HistoriaJohn Hawkins | esclavitud | África | azúcar | economía | Europa | Ginebra | Luis XIV | Carlos II

El hombre esclaviza al hombre

El comercio triangular entre Europa, África y América tuvo como emblema el tráfico de esclavos. Las tribus de África occidental vivían peleando entre sí; buscaban tener prisioneros de guerra que aumentaran sus reservas de esclavos para vender. Compradores, sobraban.

Muchas de las poblaciones africanas que vendían esclavos eran colonias portuguesas; Portugal no tenía ni el desarrollo ni la capacidad marítima de Inglaterra, Holanda o España, por lo que se convirtió en intermediario entre los esclavistas de otras potencias y los jefes de tribus africanas. Si bien Inglaterra fue, hasta que dejó de resultarle conveniente, el principal desarrollador de la compra y venta de seres humanos, los holandeses y los españoles tenían más tradición en el negocio. Carlos I (que luego sería el emperador Carlos V del Sacro Imperio Romano Germánico), en 1518, fue el primero en autorizar el traslado de 400 esclavos a América, siendo los primeros viajes desde el puerto de Arguim (Mauritania), controlado por Portugal, hasta Puerto Rico.

Hubo idas y venidas a lo largo de siglos sobre cómo reglamentar el tráfico, pero más allá de tanto palabrerío escrito se calcula que entre 1501 y 1641 llegaron así a América unos 620.000 africanos. Pero el tráfico masivo llegó a fines del siglo XVII, principalmente a manos de ingleses y franceses, que transportaron más de 5 millones de esclavos principalmente a sus posesiones azucareras en el Caribe.

Carlos V, ya emperador, había concedido inicialmente el monopolio del transporte de esclavos hacia América a los holandeses, mucho antes de que Inglaterra obtuviera el derecho a introducir esclavos en colonias las ajenas. En cuanto a Francia, Luis XIV (el rey Sol), compartía con el rey de España las ganancias de la compañía de Guinea, creada para el tráfico de esclavos hacia América; Francia sostenía que “el comercio de negros es recomendable para el progreso de la marina mercante nacional”. La mayor acumulación de ganancias europeas entre los siglos XVI y XIX se debió al tráfico de esclavos. Del Potomac al río de la Plata, los esclavos edificaron casas, talaron bosques, cortaron y molieron cañas de azúcar, plantaron algodón, cultivaron cacao, cosecharon café y tabaco, rastrearon ríos y selvas.

En 1562, el capitán inglés John Hawkins se llevó de contrabando trescientos esclavos de la Guinea portuguesa. La reina Isabel enfureció, pero cuando Hawkins le mostró que a cambio de los esclavos había obtenido un enorme cargamento de azúcar, pieles, jengibre y perlas, la reina no sólo lo perdonó sino que vio el filón y se convirtió en su socia comercial. Un siglo después, el duque de York marcaba con hierro candente sus iniciales en la piel de los 3.000 esclavos que conducía su empresa hacia las islas del Caribe. La Real Compañía Africana, entre cuyos accionistas estaba el rey Carlos II, daba dividendos del 300%, a pesar de que de los 70.000 esclavos que embarcó a fines del siglo XVII, el 30% no llegó a destino.

Lentamente Inglaterra fue torciendo la hegemonía holandesa en la trata de esclavos. La South Sea Company fue la principal beneficiaria del “derecho de Asiento” (una autorización para vender un número determinado de esclavos en las colonias españolas) concedido por España a los ingleses; en dicha compañía tenían participación accionaria los más prominentes personajes de la vida política y social británica (el rey Jorge I, el conde de Halifax, Isaac Newton, por nombrar algunos destacados). El negocio era brillante y desató la locura en la bolsa de Londres.

El transporte de esclavos posicionó a Bristol (ciudad con astilleros) como segunda ciudad de Inglaterra y convirtió a Liverpool en el mayor puerto de Europa. Desde allí partían barcos hacia África con sus bodegas cargadas de telas, ginebra, chucherías varias y armas, con las que pagarían la mercancía humana que sería trasladada a América hacia plantaciones de azúcar, cacao, algodón. Los jefes de las tribus africanas entregaban marfiles, aceite de palma y esclavos a los capitanes esclavistas, y utilizaban las armas para emprender campañas de cacería en aldeas distantes buscando capturar futuros esclavos. Los ingleses dominaban los mares, y hacia fines del siglo XVIII el dinero por el tráfico esclavista daba trabajo a fábricas textiles en Manchester, metalúrgicas en Sheffield y a muchas otras fábricas que explotaban en la llamada Revolución Industrial.

