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EL HECHIZADO

Si permitimos que los débiles y deformes vivan y propaguen sus caractéres quizás nos enfrentemos con la perspectiva de un ocaso genético. Pero si los dejamos morir o sufrir cuando podemos salvarlos o ayudarlos, no hallamos frente a la certeza de un ocaso moral.

Theodosius Grygorovych Dobzhansky, La evolución de la especie humana

Enfermo de estar enfermo, enajenado en su idiocia, Carlos II, Grande de España y Señor de sus colonias de ultramar, entre diarreas y pústulas, murió cuando finalizaba el siglo XVIII. Con él terminaba la dinastía de los Austrias, malditos por el incesto que envenenó su sangre hasta no dejar descendencia para continuar su reinado de desatinos. Condenado desde la concepción, Carlos fue un infante atrasado. No caminó ni habló hasta los seis años, combatieron esta debilidad con una lactancia prolongada en la que se sucedieron catorce nodrizas hasta la muerte de su padre, Felipe IV, casado con su prima, la archiduquesa Mariana de Austria [1], (la real pareja que irrumpe en el atelier de Velázquez durante la ejecución de sus célebres Meninas). Se decidió destetar a Carlos II, una vez coronado, ya que no era bien visto un rey prendido a pechos rentados.

Era tal la tendencia de Carlos a resfriarse, que poco lo sacaban del palacio, creando así un raquitismo por falta de exposición al sol, con el consiguiente déficit en la fijación de la vitamina D. A los seis años se enfermó de sarampión y varicela, a los diez rubeola, a los once viruela, y luego comenzó con ataques epilépticos que persistieron hasta bien cumplidos los quince años.

Sin embargo, este ser enfermizo y enclenque, más proclive a las tareas culinarias que a las lides políticas, mostró un serio compromiso con sus funciones reales que lo erigían en símbolo de unión del imperio. Tan evidentemente atrasado era nuestro joven, que su propia madre consiguió prolongar por dos años más su regencia —a pesar de la manifiesta oposición del pueblo contra sus favoritos—. El primero de estos era su confesor, el jesuita Nithard, que terminó expulsado de la corte durante el primer pronunciamiento en la historia de España, conducido por el medio hermano de Carlos II, el aguerrido Don Juan José de Austria. En realidad, la sanción impuesta al valido no fue muy dura porque Nithard fue nombrado embajador en Roma, donde intentó por todos los medios de saciar su sed de poder mediante la obtención de un capelo cardenalicio. A pesar del mal rato y todo lo que debió soportar, la reina no aprendía y necesitaba apoyarse en una figura masculina para gobernar. ¡Qué mejor que buscar una vez más el consejo de su confesor! De esta forma, Fernando de Valenzuela se convirtió en el nuevo favorito. Al poco tiempo este había generado tanto resentimiento en la corte que Don Juan se aprestaba para a nueva entrada a Madrid. Fue entonces cuando Carlos II, en un sorprendente arranque de Realpolitik se fugó del Buen Retiro en búsqueda del apoyo de su medio hermano, que lo hizo jurar fueros en Zaragoza y despedir a reina madre y válido de Madrid. Don Valenzuela terminó con menos suerte que su predecesor, exiliado en México y después en Manila, sin poder consolarse con un arzobispado, o siquiera una parroquia. El pueblo, aliviado por este súbito trance de lucidez vislumbró un mejor futuro gracias al espíritu ilustrado de Don Juan José. Lamentablemente, este murió dos años después, dejando en el gobierno una serie de mediocres ministros, de la mano de su restablecida reina madre, que sólo aportó más desazón a la incontenible decadencia, aunque se había llegado a una situación tan dramática que esta declinación pareció estabilizarse. Era difícil imaginar una economía más deprimida.

A todo esto, y en contra de todos los cálculos, nuestro Carlos llegó a los dieciocho años, edad en la que se decidió aplacar sus alborotadas hormonas casándolo con María Luisa de Orleans, sobrina política de su hermana María Teresa —esposa del Rey Sol, Luis XIV de Francia—. Nuestro menoscabado monarca tomó su futuro matrimonio con ilusionado optimismo, enamoradísimo de su prometida, a la que conoció a través de una pintura. No se puede decir lo mismo de la desdichada princesa. Carlos no era lo que damos en llamar un príncipe azul, a pesar del aventajado retrato realizado por Claudio Coello, y el hecho que el cuadro estuviese enmarcado con brillantes. María Luisa no podía esperar peor suerte al casarse con este adefesio. Un día detuvo a Luis —su tío— camino a misa y desesperada se deshizo en súplicas pidiendo clemencia de rodillas. Pero el rey de Francia se mantuvo inflexible, y condenó a su sobrina a este matrimonio desdichado. La despidió recomendándole que sería mucho mejor para su salud no volver jamás a Francia. Consternada, María Luisa marchó hacia España a cumplir su real misión: reproducirse con ese monstruo.

