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El bastardo que pudo ser Rey: Juan de Austria

Esta es la historia de un bastardo que sin ser rey salvó a Europa del desastre.

Las monarquías se basan en el erróneo concepto biológico que los hijos de padres notables deberían ser tanto o mejor que ellos. Para fortalecer esta idea peregrina, las familias reales se casaban entre ellas con tanta asiduidad que después de unos años todos estaban emparentados, mezclando tíos con sobrinos y primos entre sí, creando entrecruzamientos endogámicos, donde salían a relucir genes recesivos que estigmatizaban a la descendencia. La infidelidad era una forma de compensar tal error de concepto. Esta es la historia de un bastardo que sin ser rey salvó a España del desastre.

Carlos V se había salvado de caer víctima de tal endogamia, aunque su madre padecía de un desorden psiquiátrico que le ganó el apodo de La loca. Juana, probablemente padecía una esquizofrenia. Al momento del nacimiento de su primogénito decidió parirlo en un retrete. De allí que sus enemigos dijeran que el tal Carlos había nacido y vivido entre mierda…

Con los años, Carlos V se convirtió en el azote de los protestantes y un campeón de la cristiandad. El asunto se había convertido en una obsesión, a punto tal, que llegó a exclamar “qué bien dormiría yo de no existir Lutero y la gota” (la otra enfermedad que lo tuvo a mal traer de por vida). Hacia 1546 se había muerto su amada esposa, Isabel, y el monarca para sobreponerse a los sinsabores del duelo abrazó los placeres de Venus. La elegida era una hermosa jovencita de buena familia, llamada Bárbara Blomberg, oriunda de Ratisbona. Desconocemos si el embarazo de esta joven se debió a la asiduidad amatoria o al azar.

El emperador, enterado del fruto de los días de intimidad, hizo que la joven fuese entregada en matrimonio con un tal Píramo Kegel, bautizaron al bastardo con el nombre de Jerónimo. El niño fue separado de su madre y conducido a España para mantener el secreto. El mayordomo Real, don Luís Méndez de Quijada, leal colaborador de Carlos, entregó al niño a Francisco Massy, el violinista del emperador, casado con Ana de Media, quien aceptó el encargo a cambio de una generosa compensación. Para que no se suscitaran peligrosos reclamos, a Massy se le comunicó que el niño era de Adrián de Bois, un ayuda de cámara del emperador. La transacción se llevó a cabo el 13 de junio de 1550 en Bruselas, y la cifra estipulada era de cien escudos en mano, más cincuenta al año.

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Don Juan de Austria a los catorce años.
Don Juan de Austria a los catorce años.

Massy y su esposa se instalaron en tierras deLeganés, donde poseían tierras, y el joven fue educado por el cura del pueblo, don Bautista Vela, y después en la escuela pública de Getafe, donde se destacó entre sus compañeros de juego como capitán de huestes cristianas que combatían a los infieles.

Massy murió y su esposa volcó todo su afecto en este niño rubio, inteligente e intrépido, a quien creía hijo ilegítimo de Luís de Quijada.

El joven Jerónimo iba camino a convertirse en un labriego cuando Carlos decidió que se mudara al castillo de Villagarcía de Campos, donde habría de tener la educación de un noble. La encargada de esta tarea sería, nada más y nada menos, que Magdalena Ulloa, esposa de Quijada, el supuesto progenitor. Magdalena, a quien el joven llamaba tía, se encargó de su instrucción. Aunque fue versado en los clásicos y el latín, Juan prefería las clases de equitación y esgrima que impartía Juan Galarza, retirado escudero del Rey.

Tal era la simpatía que todos profesaban por este joven del que desconocían su real origen, que cuando se declaró un incendio en el castillo de Villagarcía, el Sr. Quijada (por entonces un enviado de Carlos que preparaba su retiro en Yuste) rescató a Jerónimo antes que a su esposa, circunstancia que se prestó a alguna suspicacia.

Estando en Yuste, Carlos V tuvo oportunidad de conocer a su hijo ilegítimo y apreciar sus dotes y gentileza. Obviamente, pudo apreciar las diferencias que existían entre el bastardo y los herederos de la Corona.

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Presentación de don Juan de Austria al emperador Carlos V, en Yuste, por Eduardo Rosales, 1869.
Presentación de don Juan de Austria al emperador Carlos V, en Yuste, por Eduardo Rosales, 1869.

A la muerte del Emperador se dispararon los rumores sobre el origen de este joven, y todo el mundo sospechaba que Quijada sabía la verdad. Habiendo muerto Carlos, optó por confesarle a Felipe II el verdadero origen de Jerónimo. La historia de Quijada fue confirmada por el texto testamentario del Carlos V, a quien además le concedía una renta anual y un ducado. A esto accede Felipe, quien además deseaba conocer al joven, encuentro que se realizó en el bosque de Torozos. Al besar el joven la mano de Felipe II, éste le confesó “sois el hijo de un gran hombre, el emperador don Carlos, que ahora está en el Cielo, y es tu padre y el mío”.

