PersonajesHans Christian Andersen | Europa

El patito feo

Hace 143 años, Hans Christian Andersen moría dejando atrás un impresionante acervo de cuentos de hadas reconocidos y recordados por todos los que alguna vez fuimos niños. Con transformaciones, pero no siempre con finales felices, su historia personal fue tan peculiar como los relatos que escribió.

El nombre de Hans Christian Andersen es sin duda sinónimo de cuentos de hadas. Todos, no importa en qué lugar del mundo estemos, probablemente hayamos estados expuestos en algún momento de nuestra infancia a su obra, al punto de que el mundo de los adultos y el habla popular siguen plagados de imágenes extraídas de su literatura. ¿Acaso no es común referirse a que “el emperador está desnudo” para hablar de un exceso de vanidad o de un “patito feo” cuando se piensa en el potencial que emana de una fuente inesperada?

Hans Christian Andersen, el hombre detrás de estas historias, es un personaje elusivo y fascinante. En Dinamarca, su país natal, es considerado un héroe nacional y resulta impensable pasear por el más remoto pueblito sine encontrar una calle, una escuela o un parque con su nombre. Su celebridad, por supuesto, implica que los daneses están expuestos desde la más temprana edad a un conocimiento generalizado de los pormenores de su vida, algo que en general el resto del mundo desconoce.

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Recuperada por miles de biógrafos que elaboraron diversos relatos de su existencia en los últimos dos siglos, la vida de Andersen podría ser uno de sus propios cuentos. Nació un 2 de Abril de 1805 en un contexto de pobreza, como muchos de sus personajes. Su padre era zapatero, su madre lavandera, pero esta humildad no evitó que intentaran darle las mejores posibilidades, intentando estimular la imaginación y la creatividad de su pequeño hijo a través de los cuentos y las historias que le contaban. Su situación, ya de por sí precaria, empeoró cuando el padre de Andersen murió en 1816. Él tenía tan solo 11 años y tuvo que ponerse a trabajar, adoptando diferentes roles como un aprendiz en una hilandería, en una tabacalera y al servicio de un sastre, sucesivamente. Ninguna de estas experiencias lo satisfizo. Además, su forma de ser tan delicada y soñadora, incluso afeminada, lo expuso a situaciones traumáticas – por ejemplo, cuando fue atacado y desvestido por sus compañeros en la tabacalera, todo con el fin de verificar si era realmente un niño. Insatisfecho y decidido a cumplir el brillante destino que él imaginaba para sí mismo, decidió partir a Copenhague a los 14 años con la idea de probar su suerte como cantante y bailarín en el Teatro Real de Dinamarca.

Sus primeros años en esta nueva vida no fueron auspiciosos. Andersen, un verdadero patito feo, no era agraciado ni coordinado y su carrera en el baile nunca terminó de despegar. Su voz, sin embargo, era lo suficientemente bella para abrirle las puertas a las casas de familia de la aristocracia danesa y para conseguir una beca informal en la Escuela Real de Coro. La felicidad fue, no obstante, breve. A medida que fue madurando, su voz cambió y perdió su belleza, debiendo renunciar también al canto. Empecinado en mantener su carrera artística a flote, siguió intentando triunfar en el teatro como actor y, en los entretelones, logró captar la atención de Jonas Collin, un adinerado empresario. Alguien le había comentado que el joven Andersen había escrito algunos poemas y escenas para ser representadas y, viendo su talento, decidió apostar por él y actuar como su mecenas. El problema: Andersen era casi analfabeto. Por intermediación de Collin, Andersen recibió una beca del rey Federico VI y fue enviado a estudiar al pueblo de Slagelse. Más tarde el mismo Andersen recordaría estos años como algunos de los más difíciles de su vida. No sólo era un adolescente de 17 años rodeado de niños de 11, una imagen bastante patética, sino que tampoco era un buen estudiante y se distraía fácilmente.