El enlace se realizó en Quintanapalla, cerca de Burgos, pero ni el entusiasmo desbordante de esa primera noche, ni las muchas que siguieron en Madrid o en Toledo o en cualquier otra ciudad del reino lograron el tan ansiado embarazo. Nuestro Carlos resultó infradotado, en más de un sentido, por precoces efusiones que impidieron el embarazo de la reina.

Algo debía pasarle al rey y como los médicos poco podían hacer, la Iglesia tomó cartas en el asunto y la Santa Inquisición instituyó increíble proceso, aumentando la fama de hechizado del monarca. Se sospechaba que la marquesa de Soisson le administraba algunas de esas pociones con las que privaba a los hombres de su capacidad de engendrar. Puesto a investigar esta posibilidad, el confesor —¡nuevamente el confesor!— fray Froilán Díaz averiguó que en el convento de Caldas de Tineo había monjas posesas y su capellán, fray Antonio Álvarez Argüelles, con poderes para hacer confesar al mismísimo Satanás quién había embrujado al Rey. Así se logró saber por boca del mismo demonio, a través de los labios de las religiosas, que al “hechizado” le habían administrado la ponzoña el 3 de abril de 1675 en una taza de chocolate (Carlos II era adicto al chocolate). En ella habían disuelto sesos de un ajusticiado para quitarle el gobierno, entrañas de res para quitarle la salud y riñones de murciélago para corromperle su regio semen e impedir de esta forma la reproducción. La instigadora era nada más y nada menos que su misma madre, Doña Mariana, dispuesta a continuar gobernando, a pesar de sus previas experiencias.

No se necesita ser un iluminado para percibir tras estas palabras una intencionalidad política, pero el padre Froila había hecho una mala elección, porque la reina madre, nueva ama del poder, lo hizo juzgar por traición.

Preocupados por la falta de sucesión al trono español —cosa que podría desencadenar una guerra de codicias en toda Europa—, Leopoldo I de Austria envió a un hombre de su confianza con poderes para predecir el futuro y aclarar el pasado: se llamaba fray Mauro Trenda. Sometido el monarca a un meticuloso interrogatorio Trenda llegó a la arbitraria decisión de que no estaba endemoniado, ¡pero sí hechizado! Propuso un tratamiento de tipo sugestivo o psicológico que de fallar, implicaría causas naturales. De ser estas las causas, deberían ser curadas por los médicos (inteligente este Trenda: total si no la pegaba, los que viniesen después estaban obligadas a arreglarlas).

Mientras tanto la sufrida reina consorte, la pobre María Luisa fue sometida a todo tipo de tratamientos para curar su esterilidad porque de seguro era ella la culpable. ¡Jamás un caballero español y menos el rey de España podía ser estéril! —Ese era mal de mujeres—. Recibió María Luisa una dieta de frituras, remedio que no fue útil para embarazarla, pero sí para llevarla a la tumba por una inflamación vesicular, complicada con peritonitis.

El bueno de Carlos II quedó desconsolado ante la pérdida de su esposa. Pero a reina muerta reina puesta. A los pocos días del entierro ya estaba el rey regodeádose con la idea de un próximo enlace con la princesa Mariana de Neoburgo —cuyo único mérito era tener veintidós hermanos, antecedente innegable de fertilidad y asiduidad amatoria—. Sin embargo, y a pesar de los esfuerzos de Carlos y de la joven reina, que se esmeraban en sus tareas reproductivas, la ansiada descendencia no se hacía presente.

Los médicos, siguiendo los consejos del perspicaz Trenda, abundaron en terapéuticas heroicas. Usaban pichones recién sacrificados que posaban sobre la augusta testa o ponían entrañas calientes de cordero sobre el abdomen para aliviar sus procesos intestinales, agravados estos por su chocoholismo y dificultades masticatorias propias del prognatismo [2] de los Austrias. Los purgantes, administrados con perseverancia asesina, destinados a eliminar la materia corrupta que emponzoñaba al monarca, fueron minando su salud, que se deterioró notablemente desde 1698. Sin embargo, el bueno de Carlos habría de dar dura pelea contra la iatrogenia. Sobrevivió dos años más, entre diarreas incoercibles —que lo llevaban al borde del coma—, hematurias por cálculos renales, monstruosos edemas que lo obligaban a cambiar de calzado de acuerdo a la hora del día y el emanciamiento secundario a tanta diligencia de sus galenos. Los pocos momentos de su ya disminuida lucidez los pasaba rodeada de enanos y enajenados, acondrodisplásicos y seres monstruosos de tamaños extraordinarios. Eran estas criaturas los únicos personajes que le otorgaban algún consuelo a sus desventuras. Entre ellos se sentía de igual a igual.

Murió Don Carlos el 1º de noviembre de 1700, testando a favor del duque de Anjou —futuro Felipe V—, el mejor sucesor para mantener los despojos del Imperio que tanto había cuidado.

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Carlos II de España
Carlos II de España

1- Seis hijos de este matrimonio murieron a temprana edad.

2- Mentón prominente, como el de todos los Austrias, especialmente marcado fue el de Carlos I.

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