HistoriaAbraham Lincoln | Gettysburg

El discurso de Lincoln después de Gettysburg

El Discurso de Gettysburg es el más famoso del presidente Abraham Lincoln. Fue pronunciado en la Dedicatoria del Cementerio Nacional de los Soldados en la ciudad de Gettysburg el 19 de noviembre de 1863.

La simplificación de las causas de la Guerra Civil americana nos llevan a pensar que las fracciones en pugna tenían como punto central de discrepancia la emancipación de los esclavos. Esto no era así. Por más que fuese un tema subyacente, la causa que empuja al desenlace bélico radicaba en la capacidad de autodeterminación de los estados. En la Constitución americana no quedaba claro cuál era la capacidad para que un Estado permaneciera en la Unión. ¿Eran un federalismo o era una Confederación? Con economías distintas, cada parte del país tenía intereses contrapuestos. Los estados del Norte, más industrializados veían la esclavitud como una abominación anacrónica. Los del Sur necesitaban esta mano de obra barata para subsistir.

El tema de la abolición de la esclavitud no surge como casus belli hasta este discurso que ofreció Abraham Lincoln, cuatro meses después de la batalla de Gettysburg.

Si bien, en su momento pasó inadvertido, con el tiempo se lo consideró una obra maestra, la pieza oratoria más famosa y citada del siglo XIX, apenas consta de 300 palabras (el orador que habló antes de Lincoln, Edward Everett, lo hizo por dos horas). Las pocas oraciones del presidente resonaron profundamente «en el pueblo, por el pueblo y para el pueblo».

Esta es la traducción íntegra del discurso

«Hace cuatro veintenas y siete años, nuestros padres hicieron nacer en este continente una nueva nación; concebida en libertad y consagrada al principio de que todos los hombres son creados iguales.

Ahora estamos empeñados en una gran guerra civil que pone a prueba si esa nación, o cualquier nación así concebida y así consagrada, puede perdurar en el tiempo. Estamos reunidos en un gran campo de batalla de esa guerra. Hemos venido a dedicar una porción de ese campo como lugar de descanso final de los que aquí dieron sus vidas para que esa nación pudiera vivir. Es absolutamente correcto y apropiado que hagamos tal cosa.

Pero en un sentido más amplio, no podemos dedicar, no podemos consagrar, no podemos santificar este suelo. Los hombres valientes, vivos y muertos, que lucharon aquí ya lo han consagrado muy por encima de lo que nuestras pobres facultades puedan añadir o restar. El mundo apenas advertirá, y no recordará por mucho tiempo lo que aquí digamos; pero nunca podrá olvidar lo que ellos hicieron aquí. Nos corresponde antes bien a nosotros, los vivos, consagrarnos a la inconclusa empresa que los que aquí lucharon hicieron avanzar tanto y tan noblemente. Somos más bien nosotros los que debemos consagrarnos aquí a la gran tarea que aún nos queda por delante: que de estos muertos a los que honramos tomemos una devoción incrementada a la causa por la que ellos dieron la última medida colmada de celo. Que resolvamos aquí firmemente que estos muertos no habrán dado su vida en vano. Que esta nación, bajo Dios, renazca en libertad. Y que el gobierno del pueblo, por el pueblo y para el pueblo, jamás perezca sobre la Tierra.»

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