El proceso de transformación de patito a bello cisne, sin embargo, estaba en movimiento. Andersen terminó sus estudios en 1827 y empezó a viajar por el mundo, gracias al patronazgo de Federico VI. Sus primeras novelas y diarios de viaje empezaron a aparecer con bastante éxito, pero no fue sino hasta 1835, cuando publicó su primera colección de cuentos de hadas, que su estrellato alcanzó niveles insospechados. Esta edición ya contenía algunos de sus relatos más reconocidos como “La princesa y el guisante” o “Claus el Grande y Claus el Pequeño” y sentaba las bases de lo que sería su producción para el público infantil. Ésta, al estar aún enmarcada en la corriente más amplia del Romanticismo, se puede asociar con ese otro gran nombre de la literatura para niños como es el de los hermanos Grimm. Los primeros cuentos de Andersen, como la obra de los Grimm, todavía estaban fuertemente basados en las historias folklóricas que su madre le había relatado en su infancia. La diferencia entre su producción y la de los alemanes es que, mientras que estos se ocuparon de transcribir y recopilar los relatos con la mayor fidelidad posible, el danés se esforzó por escribir sus cuentos de una forma que resultara atractiva para un niño. Esta estrategia tuvo como resultado que sus historias estuvieran narradas de una forma conversacional, llana y hasta graciosa, que resultaba sumamente atractiva. Gracias a este estilo, muchas veces atribuido a su educación precaria, la obra de Andersen fue muy celebrada y le permitió distinguirse de la literatura infantil que existía en ese momento, de tipo más moralista y severa.

El éxito de este primer volumen fue tal que dio lugar a la publicación de otras seis compilaciones entre 1837 y 1848. Estos libros de cuentos contienen el grueso de su obra dirigida a los niños, incluidos los célebres y muchas veces adaptados “La Sirenita”, “La vendedora de fósforos”, “El traje nuevo del emperador” y “El soldadito de plomo”.

Andersen disfrutó en vida de su reconocimiento y vio cómo, especialmente a partir de 1845, sus cuentos fueron traducidos a muchos idiomas y publicados por todo el continente europeo. Las puertas de todas las cortes estaban abiertas a él y era una figura muy deseada. Sin embargo, Andersen nunca estuvo del todo feliz con su vida personal y las lecturas de sus papeles personales nos llevan a creer que vivía con mucha culpa. Por un lado, estaba el rol que debía jugar socialmente. Desde el inicio de su carrera se lo había visto como era: un jovencito soñador, excéntrico y un poco ingenuo. Luego de su éxito como autor infantil, esta imagen se solidificó y llegó a ser lo esperado de él en los círculos intelectuales y sociales de Europa. A pesar de que hacia el final de su vida su trabajo se alejó de los cuentos de hadas y se volvió más maduro y experimental, Andersen siguió cultivando ese estilo “romántico” por el resto de su vida, al punto de ser descripto aún en su mediana edad como “aniñado” y “naif”.

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Otro aspecto controversial de su vida se refiere a su vida amorosa y sexual, una vida llena de decepciones. No solo se entregó entera y apasionadamente a relaciones platónicas con mujeres que no correspondieron sus sentimientos, sino que también hay muchas indicaciones de haber intentado, en vano, establecer conexiones románticas con varios hombres. Las biografías más modernas de Andersen, lejos de presentarlo como un ser idílico que tomó el camino del celibato con el fin de mantenerse puro, lo muestran como un hombre frustrado romántica y sexualmente, fuertemente reprimido por sus creencias morales y religiosas. En estos nuevos trabajos se recuperan valiosos documentos referidos a los elementos más “oscuros” de su vida privada, como las porciones de sus diarios en las que Andersen recuerda sus visitas a prostíbulos, no para tener sexo, sino para charlar con las prostitutas.

Más allá de las frustraciones que pueda haber tenido, Anderson murió el 4 de Agosto de 1875, víctima de un cáncer de hígado, siendo un hombre rico y reconocido, al punto de percibir durante los últimos años de su vida un estipendio de parte del gobierno danés por ser un “tesoro nacional”. El día de su funeral, la iglesia estaba repleta de gente aunque, al haberse mantenido soltero y sin hijos, ninguno de los asistentes era familiar suyo. Amado por todos, acudieron a despedirse todo tipo de personajes, incluyendo a la familia real danesa y a la Asociación de Trabajadores – organización obrera para la que Andersen organizaba lecturas para analfabetos de sus cuentos.

Hoy, a 143 años de su muerte, su legado es incuestionable y Andersen disfruta de nuevos “revivals” constantemente. El grueso de su obra es impresionante e incluye aproximadamente 200 cuentos, 6 novelas, 51 obras de teatro, 1024 poemas y 51 diarios de viaje. Su nombre no sólo se mantiene vivo en todos los rincones del planeta gracias a la traducción de su obra a 125 idiomas, sino también a través de las múltiples adaptaciones cinematográficas, televisivas, teatrales y literarias de su trabajo.

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