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El nazismo y el sentido de la eternidad

A principios del siglo XX, Alemania era la meca de los científicos. Médicos, físicos e ingenieros de todo el mundo asistían a sus universidades para abrevar de su sapiencia.

Las artes y las ciencias exaltaron las dotes intelectuales de una nación, un proceso sintetizado en la palabra wissenschaft (el mango o el tallo de la sabiduría), que tiene una implicancia más extensa ya que involucra la formación humanística del investigador.

La formación terciaria en Alemania se basaba en el concepto de la Universidad Humboldt de Berlín, llamada así por Wilhelm von Humboldt (1767-1835), ministro de Cultura de Prusia y fundador de la Universidad en esa ciudad, que promulgaba la formación de casas de altos estudios como institutos de investigación con libertad de enseñar en función de una ciencia pura (es decir, libre de intereses económicos). Wilhelm von Humboldt (hermano de Alexander von Humboldt, famoso explorador que visitó América Latina) creía fervientemente que la disciplina académica debía ayudar a desarrollar un sentido ético a todos aquellos que la cultivaran. Saber más debería hacernos mejores personas (premisa que no siempre se cumple).

Hasta 1930, en las universidades alemanas predominó la libertad de enseñanza e investigación —con un desarrollo paralelo entre el humanismo y el conocimiento científico—. El nazismo cortó esta relación, convirtiendo el sistema educativo en un promotor de sus creencias. En las mismas universidades que habían educado a algunos de los intelectuales más brillantes del occidente, se dedicaron a estudiar con minuciosidad las diferencias raciales que justificaban las persecuciones propuestas por el Partido.

Hitler había declarado que “el libre pensamiento y la investigación científica eran absurdos porque alejaban al hombre del instinto”. Para el Führer el deber de la universidad no era cultivar las ciencias objetivas ni el humanismo como había propuesto Wilhelm von Humboldt, sino desarrollar las ciencias bélicas y fogonear el espíritu marcial de los estudiantes.

Antes de la Primera Guerra, la industria germana se expandía por el mundo, sus productos invadían los mercados y sus ansias imperiales no parecían tan exageradas como las británicas, las norteamericanas, las francesas, e incluso las belgas. La palabra “alemán” era sinónimo de eficiencia hasta que, súbitamente, en 1916, un submarino alemán hundió el trasatlántico norteamericano Lusitania.[1] ¿Cómo podían agredir a gente inocente que nada tenía que ver con la contienda? Todo el mundo se horrorizó y los norteamericanos, que creían que esta Primera Guerra era un conflicto europeo, decidieron enfrentar a Alemania.[2]

Sin embargo, los alemanes no consideraban estos ataques a buques neutrales un crimen de lesa humanidad, sino un éxito de su tecnología con una finalidad precisa: ganar la guerra. Estos “logros tecnológicos” se multiplicaron y tuvieron implicancias impensadas.

Fritz Haber, uno de los más distinguidos científicos alemanes de origen judío, promovió y facilitó durante la Primera Guerra el uso de gases tóxicos. La institución más brillante de investigación alemana, el Káiser Wilhem Institute, puso sus instalaciones al servicio de la creación de armas de destrucción masiva. La lógica que los empujaba era implacable: las guerras las ganan los que matan a más enemigos, y morir por una bala, una puñalada o un cañonazo era tan malo como morir intoxicado (de hecho, hasta entonces la mayor parte de las muertes durante la guerra se debía a infecciones: siempre las bacterias mataron más que los cañones).

Si matar era el nombre del juego, los alemanes estaban dispuestos a hacerlo de la forma más eficiente e industrializada posible, y a ese juego se prestaron burócratas inescrupulosos que no se sentían responsables de sus actos porque solo se veían como engranajes de una enorme maquinaria bélica y se limitaban a obedecer órdenes sin detenerse a comprender el destino final o amparándose en el etéreo “amor a la patria” y el kantiano “deber por el deber mismo”.

