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El cerebro de un genio

Cada época tuvo su genio. Aristóteles lo fue para los griegos, Alfonso el Sabio para los españoles, Descartes para los franceses (o quizás Pascal); Kant lo pudo ser para los alemanes como Mendeléyev o Pávlov para los rusos del siglo xix. Newton lo fue, sin dudas, para los ingleses del siglo xviii. Para nosotros, la palabra “genio” es sinónimo de Einstein, cuya teoría de la relatividad dio al siglo xx, no solo una herramienta matemática para el estudio de la Física y la Astronomía, sino un elemento filosófico ajeno a las intenciones del físico. Einstein relativizó el comportamiento de los elementos, pero jamás pensó en hacer tal cosas con las conductas de los hombres.

Como no fue comprendido en sus elucubraciones, quizás tampoco lo fue en sus deseos póstumos. Al parecer, Einstein había sido muy taxativo en sus consideraciones finales: no deseaba que su cuerpo fuese objeto de culto hacia su persona, por eso había ordenado ser cremado y dispersar sus cenizas. Al morir, el 18 de abril de 1954, su cadáver fue sometido a una autopsia de rutina presenciada por el doctor Otto Nathan, amigo del difunto y ejecutor de su legado. En ella, se encontró el aneurisma abdominal que le había ocasionado la muerte. El doctor Thomas S. Harvey fue el patólogo encargado de la necropsia y de la remoción del cerebro de Einstein.

Después de una breve ceremonia, el cadáver fue reducido a cenizas y estas arrojadas a un río en una ceremonia secreta. Todo el cuerpo de Einstein desapareció, menos su cerebro, que permaneció en poder de Harvey con la anuencia del amigo, pero sin que su familia lo supiese.

Este no tardó mucho en convencer a Nathan, también hombre de ciencia, de la importancia de poder estudiar tan portentoso instrumento de creación. El doctor Harvey, entonces, puso el cerebro en formol e informó de sus proyectos al doctor Zimmerman –su superior en el hospital de Princeton y también amigo de Einstein–, quien afirmó haber pedido, en vida del físico, el permiso pertinente para examinar su tejido nervioso. Suponemos que Einstein concedió ser el objeto de este, su último legado a la ciencia.

Dos días después de la autopsia, Zimmerman anunció que daría una conferencia de prensa sobre los estudios a los que sometería la materia gris del genio. La familia, enterada por los medios, puso el grito en el cielo. ¿Quién había autorizado todo esto? ¿Qué era esto de andar exhibiendo el cerebro de “papá” como si fuese un extraño espécimen para analizar? Hubo que calmar los ánimos antes de que todos se pusieran de acuerdo en aras del espíritu científico. El 28 de abril, la familia difundió el siguiente comunicado:

Se otorga el permiso para estudiar los tejidos del cerebro del doctor Albert Einstein, pero con la expresa y enfática condición de mantener la más estricta privacidad, sin anuncios o publicaciones de ningún tipo, excepto que los hallazgos sean hechos públicos al mundo científico a través de revistas médicas y no de otro tipo.

De allí en más, nadie escuchó hablar del cerebro de Einstein.

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En 1978, es decir, veintitrés años después de este episodio, el director del New Jersey Monthly le encargó a un joven periodista, Steven Levy, que averiguase cuál había sido el destino del cerebro de Einstein. Levy adquirió la última biografía de Einstein, y allí se enteró de la autopsia que el doctor Harvey había practicado y del cerebro que se había guardado. Lo buscó, pero este ya no estaba en Princeton. No tardó mucho en encontrarlo, de todas formas, pues se hallaba en Wichita, Kansas. Allí fue Levy a entrevistarlo. Durante la reunión, Harvey se mostró evasivo: “No sé, no puedo ayudarle, no recuerdo...”. El periodista permaneció inmóvil frente a él hasta que, al final, se quebró: “Lo tengo aquí mismo”, dijo. Se levantó y buscó dos latas que decían Costa Cider. Allí estaba lo que quedaba de la mente más brillante del siglo xx, flotando en formol dentro de una lata de sidra.

