El SAS (Special Air Service) es una unidad especial no convencional del ejército británico. Creada en la Segunda Giuerra Mundial por el entonces teniente coronel David Stirling, sus funciones en tiempo de guerra son operaciones estratégicas de ataque a instalaciones enemigas; en tiempos de paz, el SAS se dedica principalmente al contraterrorismo y operaciones encubiertas.

Además de Stirling, ideólogo y fundador del SAS, los iniciadores de la unidad fueron Jock Lowes, un teniente británico de extraordinarias destrezas y disciplina nacido en Calcuta, y Robert Blair «Paddy» Mayne, un indomable, temerario y áspero soldado irlandés.

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El coronel  David Stirling, fundador del SAS (Special Air Service), con un grupo  comando que operaba detrás de las líneas enemigas.
El coronel David Stirling, fundador del SAS (Special Air Service), con un grupo comando que operaba detrás de las líneas enemigas.

Sus primeras misiones fueron en la Segunda Guerra Mundial en el norte de África, donde los aliados enfrentaban a las tropas del Afrika Korps de Rommel. El SAS era un comando con base en el desierto, cuyas misiones eran el ataque al enemigo por la retaguardia, el ataque inesperado, el sabotaje a instalaciones del enemigo como almacenes y depósitos, aeródromos, lugares de abastecimiento, depósitos de combustible y otros puntos estratégicos. La pequeña fuerza de ataque se acercaba (pero no mucho) a su objetivo siempre durante la noche, ya fuera por aire, lanzándose en paracaídas, o por tierra, a veces con vehículos propios y a veces transportados por un grupo de transporte de apoyo (el LSDG, Long Distance Desert Group), atacaba, cumplía con su misión (habitualmente poner bombas incendiarias en aviones enemigos estacionados en aeródromos, en depósitos de combustible), escapaba hacia el desierto, se reunían con el LRDG y volvía a su base. Un “toco y me voy” preciso y devastador.

Los miembros del SAS eran personas especiales: con poco aprecio por su integridad física, con valentía a toda prueba, competitivos, prácticos, no muy sensibles, priorizando los objetivos de la guerra por sobre las reglas ortodoxas del ejército, estoicos, duros, impiadosos. Estas características se unían con el hecho habitual de ser hombres poco disciplinados a los que se llegaba por liderazgo y empatía más que por órdenes o protocolos militares. A David Stirling le sobraban ambos atributos, y junto con Lowes, ambos a cargo de la unidad, daban el ejemplo de valentía, temeridad y austeridad sobre el grupo. Paddy Maine le agregaba el salvajismo necesario, el “no me importa nada” imprescindible para cumplir la misión encomendada, sin importar su dificultad, a toda costa.

Las primeras misiones del SAS en el norte de África se desarrollaron en la costa Libia, entre Tobruk y Trípoli, y en la costa de Egipto, entre Matruh y Por Said.

Una de las misiones más destacadas del SAS consistió en sabotear los depósitos alemanes en Bengasi, ciudad-puerto de Libia sobre el golfo de Sirtre, en una primera etapa, y los aeródromos cercanos (Berka, Benina, Barce, Slonta y Regina) en una segunda etapa. Era el año 1942; con Tobruk en manos de los aliados, Bengasi era un puerto de abastecimiento esencial para el Afrika Korps y los aeródromos eran vitales para las fuerzas aéreas del Eje en la lucha por la supremacía en el Mediterráneo. Bengasi era una ciudad bulliciosa, con soldados y militares de diversas nacionalidades; Libia había sido incorporada a la Gran Italia en 1939, predominaban tropas italianas y vivían allí más de diez mil italianos.

Stirling, en una misión de reconocimiento, detectó que las fuerzas del Eje no parecían estar muy preparadas para las nocturnas y subrepticias tácticas del SAS. El plan era, en una primera etapa, sembrar el caos en la ciudad y volar los depósitos.

El 21 de mayo a las 23.15 hs, los cinco soldados italianos apostados en el control de la carretera de Bengasi se sorprendieron al ver un vehículo militar con seis pasajeros (era el comando del SAS con un Opel Blitz, un vehículo alemán que habían robado en una de las misiones anteriores). “Militari”, dijo Fitzroy Maclean (ex-parlamentario británico, voluntario en el SAS) desde el lugar del acompañante; “di Statto Maggiore”, “¡di fretto!!” (¡de prisa!). Por las dudas, Johnny Rose le quitaba el seguro a su ametralladora y Johnny Cooper desenfundaba su cuchillo. El soldado italiano los dejó pasar, sólo les pidió que apagaran las luces. El centinela italiano se habría quedado helado si hubiera sabido que en el piso del vehículo había dos botes inflables, dos ametralladoras y explosivos suficientes para volar medio Bengasi. Y se hubiera quedado atónito de haber sabido que el barrigón que iba sentado en la parte de atrás era el capitán Randolph Frederick Edward Spencer-Churchill, hijo del primer ministro británico.

