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El mayor bien para el mayor número de personas

Jeremy Bentham, filósofo y economista inglés, fue el creador del utilitarismo, esquemática concepción del universo donde cada objeto debía ubicarse de forma tal que le permita ser aprovechado de la mejor manera posible por el mayor número de personas. Como muchas ideas puestas sobre el papel, parece irresistiblemente ingeniosa, casi brillantes. La propuesta de mantener un mundo ordenado solo con los elementos necesarios para nuestra existencia ha tentado a filósofos, políticos y tiranos desde los albores de la humanidad. Llevada a la práctica, choca contra algunas conductas intrínsecamente humanas que nos conducen a colocar floreros, jarrones, estatuillas, monumentos, alfombras, leyes y demás objetos en tal desproporción que se alejan del óptimo aprovechamiento. Reordenarlos de acuerdo al gusto de cada uno ha costado reyertas matrimoniales, guerras entre naciones e infinidad de conflictos legales.

Bentham había leído con sumo interés la obra del doctor Thomas Southwood Smith titulada El uso de los muertos para los vivos. En este texto, Southwood Smith se refería a la escasez de cadáveres para estudiar Anatomía y su incidencia sobre la ignorancia de los médicos en general y cirujanos en particular. Desde fines del siglo XVIII, cuando la disección pasó a ser un componente esencial de la formación médica, la demanda de cadáveres fue superior a la oferta. La solución más rápida al problema era saquear tumbas. Aquellos “emprendedores” que se arriesgaban a la ingrata tarea de suministrar cadáveres a las cátedras de Anatomía, encontraban buenas compensaciones económicas por sus desvelos. En algunos casos, los beneficios eran tan tentadores que dos escoceses, William Burke y William Hare, decidieron que era más fácil convertir un vivo en cadáver, antes de tomarse la molestia de escarbar en cementerios. Su tarea fue descubierta cuando entregaron el cadáver de una prostituta conocida por todos los estudiantes de medicina de Edimburgo. Puestos a investigar, pronto se descubrieron a los responsables. Hare acusó a Burke de ser el ideólogo de este emprendimiento y terminó en la misma mesa de disección adonde había enviado a 8 congéneres.

Para evitar este desleal mercadeo, el doctor Southwood Smith propuso que los cuerpos de los pobres fuesen destinados a tal noble fin. Nuevamente, las definiciones complicaron la propuesta. ¿A qué pobres se refería? ¿A los nacidos pobres y muertos en tal condición o a los ricos empobrecidos? ¿Qué es un pobre? Esta norma, ¿comprometía solo a los pobres de solemnidad o incluía a los pobres de espíritu? Su afirmación resultó ser tan políticamente incorrecta que el doctor Southwood Smith dejó libradas al buen entendimiento de los interesados las condiciones necesarias para donar sus cuerpos a la ciencia.

A esta idea, utilitaria por excelencia, adhirió Jeremy Bentham. Su entusiasmo lo volcó en un artículo llamado “Auto-Ícono: más usos de los muertos para los vivos”. El filosofo economista sugería que todos podríamos convertirnos en nuestros propios monumentos mortuorios, preservando nuestros cuerpos después de la muerte y exhibiéndolos en algún lugar adecuado. Sugería, por ejemplo, colocar a los familiares fallecidos y embalsamados entre los árboles que rodean los caminos hacia nuestro hogar, o al lado de la puerta de entrada de nuestras casas como rígidos custodios. Suponemos que, en nuestros días, Benthan propondría ubicarlos en los palieres de los departamentos, agregando así un nuevo tema de discusión a las ya complicadas reuniones de consorcio: ¿A quién exhibimos hoy? ¿Al abuelito del 5.to o a la tía del 6.to ?

Bentham y sus discípulos se propusieron como ejemplos y donaron sus propias anatomías a fin de aplicar sus ideas utilitarias.

Bentham consignó como deseo testamentario que el mismo doctor Southwood Smith disecase su cuerpo en público, dando a la humanidad una lección de Anatomía altruista. También dejó precisas instrucciones sobre el reacondicionamiento de sus restos para su ulterior exposición en los pasillos de la Universidad de Londres, institución a la que había destinado sus mejores esfuerzos.

La voluntad póstuma de Bentham fue cumplida al pie de la letra y, por muchos años, se lo pudo ver vestido sobriamente, con su rostro a medio descarnar bajo un elegante sombrero. Como este era un espectáculo muy poco edificante para los estudiantes, y menos aún un ejemplo que invitase a su repetición, las autoridades de la universidad decidieron reemplazar este tétrico recuerdo por una imagen de cera del doctor. Cuando se cabeza se deterioró, fue primero colocada en exposición a los pies del filósofo inmóvil. Como el conjunto continuaba sin invitar seguidores, se decidió colocar la cabeza dentro de la caja torácica de Bentham. De esta forma, su cadáver cumplía una función utilitaria.

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En su condición de fundador de la Universidad de Londres,Jeremy Benthanm lució esta solemnidad mortuoria para presidir las reuniones de la Comisión Directiva durante casi cien años.

Como consta en actas: “El señor Benthan está presente, pero no vota”.

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