PersonajesCid Campeador

El Cid cabalga sobre la estepa castellana

El 25 de julio de 1921, los huesos del Cid –o los que se le atribuyeron- fueron enterrados en el crucero de la Catedral de Burgos.

juntos conmigo vivieron

vivo nunca me vencieron

y muerto pude vencer»

Lope de Vega

«No llores, España mía, que aún te quedan muchos días de sol y laurel… España, en medio de sus desgracias será el país más grande de la tierra… Yo os lo digo ante la muerte. España hará redondo al mundo», alcanzó a decir proféticamente Rodrigo Díaz de Vivar, más conocido como el Cid Campeador, antes de morir el 10 de julio de 1099, cuando trataba de expulsar a los moros de su tierra. La herida recibida durante la batalla de Albarracín y la trágica muerte de su hijo Diego en el combate de Consuegra fueron debilitando su cuerpo y su espíritu.

La leyenda narrada por los juglares y poetas dice que, al tiempo de morir el Cid en Valencia, las huestes sarracenas se preparaban para el asalto de esta ciudad, tan cara a los afectos del Campeador. Entonces el cadáver del Cid, montado sobre Babieca, su leal caballo, y luciendo su armadura, se lanzó contra los infieles que, de solo verlo, se dispersaron a su paso.

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Habían sido los moros, mucho antes de esta batalla, quienes le habían concedido a Díaz de Vivar el título de seid o cid [señor, jefe], y lo llamaban «Mío Cid». Los cristianos lo enaltecieron como el Cid Campeador (mi señor victorioso).

Muerto Rodrigo Díaz de Vivar, doña Jimena, su inconsolable viuda, dispuso entregar el cuerpo del Campeador a San Pedro de Cardeña, único monasterio cercano a Burgos, solar y palacio de los Vivar. Fue allí donde veinte años antes, el Cid las había dejado a ella y a sus dos hijas bajo la protección del abad Sisebuto cuando debió partir hacia el inmerecido destierro. Y justamente a este monasterio de San Pedro fue donde volvió el Cid para dar gracias a Dios, una vez conquistada Valencia.

Salí de ti, templo santo, desterrado de mis tierras;

mas ya vuelvo a visitarte acogido en las ajenas.

Desterróme el rey Alfonso porque allá en Santa Gadea

le tomaron juramento con más rigor que quisiera.

Veis, aquí os traigo ganados otros reinos y mil fronteras.

¡Que os quiero dar tierras mías cuando me echáis de las vuestras!

El Cid no fue enterrado ya que, por diez años, estuvo su cadáver expuesto y sentado en un trono de marfil sobre un tablado, a la derecha del altar mayor, con su espada Tizona ceñida al costado izquierdo. Así se lo vio hasta que se le comenzó a “corromper la punta de la nariz y a afearse el rostro”, por lo que se lo trasladó a una bóveda vecina. Fue Alfonso x, «el Sabio», quien ordenó labrar el sepulcro que cobijó al Cid y a doña Jimena. En la circunferencia de la piedra, al pie de esta tumba, se grabó en latín: «Belliger invictus, famosus marte triumphis, clauditur hoc tumulo magnus didaci rodericus [Guerrero invicto, famoso por sus triunfos marciales, este túmulo encierra al gran Rodrigo Díaz]». Sobre la tapa del sepulcro, una inscripción compara al Cid con el rey Arturo y con Carlomagno: «Invicto entre los esforzados». En la pared trasera, en lengua vulgar se lee: «Cid Rui Diez so, que yago aquí encerrado, y venció al rey Bucar con treinta y seis reyes, los veintidós murieron en el campo. Vencilos sobre Valencia, desque yo muerto encima de mi caballo. Con esta son setenta e dos batallas, que yo vencí en el campo. Gane a Colada e a Tizona, por ende Dios sea loado. Amén».

En 1447, la primitiva iglesia románica fue derribada para construir en su lugar un templo gótico. Entonces, el cadáver del Cid Campeador fue ubicado frente a la sacristía, sobre cuatro leones. En enero de 1541, fray Lope de Farías consultó a la comunidad sobre el mejor lugar para ubicar al héroe. Por voto democrático, decidieron colocarlo cerca de la pared del Evangelio. En esa oportunidad, fue abierto el ataúd y expuestos sus restos con espada y espuelas. Por orden de Carlos v, el Cid retornó a su sepulcro original. En 1735, se inició la construcción de un templo de estilo barroco, al fondo del brazo derecho del crucero. En su centro, se dispuso la capilla del Cid.

