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El cerebro de Walt Withman

Cuando Walt Whitman dejó de existir en 1892, ya era un poeta laureado, un héroe cívico que había prestado servicios como enfermero durante la guerra civil. Muchos de sus seguidores podían recitar estrofas completas de Hojas de Hierba, discutido por sus elípticas referencias homosexuales.

Como en vida había tenido cierta curiosidad por la frenología – esa pseudociencia que relaciona la actividad cerebral con los accidentes óseos del cráneo – resultó natural que Witman donase su encéfalo a la ciencia para revelar los secretos de su mente.

Había cierta expectativa por conocer los resultados de este estudio en un personaje tan notable. El encargado de la extracción y estudio era el Dr. Henry Cattell médico de la Sociedad Americana de Antropometría. Sin embargo, los resultados se hicieron esperar y después de quince años de silencio el Dr. Edward Spitzka (entonces una celebridad en estudios neuroanatómicos) declaró que después de un “desafortunado accidente”, nada quedaba del cerebro del poeta, dando fin a las expectativas científicas de conocer donde se aloja el centro de la inspiración lírica.

La historia del encéfalo del genio encerrado en un frasco con formol, destruido por el descuido de un asistente, caló hondo en la cultura americana a punto de reflejarse en una película de Frankenstein en 1931.

Investigaciones posteriores señalaron que no hubo un asistente descuidado, sino que el mismo Dr. Cattell (por entonces docente de la Universidad de Pensilvania) había cometido tal torpeza.

El profesor Cattell, como ya dijimos, era miembro del Instituto Antropométrio, donde se atesoraban los cerebros de otros americanos notables. En 1899 los mismos integrantes de ese instituto fundaron el “Club del Cerebro” para el estudio anatomopatologico de la materia gris de personajes notables...

Sin embargo, el impensado accidente puso fin a las especulaciones. El secreto de cómo se había “accidentado” podría nunca haber sido conocido, sino fuera por el diario del Dr. Cattell, donde escribía todos los detalles de su existencia, aun los deportivos (era un entusiasta del béisbol). En mayo de 1893 confiesa en su diario “Soy un tonto, un maldito tonto, sin conciencia ni memoria, ni soy apto para un puesto académico. He dejado el cerebro de Whitman expuesto sin cubrir el frasco que lo contenía. Lo he descubierto esta mañana. Esto me arruinará a los ojos de los otros miembros de la Sociedad Antropométrica…”

Por tal razón y para evitar represalias, decidió echarle la culpa a su asistente Edward, quien ya no trabajaba con él. El tema siguió pesando en la conciencia del atribulado México. En el mismo diario, en septiembre de 1893 escribió “Si no fuese por mis padres me hubiese ido a África o muerto”. En los siguientes meses continuaron los comentarios suicidas, con altos y bajos propios de una mente bipolar.

Whitman bien sabía que la carne se corrompe y así lo expresa en su poema El tiempo que vendrá:

El curioso molde humano

no es compartido por cualquiera

el cerebro y el corazón

como todo se corrompe

Y eso aconteció con su cerebro que había dejado como trofeo para la ciencia y terminó en la basura por un olvido. De conocer este fin sin gloria ni épica, quizás Withman hubiese mirado el atardecer, contemplado las hojas muertas sobre la verde hierba y mientras fumaba su pipa, pensó “El futuro no es más incierto que el presente, acepto la realidad y no me atrevo a cuestionarla”. La vida, a pesar del desfile interminable de deslealtades, necedades y desprecios, merece ser homenajeada con rimas y cantares.

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