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El fusilamiento de Camila O'Gorman

En diciembre de 1847, Camila O'Gorman, la hija de una distinguida familia porteña, huyó con un sacerdote jesuita, Ladislao Gutiérrez (sobrino del gobernador de Tucumán). Su final convirtió a este romance juvenil en una tragedia símbolo de una época signada por las persecuciones y la violencia.

La pareja de Ladislao Gutiérrez (también conocido como Uladislao Gutiérrez) y Camila O'Gorman tenía la intención de llegar a Río de Janeiro, pero decidieron permanecer en Goya, Corrientes, dónde fundaron un colegio. Allí fueron reconocidos, apresados y conducidos a Santos Lugares, donde fueron fusilados por órdenes de Rosas. ¿Por qué se llegó a esta terrible decisión cuando había normas que hubiesen impedido una sanción tan drástica?

El escándalo social suscitado por la huida de la joven pareja fue mayúsculo.

La oposición en Montevideo aprovechó la oportunidad para señalar la decadencia moral del régimen. Hasta las niñas de la mejor sociedad sucumbían a las tentaciones de la carne, más cuando en el caso de Camila, la perseguía el antecedente de su abuela, la conocida Perichona, que había sido la amante del Virrey Liniers.

Desde Chile, Domingo Faustino Sarmiento acusaba al Calígula del Plata de tolerar dicho quiebre moral sin tomar medida alguna.

Había en estas críticas una hipocresía manifiesta, ya que el mismo Sarmiento tenía una hija de una relación extramatrimonial, como era bastante común en la época.

Rosas (que entonces vivía amancebado con Eugenia de Castro) toleraba la conducta impía del “fraile” Aldao, gobernador de Mendoza y general de la nación, un apóstata que convivía con tres mujeres y varios vástagos nacidos de dichas relaciones.

Ante la ausencia de legislación nacional, Rosas aplicó la pena de muerte establecida en las Partidas 1-4-71, 1 18-6 y VII 2-3, normas casi medievales que justificaron su proceder: la pareja debía pagar sus pecados con la vida.

En una carta dirigida a su amigo Federico Terrero, escrita 20 años después de la orden, Rosas asume la total responsabilidad del caso, aclarando que nadie le recomendó el fusilamiento y que dicha resolución la tomó para “prevenir otros escándalos semejantes”.

Antes de ser ejecutada y sabiendo que estaba embarazada, el padre Castellanos le dio de beber agua bendita a Camila, para así bautizar al nonato.

Un año después del fusilamiento, Sarmiento escribió un artículo en La Crónica de Montevideo, donde exaltaba el salvajismo de la ejecución, en línea con los excesos en la represión, propios del rosismo.

La historia quedó prendada en el imaginario popular, más cuando los hermanos de Camila tuvieron puestos encumbrados, uno fue Jefe de la Policía y su hermano sacerdote, amigo de Uladislao, fue una figura destacada por su piedad y encargarse de los niños huérfanos por la epidemia de fiebre amarilla. Es una de las múltiples versiones de amores trágicos que atraviesa nuestra historia.

Se han escrito numerosos artículos y libros sobre el tema y fue llevado al cine por Mario Gallo en 1910 (no hay copia del film) y la laureada película de María Luisa Benberg de 1984, cuya escena final ilustra esta reseña.

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