Sin embargo, y a pesar de tanto traslado de su cuerpo victorioso, los avatares de la historia y los caprichos de los hombres, no se dignaron a dejar en paz a nuestro héroe. En noviembre de 1808, las tropas napoleónicas saquearon el convento benedictino de Cardeña. Al parecer, los franceses poco habían escarmentado durante la vorágine jacobina y todavía tenían una voraz apetencia por las reliquias, fueran estas religiosas o épicas. Sin remordimientos, profanaron la sepultura del Cid, robaron los objetos que atesoraba y dispersaron sus huesos. Vivant Denon, por años director del Museo del Louvre y responsable de la confiscación de obras de arte durante los años del Primer Imperio, recogió los huesos del Campeador (aparentemente, sin interés artístico para los franceses) y les dio nueva sepultura. El hecho fue inmortalizado en un cuadro que hoy se conserva en este mismo museo donde, a su vez, se exponen las obras de arte robadas por Napoleón a los vencidos.

Le tocó al general Thiébault hacerse cargo del gobierno militar de Burgos. En un gesto destinado a granjearse las simpatías de sus forzados súbditos, retiró los restos del Cid del abandonado convento y mandó a construir un mausoleo en el Espolón, frente al Ayuntamiento de Burgos. Para evitar todo malentendido o sustracción indebida durante la elaboración de este mausoleo, guardó los restos del héroe debajo de su cama.

Vencidos los franceses, los monjes de San Pedro de Cardeña solicitaron la devolución de sus ilustres huéspedes. Hacia allá marcharon el Cid y doña Jimena después de este forzado exilio póstumo.

Sin embargo, aún faltaba un último traslado. En 1921, el cardenal Benlloch propuso un nuevo traspaso del héroe hacia la catedral, para ser ubicado en el crucero plateresco.[1] Allí fue depositado con gran pompa, ante la presencia del mismo Alfonso XIII. Pero no todos sus huesos llegaron a la catedral. Cuando el general Thiébault ordenó el traslado de los restos, asistió en calidad de perito el cirujano Cipriano López. Este, siguiendo una costumbre propia de la época –tal cual ya hemos descrito a lo largo de este libro–, conservó como recuerdo un hueso del antebrazo izquierdo. En 1930, el hueso fue devuelto al Ayuntamiento de Burgos por el marqués de Guad-el-Jelu, donde aún se lo puede ver en arqueta de plata.

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Capilla del Cid (Monasterio de San Pedro de Cardeña, Burgos).
Capilla del Cid (Monasterio de San Pedro de Cardeña, Burgos).
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El cofre del Cid (Catedral de Burgos).
El cofre del Cid (Catedral de Burgos).

La historia del Cid no estaría completa sin contar la suerte de su fiel Babieca. Siempre nos hemos preguntado cuándo fue que ese nombre pasó a tener el sentido peyorativo que sustenta a la fecha. En realidad, siempre lo tuvo. Cuentan que Rodrigo estaba eligiendo cabalgadura con temple para montar durante las batallas cuando, al desatarse una tormenta todos los caballos volvieron grupas hacia la borrasca, menos uno, que la enfrentaba. El caballerizo le gritó: «¡Vuélvete como los demás, Babieca!», dándole la misma connotación que hoy le damos. El Cid se fijó en este animal y dijo: «Si tan valientemente sabe hacer frente a una tempestad, así lo hará en las batallas». Desde entonces, le quedó el nombre de Babieca al caballo más famoso de la historia española.

Inseparable durante las guerras y el exilio, tampoco pudo la muerte distanciarlos. Babieca fue enterrado en el mismo monasterio de Cardeña, dos años después que el Cid. Gil Díaz fue el encargado de cuidarlo por ese tiempo y quien ordenó, según la tradición, que plantasen un olmo a cada extremo de la sepultura. En 1948, el duque de Alba propuso a la Comisión de Monumentos de Burgos, levantar uno en honor de tan fiel servidor del Cid y de España. En la estatua, están escritas estas palabras:

Tal caballo como este

Es para tal como vos

Para vencer a los moros

Y ser su perseguidor

A quien quitárosle quiera

No le valga el Criador

Que por vos y por el caballo

Bien honrados somos nos

[1]. Obra del artista burgalés Juan de Vallejo.

Texto extraído del libro Trayectos Póstumos de Omar López Mato - Disponible en la tienda online de OLMO Ediciones.

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