Durante los viajes hacia América, muchos africanos morían por epidemias o desnutrición. Otros se suicidaban negándose a comer, ahorcándose con sus cadenas o arrojándose al océano, ya que muchos creían que iban a ser asesinados e incluso devorados por los europeos.

Los que sobrevivían al hambre, las enfermedades y el hacinamiento, eran exhibidos, ya llegados a su destino, en la plaza pública. A los que llegaban demasiado exhaustos y desnutridos los “cebaban” en depósitos de esclavos antes de mostrarlos a sus posibles compradores, mientras que a los enfermos simplemente se los dejaba morir. Los esclavos eran vendidos a cambio de dinero en efectivo o de pagarés a tres años de plazo.

Los barcos regresaban a Liverpool llevando productos del Caribe; en el siglo XVIII, tres cuartas partes del algodón que se usaba en la industria textil inglesa provenía de las Antillas; más tarde, Georgia y Louisiana serían los proveedores principales. A mediados del siglo había 120 refinerías de azúcar en Inglaterra.

Diez grandes empresas británicas controlaban dos tercios del tráfico; cada vez se construían más buques y de mayor calado, los herreros no daban abasto fabricando candados y los economistas describían el comercio de esclavos como “el principio básico y fundamental de todo lo demás”. Las empresas aseguradoras acumulaban ganancias asegurando esclavos, barcos y plantaciones. El capital acumulado con el comercio triangular (manufacturas hacia África, esclavos hacia América, materia prima hacia Europa) hizo posible la invención de la máquina de vapor: James Watt, su inventor, fue subvencionado por comerciantes que habían hecho así su fortuna.

Las cosas fueron cambiando a principios del siglo XIX, ya que Gran Bretaña se convirtió en la principal impulsora de la derogación de la esclavitud. Esta corriente antiesclavista se convirtió en la posición oficial del gobierno inglés; la industria británica buscaba más mercados y la Revolución Industrial produjo una cambio en la orientación económica de los medios de producción. Inglaterra empieza entonces a abandonar el esclavismo y comienza a promover las formas libres de trabajo. La razón más importante que tiene Inglaterra para cambiar hacia una corriente antiesclavista se debe no sólo a que su economía se orienta en el sentido industrial sino a la entrada de los capitales ingleses al continente africano. De todas las potencias europeas, Inglaterra fue la primera en dar este paso en África; su desarrollo económico industrial le daba la primacía en el liderazgo colonialista, que se desarrolla con el establecimiento de empresas de extracción de materias primas y utilización de mano de obra africana, ya no esclava sino asalariada.

Paralelamente se estableció también el pago de salarios en las colonias inglesas en el Caribe; por lo tanto, el azúcar brasileño, producido con mano de obra esclava, pasó a ser más barato y ventajoso. La Armada británica empezó a interceptar barcos esclavistas, que ahora abastecían a Cuba y Brasil. La represión del tráfico de esclavos elevó los precios y por lo tanto las ganancias de las compañías esclavistas; entrado el siglo XIX, los traficantes de esclavos entregaban un fusil a cambio de un esclavo que arrancaban de África, para venderlo en Cuba por 600 u$d.

Mientras se producen estos cambios, la trata de esclavos y la institución de la esclavitud se hace fuerte en los Estados Unidos. Este país deja de depender de Inglaterra en materia de abastecimiento de esclavos y se fundan poderosas empresas locales que efectúan la extracción directa de esclavos del continente africano. Esta etapa americana del esclavismo tendrá una evolución ascendente hasta llegar a su momento culminante hacia los años 1840 y 1850.

De acuerdo a la Trans-Atlantic Slave Trade Database, 12.500.000 africanos fueron embarcados hacia América como esclavos entre los años 1525 y 1866. De ellos, 2.000.000 nunca llegaron. Y los que llegaron, tuvieron una vida de sufrimiento hasta su muerte.

Dejá tu comentario