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El peso de llamarse Napoleón: La vida de un hijo de Bonaparte

Napoleón tuvo más de un hijo, de hecho uno de ellos –el conde Colonna Walewski– vivió en Buenos Aires como diplomático francés. Uno solo llevó su nombre y esta es su historia.

La imposibilidad de tener descendencia con su amada pero infiel Josefina, empujó al Emperador a divorciase para casarse con la joven princesa austriaca María Luisa de Austria (sobrina de María Antonieta).

Estas nupcias tenían el doble propósito de lograr una paz duradera con Austria y, a su vez, tener descendencia para continuar la dinastía. Napoleón II nació el 20 de marzo de 1811. El parto tuvo lugar en el Palacio de las Tullerías y su padre vio colmada sus aspiraciones con este niño que vino al mundo con los títulos de rey de Roma y príncipe Imperial.

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La emperatriz María Luisa y el rey de Roma.

La emperatriz María Luisa y el rey de Roma.

Con solo tres años, debió refugiarse en Rambouillet cuando su padre fue depuesto por el senado. Al redactar su acta de abdicación, Napoleón intentó preservar los derechos sucesorios de su hijo, pero ante las adversas circunstancias, debió renunciar horas más tarde en forma incondicional.

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Napoleón II por Thomas Lawrence.
Napoleón II por Thomas Lawrence.

Pocos días más tarde, Napoleón marchaba al exilio a la isla de Elba y su esposa e hijo se dirigieron a Viena, donde fue consagrado príncipe de Parma, una especie de premio consuelo por haber perdido su condición de rey de la Ciudad Eterna (título que recuperó transitoriamente durante los Cien Días que duró el retorno de su padre al trono de Francia).

Lamentablemente, al igual que los otros títulos del joven Napoleón, poco le duraró ya que para 1817 le fue retirado el principado de Parma para ser devuelto a sus dueños originales, los Borbones.

Desde 1815 en adelante, Napoleón II vivió en Viena bajo la tutela de su abuelo, Francisco de Austria. Allí nadie lo llamaba Napoleón, sino Franz. Tanto su familia, como después lo haría el Congreso de Viena, querían borrar todo vestigio de los Bonaparte de la faz del mundo.

Su educación fue puesta bajo la tutela del conde Moritz von Dietrichstein, quien terminaría sus días como príncipe gracias a su meritoria carrera diplomática.

En 1818, su abuelo Francisco I le confirió el ducado de Reichstadt, que tampoco llegaría a asumir ya que la tuberculosis que padeció lo llevó precozmente a la tumba.

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Joven bien parecido, de suaves modales, murió sin descendencia, aunque se rumoreaba que podía ser el padre de quien llegaría a ser Maximiliano de México, de tan siniestro destino. La progenitora fue su prima, la princesa Sofía de Baviera, casada con Francisco Carlos de Austria. Napoleón II jamás pudo volver a Francia, ni ver a su padre por quien sentía veneración.

Murió el 22 de julio de 1832 en el palacio de Schönbrunn.

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Tumba de Napoleón II.

Tumba de Napoleón II.

Su vida fue breve y signada por la adversidad, sin embargo, Napoleón II sobrevivió en la historia gracias a la literatura. Edmond Rostand escribió una obra teatral llamada L’Aiglon (el aguilucho) basado en el apodo que le había dado Víctor Hugo. La pieza fue representada por Sarah Bernhardt en Francia y Maude Adams en Estados Unidos.

Después de conquistada París por los nazis, Hitler permitió que los restos del hijo de Napoleón fuesen trasladados a Les Invalides, aunque su corazón permanece en Viena, en la “Cripta de los corazones”, donde descansan muchos de sus ancestros.

Antes de morir, Napoleón I, escribió desde la remota isla de Santa Elena:

“Mi hijo debe pensar en vengar mi muerte en el destierro, pero debe, también, sacar partido de ella… Que dirija sus esfuerzos a reinar. Que haga crecer todo lo que yo he sembrado”.

El aguilucho no tuvo tiempo y, da para suponer que no tenía la fuerza ni el espíritu para cumplir el deseo de su padre.

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