor profesional.

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En este libro ya aparece lo que luego será el tema central de su obra, su obsesión: la exigencia de un trabajo de formación personal para lograr una libertad consciente. Sus escritos, inspirados y peleados a la vez de alguna forma por su educación pietista, y modelados en el clásico Bildungsroman, o novela de formación, retratan a jóvenes que se debaten entre la utilidad de los estudios, la relevancia de los saberes, y la importancia de encontrar un propio camino que les permita transitar la vida con tranquilidad. Estos temas, tan personales y a la vez tan universales y atemporales, son los que se repetirán a lo largo de toda su obra especialmente en títulos como Bajo las Ruedas (1906), Gertrud (1910) y la famosa El lobo estepario (1927).

En 1911, con un nombre ya reconocido e inspirado por la fascinación que habían producido en su infancia las historias sobre la India relatadas por sus padres misioneros, Hesse emprendió un viaje a Oriente. Por ignorancia o por error, el viaje que hizo finalmente lo llevó, no a la India, sino a Sri Lanka e Indonesia, y sólo tocó tangencialmente algunos puertos de la península índica. La experiencia fue una decepción y no logró estar a la altura de sus fantasías, pero le permitió entrar en contacto con las ideas de pensadores como Lao Tse y Confusio. Esto no es menor, dado que Hesse luego fue uno de los grandes difusores de la filosofía y el pensamiento orientales en Occidente, especialmente a través de sus novelas Siddharta, publicada eventualmente en 1922, y Viaje al Oriente, de 1932.

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Terminada su aventura oriental, Hesse decidió en 1912 trasladarse a Berna, Suiza, con su mujer e hijos. Desde allí, fue un observador privilegiado de la escalada bélica en Europa y del nacionalismo exacerbado en Alemania. Pacifista ante todo, Hesse dedicó los años de la guerra al socorro de prisioneros alemanes en Suiza y, a través de sus escritos, a la denuncia, algo que le valió muchas críticas de sus compatriotas. Sumado a esta decepción, durante este período pasó por un nuevo momento de crisis cuando confluyeron varios eventos traumáticos a inicios de 1917. En 1916 su padre murió, uno de sus hijos sufrió una enfermedad que lo dejó al borde de la muerte y su matrimonio empezó a tener problemas que se exacerbaron cuando su esposa fue diagnosticada con una enfermedad mental. Sumido en una tremenda depresión, Hesse decidió recurrir a la psicología y en Lucerna se atendió con el Dr. Josef Bernard Lang, discípulo de Carl G. Jung. Sus impresiones sobre estas sesiones luego fueron largamente recuperadas en su clásica novela Demian, publicada en 1919 bajo el pseudónimo de “Emil Sinclair”. La terapia, además de ser exitosa y de sacar a Hesse de su depresión, le permitió entrar en contacto con otro costado quizás menos conocido de su personalidad: su afición por la pintura. Inspirado por Lang, Hesse descubrió que le era más fácil explicar sus sueños a través de sus cuadros que simplemente hablando. Así fue que, eso que comenzó como una forma de sanar, luego derivó en afición y eventualmente Hesse produjo más de 3000 acuarelas a lo largo de su vida.

Completamente recuperado, en las décadas de 1920 y del 1930, su vida transcurrió cómodamente en Suiza, adoptando la nacionalidad en 1924. Se separó de su primera mujer, se casó por segunda vez y se divorció y, finalmente, en 1931 se casó con quien fue su esposa hasta su muerte, Ninon Dolbin. A lo largo de este período ganó relevancia y lectores, especialmente entre aquellos jóvenes que habían vuelto de las trincheras y buscaban dar algún tipo de sentido a sus vidas.

Con la llegada del nazismo, Hesse se mostró crítico, pero no al punto de ser censurado, por lo menos no inmediatamente. Muy preocupado por la posibilidad de perder el mercado alemán, evitó agitar demasiado las aguas, razón por la cual fue a veces criticado por sus contemporáneos. La justificación y la esperanza de Hesse en estos años era que el tono pacifista de su obra pudiera dar algún tipo de esperanza a los jóvenes alemanes en este contexto. Todos estos esfuerzos finalmente fueron en vano. A pesar de su habilidad para navegar en la neutralidad, en 1943, cuando se negó a alterar comentarios que repudiaban el antisemitismo en su novela Narciso y Goldmundo (1930), fue censurado e incluido en listas negras.

Ese mismo año, sin embargo, escribió lo que sería su obra cúlmine, la borgiana El juego de los abalorios. Esta novela, por su gran creatividad y por su magistral tratamiento de las dificultades en el desarrollo y la importancia de la individualidad, tema ya clásico en la literatura de Hesse, le permitió ser un candidato serio y ganar el premio Nobel de literatura en 1946.

El premio le dio visibilidad y su trabajo se leyó mucho en los años de la inmediata posguerra, pero rápidamente fue olvidado. Para la fecha de su muerte, el 9 de agosto de 1962, la mayoría de los obituarios que recordaron sus logros se referían a él como alguien cuya literatura era ya intrascendente. No obstante, pronto se probaría que la obra de Hesse todavía tenía la capacidad de conmover. Esto resultó obvio a fines de los sesenta, tan sólo unos pocos años después de su muerte, cuando Hesse se puso de moda entre los jóvenes que repudiaban la moral burguesa e intentaban buscar otros caminos para sus vidas. Por todo el mundo, los jóvenes indignados se volcaron a la lectura de sus novelas y sintieron como Hesse, desde textos elaborados en el período de entreguerras, daba respuestas a los problemas de la juventud. Si bien su obra recorrió varios continentes, su mayor auge se vivió, extrañamente, en los Estados Unidos.

En este caso se ve que la entrada de la literatura de Hesse en este mercado fue absolutamente coyuntural ya que, aunque el escritor Henry Miller había intentado introducir su obra en Norteamérica en las décadas previas, no había tenido éxito. El trabajo del alemán logró salir a la luz sólo cuando a inicios de los sesenta empezó a ser leído por los autores asociados a la generación beat. Sus novelas alcanzaron al gran público más tarde, en un momento de gran agitación de los movimientos pacifistas en contra de la guerra de Vietnam y con el movimiento hippie en pleno auge, llegando a tener tiradas de 3 millones de ejemplares por edición.

En este contexto, otra explicación que da cuenta de la masividad que llegó a disfrutar la obra de Hesse está dada por el apoyo de su más importante promotor en esta época: Timothy Leary. Este sujeto, íntimamente asociado a la investigación y experimentación con psicodélicos, veía en Hesse a una especie de “profeta del underground” y recomendaba, incluso, leer sus escritos antes de una sesión con LSD.

Más allá de su asociación con la psicodelia, es innegable que su transformación en un fenómeno cultural estadounidense ayudó a que la obra de Hesse mantuviera su relevancia y siguiera recorriendo el mundo. Traducido a 50 idiomas y con más de 125 millones de ejemplares publicados, hoy, como hace casi 100 años, los jóvenes curiosos todavía se acercan a Siddharta o El lobo estepario y se sienten identificados con el drama universal de la adolescencia.

Hermann Hesse

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