Después de la científica conciliación con la familia, no se había llegado a un acuerdo sobre cuál era la forma más adecuada de estudiar las neuronas de Einstein. El asunto iba para largo. El doctor Harvey se convirtió, de hecho, en el custodio del cerebro. Desde entonces hasta la fecha, han aparecido tres artículos que no arrojan muchas luces sobre los mecanismos de la inteligencia y el origen de la genialidad.

El primero de ellos fue publicado en Experimental Neurology en 1985. Los autores eran Marian C. Diamond, Arnold B. Scheibel y el mismo Harvey. Diamond y Scheibel se habían puesto en contacto con el desorientado doctor después de enterarse, por los diarios, dónde estaba el cerebro de Einstein. Le propusieron una metodología de trabajo: contar los distintos tipos de células en diversas partes de la corteza –tanto las neuronas como las células gliales (de sostén y nutrición)– y compararlas, en número, con los promedios encontrados de once varones muertos a los 64 años. Se eligieron las áreas corticales 9 y 39, porque la primera es considerada un área importante para planear la conducta, la atención y la memoria. El área 39 se ubica en el lóbulo parietal y se encarga de las funciones asociativas y del lenguaje. El estudio demostró que Einstein tenía en estas zonas más células gliales que neuronas. La explicación para esta desproporción es que el cerebro del genio tenía más requerimientos energéticos que sus compañeros de experiencia. Mucho se discutió sobre el procedimiento científico adoptado y el grupo usado como parámetro, por ser estos doce años más jóvenes que Einstein al momento de su defunción. Ninguna de estas conclusiones fue definitiva ni reveladora y, en ninguna, se propuso que esas variaciones podían deberse al síndrome de Asperger, que se sospecha que padecía Einstein.

Mientras tanto, el doctor Harvey convivía con su trofeo. Por esos años, viajó a Florida con su souvenir científico para mostrárselo a la nieta del sabio. No sabemos cómo tomó la señora la presencia parcial de su abuelo.

Tardaron once años más hasta que otro grupo tuviera la oportunidad de estudiar el genial cerebro. Este segundo artículo fue publicado en Neuroscience Letter en 1996. Lo primero que llamó la atención, al analizar este encéfalo, fue el peso significativamente menor al de un hombre normal (1,230 kilogramos contra 1,400), aunque este tema ya se sabía que nada tenía que ver con la capacidad intelectual. La idea había sido de Cuvier, el célebre biólogo del siglo xix que había estudiado el cerebro de las poblaciones primitivas y tomado ese mayor peso como un signo de superioridad intelectual y racial. Pero, como en el caso de Einstein, también se encuentran otras situaciones llamativas. Por ejemplo, Léon Gambetta, el célebre político francés, tenía un cerebro de apenas 1,100 kilogramos, mientras que el de Turguéniev, el escritor ruso, pesaba dos kilogramos y el de Lord Byron, el poeta, 2,300. Sin embargo, el de Anatole France pesaba un escaso kilogramo y el de Marylin Monroe, 1,400. ¿Era acaso la actriz más lúcida que Gambetta, France y Einstein? Esta teoría no hubiese siquiera nacido,

si Cuvier hubiese podido pesar su cerebro, de escasos 1,200 kilogramos, aun menor que el de la blonda estrella.

Volviendo a Einstein, otro dato desconcertante fue que la corteza del dichoso sector 9 era más delgada que los otros cinco controles, pero las neuronas se encontraban en mayor número por milímetros cuadrados.

El tercero y más reciente de los artículos fue publicado por The Lancet en 1999. Se demostró que la corteza del cerebro de Einstein tenía una cantidad anormal de surcos, especialmente en el área parietal. Sin embargo, el surco lateral era más corto y casi no se lo podía distinguir. ¿Podría de esta forma tener mejores conexiones para permitir asociaciones matemáticas? Pura especulación.

Lo cierto es que el cerebro de un genio sigue navegando sin rumbo por el mundo de las ciencias. Ninguna institución ha demostrado interés por retenerlo. Ni el Einstein College of Medicine de New York, ni la Universidad Hebrea de Jerusalén, ni la Smithsonian Institution de Washington han expresado el deseo de conservar lo que queda de este gran hombre. Su cerebro, que en vida revolucionó las ciencias, hoy se ha convertido en una masa de neuronas flotando en formol dentro de una lata de sidra, a la espera de que alguien descubra sus secretos.

Otra evidencia más de la mal entendida relatividad.

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