Las sociedades modernas son sociedades de conocimiento. Es verdad que las sociedades arcaicas también estaban basadas en el conocimiento, pero este era abstracto y tradicional, un conocimiento que preservaba antiguos valores, generalmente éticos o religiosos. La nueva sociedad requiere conocimientos concretos, aplicables, conocimientos científicos que crecen cuantitativamente en forma exponencial, especialmente cuando extienden su función social e ingresan en las esferas públicas, privadas y finalmente en las intimas (hoy decidimos cuándo tener hijos, y hasta se puede elegir el sexo; antes eran siempre un “regalo del cielo”). Los conocimientos biológicos dirigen nuestras vidas. El dominio de la ciencia crece a medida que las otras fuerzas, entre las que se encuentran las religiones organizadas, decrecen.

El nazismo adhería a la idea de que la ciencia va en camino a suplantar a la religión, sin que el racionalismo erradicase la necesidad de creer en un Dios. “Todo hombre tiene sentido de eternidad”, decía el Führer, evocando el concepto nietzscheano del eterno retorno, un tema que supo explotar en beneficio propio.

Para el nazismo la ciencia era una onda expansiva cuyo progreso limitaba la ignorancia y acotaba el espacio de la última pregunta ontológica, que las religiones responden mediante creencias, costumbres, tradiciones, pero jamás a partir de hechos demostrables.

El nazismo mezcló los límites entre ciencia y fundamentalismo utilizando una y otra vez argumentos irracionales basados en “la fe ciega” o el fanatismo que exigía a sus afiliados, mientras buscaba en la anatomía de sus víctimas el respaldo a sus ideales raciales. Los campos de concentración proveyeron abundante material para explicar las diferencias entre judíos, esclavos y gitanos, aunque el nazismo jamás logró una justificación “científica” a sus excesos.

El sistema nazi era una concepción incompleta que pretendía tener aires científicos, pero con enormes lagunas que llenaban con palabras grandilocuentes, conceptos abstrusos o sencillamente invocando la creencia lisa y llana.

La ciencia y el nazismo se combinaron de una forma particular, creando un vínculo que iba más allá de la inteligencia o la ignorancia, porque el hubris, el orgullo, las ansias de poder, el miedo y la hipocresía conspiran contra el sentido común.

Hoy podríamos destruir mil veces el planeta con las ojivas nucleares dispersas por el mundo, con gérmenes patógenos atesorados en laboratorios y daños ambientales. Llegar a poseer los conocimientos para lograr este cometido nefasto ocupó la mente de hombres brillantes conducidos por ideas equivocas, pero en las que ellos creían. ¿Lo hicieron a sabiendas o solo se limitaban a cumplir su tarea? Hubo un poco de todo.

Podemos afirmar que el nazismo fue uno de los momentos más siniestros en la historia de la humanidad, aunque muchos tenemos la certeza de que no ha sido el único ni será el último, y también sospechamos que habrá peores desastres si no aprendemos de la historia. Como dijo uno de los testigos privilegiados de esos años, Albert Einstein: “No sé si el universo es infinito, pero sí sé que la estupidez humana no tiene límites”. Y sin embargo, Einstein fue uno de los promotores de la bomba atómica cuando instó al gobierno americano a crear el Proyecto Manhattan, porque pensaba que los nazis podían fabricar una bomba. La sola idea de que Hitler poseyera este mecanismo de destrucción masiva lo empujó a promover el desarrollo de la bomba atómica. Una vez vencido Hitler, esa propuesta no tenía sentido para Einstein y pasó los últimos años de su vida rechazando el uso de armas nucleares. Al igual que la criatura creada por el Dr. Frankenstein, Einstein no tuvo éxito para desarmar al monstruo que había asistido a crear.

[1] Ocurrido el 7 de mayo de 1915, el transatlántico se hundió en tan solo 18 minutos. Solo salieron vivos 761 pasajeros, mientras que 1198 fallecieron, entre ellos Harold Vanderbilt, el magnate norteamericano.

[2] Vale comentar que también submarinos alemanes hundieron varios buques argentinos (Monte protegido, Oriano, Toro, Ministro Yriondo, etc.) pero el presidente Hipólito Irigoyen prefirió la neutralidad que le otorgaba pingües ganancias al país.

TEXTO EXTRAÍDO DEL LIBRO Ciencia y mitos en la Alemania de Hitler de Omar López Mato

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