Randolph Churchill tenía una personalidad compleja. Era un hijo frustrado que se había pasado la vida tratando de impresionar a su célebre padre, habitualmente sin éxito. Era tozudo y descortés, a veces grosero, solía emborracharse seguido y en momentos de extrema tensión solía ponerse a llorar de impotencia. Pero también era inteligente, generoso y tremendamente valiente. En el SAS lo bautizaron maliciosamente “Randolph Hope and Glory”. Había llegado al norte de África con la Layforce (un grupo de unidades de comando ad hoc), pidió entrar en el SAS y a Jock Lowes le cayó bien: “es demasiado sincero y testarudo como para ser popular, pero su carácter fuerte me cae bien.” A Stirling también le caía bien, aunque con reservas: “es un muchacho agradable, pero no para de hablar; eso sí, es muy valiente.” Así que, Churchill jr., adentro, sos de los nuestros, pero todavía no estás para las misiones más bravas, eh.

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Randolph y su padre Winston Churchill en 1929
Randolph y su padre Winston Churchill en 1929

El tipo no estaba hecho para los rigores del desierto. En su primer salto en paracaídas se dio un porrazo memorable, según Stirling porque estaba demasiado gordo. En las cartas que enviaba a su padre, Churchill jr. no hacía más que elogiar a su nueva unidad y a su comandante: “me siento muy feliz aquí. Mi oficial al mando (Stirling) es un gran tipo, sólo tiene 25 años y varias condecoraciones, ve la guerra de una manera diferente a lo que he conpcido. ¡Y la unidad ha destruido ya 121 aviones enemigos!”

Churchill jr. insistió tanto que Stirling aceptó a regañadientes su participación como “observador oficial” en el ataque a Bengasi. Pero al preparar unos explosivos, a Reg Seekings (un feroz combatiente, pilar del SAS) le explotó un detonador en la mano. Debido a las quemaduras severas Seekings quedaba fuera de la operación, lo que lo puso furioso; por el contrario, Churchill jr., a pesar del gran respeto que sentía por Seekings, estaba exultante, ya que ocuparía su lugar. Ya en Bengasi, luego del control, llegaron al puerto, prepararon un bote y lo cargaron con explosivos y armas. Subieron al bote, llegaron hasta un depósito de combustible y pusieron un bombas que explotarían media hora después. Churchill jr. escribiría a su padre: “fue la media hora más emocionante de mi vida.”

De nuevo en tierra, una patrulla italiana detiene al Blitz. “¿Chi la va?” “Militari”, contestó Maclean. Le preguntan qué hacen ahí. “No es asunto suyo”, contesta a los gritos (Stirling sostenía que las deficiencias de idioma se disimulaban gritando). El centinela se fue pero dio la voz de alarma. Churchill jr. sugirió usar el argumento de que “somos alemanes que venimos a evaluar sus medidas de seguridad.”

El vehículo tenía algunos desperfectos y, sobre todo, había comenzado a hacer demasiado ruido y eso lo hacía más “visible”. Decidieron esconderlo en un garage abandonado y pasar la noche en una casa abandonada y en semiescombros, al lado del garage, que Churchill jr. bautizó “10 Downing Street”. Si no podían arreglarlo, robarían un vehículo. Con las primeras luces del día, todos trataron de ocultarse y de hablar en voz baja, cosa que a Churchill jr. le resultaba imposible. Un soldado italiano llegó al escondite, pero no necesitaron matarlo ni inmovilizarlo porque el tipo estaba borracho, se cayó por la escalera y se fracturó el cráneo. Después del mediodía, Stirling avisó que iría disfrazado de civil al puerto a sabotear otras instalaciones. Rose y Cooper lo acompañaron, y el resto se quedó arreglando algunos desperfectos del vehículo. “Nada despierta menos interés que un grupo de tipos arreglando un coche”, decía Churchill jr. Stirling y sus acompañantes volvieron al atardecer luego de cumplir la misión, y el coche ya estaba reparado.

Decidieron irse a la madrugada, y a la salida del pueblo nuevamente los detuvo un control al que le dijeron que eran oficiales del Estado Mayor alemán. Llegaron a Jalo a las 6 de la mañana, 24 hs más tarde de lo acordado, cuando el LRDG, que daba por hecho que el grupo había sido capturado, se disponía a irse. “Fue el día más largo de mi vida”, diría Churchill jr.

Tres días después de la exitosa misión, los mismos hombres viajaban en el mismo vehículo hacia El Cairo. Stirling manejaba, y en una curva cerrada el Blitz volcó, cayendo desde un terraplén dando dos vueltas campana. Arthur Melton murió, Stirling se fracturó la muñeca, Maclean se rompió el brazo y la clavícula, Rose se rompió el brazo y Churchill jr. se quebró tres vértebras. Habían esquivado la muerte en Bengasi para toparse con ella en un banal accidente de ruta.

Convaleciente tras el accidente y con un aparato ortopédico de hierro en su espalda, Randolph Chuchill solicitó permiso para redactar un “informe secreto y personal” sobre el ataque de Bengasi para enviarlo a su padre, permiso que Stirling, por supuesto, le concedió. Quería que las tareas del SAS fueran reconocidas y que eso generara más apoyo para su equipo.

La crónica, fiel a la realidad aunque algo exagerada, ponía de relieve la valentía y las dotes estratégicas del grupo. “Maclean vale su peso en oro, y el liderazgo de Stirling nos llena de confianza para futuras operaciones”.

La crónica de Randolph sobre Bengasi se transformó en una de las clásicas historias que a Winston Churchill le encantaba contar en las sobremesas (misiones secretas peligrosísimas, dificultades superadas, huidas espectaculares); a su vez, era una constatación de la entereza de su hijo.

Y gracias a esa crónica de su hijo, Winston Churchill tomó conocimiento de la existencia del SAS.

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