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El féretro que cambió la historia

El 28 de octubre de 1983 faltaban apenas 48 horas para que la Argentina volviera a votar después de siete años de gobierno militar. Ítalo Luder y Raúl Alfonsín, técnicamente empatados, peleaban por los indecisos.

Dos días antes Raúl Alfonsín había cerrado su campaña invocando al respeto de la democracia, y el fin de “las sectas y los brujos”. Concluyó como era su costumbre, con el “rezo laico” del Preámbulo de la Constitución.

Ante un millón de personas (aunque los números varían según las versiones). Ítalo Luder invocó al folklore peronista y la participación del pueblo, desde un palco donde Herminio Iglesias (ex intendente de Avellaneda y candidato a la gobernación de la provincia de Buenos Aires) quemó un féretro con el emblema de la Unión Cívica Radical, ante la algarabía de los presentes (incluidos Luder, Bittel y Ubaldini).

Era el enfrentamiento de dos formas de contemplar la Argentina que estaba por iniciar una nueva etapa. Mucha gente vio con preocupación este gesto de violencia que condecía con el pasado de Iglesias, hecho en las luchas partidarias. Herminio había debido huir del país después del triunfo de la Libertadora. En la década del setenta fue vandorista, pertenecía al sindicalismo de derecha, acostumbrado a imponer sus ideas por la intimidación y la fuerza. Varias veces había participado de las refriegas partidarias, arma en mano, como el tiroteo con Abal Medina en 1972. En uno de estos episodios una bala le rozó el escroto, “Nadie me va a acusar que no puse lo que hay que poner”, alguna vez ironizó. Durante el gobierno de Cámpora y Perón fue intendente de Avellaneda, ciudad que recorría “calzado”, como recuerdan varios vecinos.

Con la vuelta de la democracia, las aspiraciones políticas de Herminio y su peso en el partido, le permitieron candidatearse a gobernador de la Provincia, con una participación pintoresca en la campaña, que culminó con la célebre alocución del “conmigo o sinmigo”.

Por su percepción dicotómica de la realidad, el adversario se convertía en enemigo, y Alfonsín pasó a ser un “malnacido y un gusano” fiel a las consignas del partido “al enemigo ni justicia”. Dejándose llevar por la vehemencia partidaria en el climax de la campaña, ante miles de compañeros, encendió un féretro con el emblema del partido opositor.

Este gesto cambió la historia y Herminio fue el chivo expiatorio de la derrota. Sin embargo y como se puede apreciar en los documentos de la época, nadie del palco intentó frenarlo, nadie lo condenó y a todos se los puede ver exultantes, arengando a la multitud, entusiasmados por la próxima victoria… que no fue.

Si bien, Herminio no accedió a la gobernación, fue nombrado diputado, un puesto demasiado tranquilo para el espíritu encendido de Herminio. Cuando le preguntaban sobre el ataúd, Iglesias se limitaba a decir, “algunos compañeros me recriminan que no hubiese nadie adentro”.

Su estrella declinó enturbiada con el peso de ser el mariscal de la derrota, y también declinó su salud. En 1999 fue operado del corazón por el Dr. Favaloro, y desde entonces sufrió varias recaídas, hasta el desenlace final en 2007, momento en que la noticia de su muerte solo fue una evocación nostálgica.

Herminio Iglesias

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