Felipe convirtió a Jerónimo en don Juan de Austria (aunque nadie tiene bien claro por qué el cambio de nombre). Con escasos doce años, el ahora Juan, se integró a la corte, un gran cambio para el niño, cuyo recuerdo más lejano era la cabaña de un labriego. Esta crisis que podría haber desembocado en conductas violentas o agresivas, no mermó el habitual buen humor del joven.

Conoció entonces a su sobrino y heredero de la corona, el díscolo don Carlos (de triste fama por la obra de Schiller y la ópera de Verdi), quien a pesar del afecto que le tenía a su tío Juan, intentó asesinarlo durante una de sus enajenaciones, llamándolo “bastardo, hijo de puta”, a lo que Juan contestó después de desarmarlo, “seré bastardo, pero mi padre es más grande que el vuestro”.

El príncipe Carlos fue víctima de su propia insania, y se dejó morir después de ser descubierta la trama para matar a su padre, el Rey Felipe.

Desde joven Juan de Austria mostró estar dotado para la guerra, y esta predisposición le fue ganando prestigio, hasta que Felipe lo nombró Capitán General de la Mar. Como su experiencia marinera era poca, Juan se rodeó de los almirantes más hábiles de la flota y en junio de 1568 se lanzó al Mediterráneo, con la misión de limpiar el mar de piratas y corsarios musulmanes, tarea que cumplió con éxito.

Vuelto a España se le encomendó la represión de la rebelión morisca en Granada, quienes habían asesinado, mientras dormían, a un destacamento de soldados españoles. La situación era conflictiva y acuciante, pero Juan le pidió al Rey que le concediera el mando de tropas para reprimir el alzamiento, antes que fuese demasiado tarde. Sin embargo. La situación era muy compleja, los ánimos caldeados, y las diferencias entre los miembros de la comitiva paralizaron al mando español. Fue entonces que Felipe tomó una decisión que disgustó a Juan: expulsar a todos los moriscos de Granada. Esto solo empeoró la situación, y Juan le propuso a su hermano tomar la ofensiva. Felipe II no solo aprobó la idea, sino que él mismo acudío a imponerse de la situación, mientras Juan, al frente de 12.000 hombres puso sitio a Galera. La fortaleza parece inexpugnable, y Juan jura “asalarla y sembrar con sal sus campos… Yo hundiré a Galera en venganza de la sangre derramada”.

El 10 de febrero asaltó la ciudad y cumplió su terrible promesa. Entró a sangre y fuego, asesinando a los rebeldes. Dos mil quinientos moros murieron ese día. Envalentonado por la victoria, marchó hacía la fortaleza Serón. En vez de encerrarse a resistir, los moros salieron al campo, poniendo en fuga a los españoles… pero allí estaba Juan, quien se plantó frente a los soldados que huían, los apostrofó y dirigió el ataque personalmente, revirtiendo el desastre. Juan recibió una bala que poco daño le hizo, pero su querido Luís de Quijada, lo más cercano a un padre que había tenido, murió por las heridas recibidas.

La furia de Juan por esta pérdida y su intención de retaliación fue suficiente para que cayera la fortaleza y sus seguidores asesinaran a Humeya, el jefe de los moros. La determinación de Juan, convenció a los moros que no había otro camino más que pactar con los españoles. De tal forma, llegaba a su fin la llamada Rebelión de Alpujarras.

No hubo gloria para Juan, pero si ganó una sólida experiencia que lo convertiría en la espada de España y el adalid de la cristiandad.

No había acabado la campaña contra los moros, cuando las naves turcas atacaron la isla de Chipre, un bastión veneciano. Desde allí podrían saltar al continente y desatar una nueva Guerra Santa… pero en Europa.

Los venecianos, el Papa Pio V y los españoles, dejaron de lado los enfrentamientos y rencillas, para unirse ante el enemigo que amenazaba al cristianismo.

Juan de Austria y su amigo, el italiano Andrea Doria, se pusieron al mando de 205 naves con 80.000 soldados a bordo (entre los que se encontraba un soldado que no solo esgrimía la espada, sino las palabras, un tal Miguel de Cervantes Saavedra).

La tradición cuenta (obviamente sin un aval que lo justifique) que el Papa eligió al príncipe español inspirado en el Evangelio de San Juan. “Hubo un hombre elegido por Dios, cuyo nombre era Juan”. El bastardo estaba llamado a salvar la cristiandad.

La tarea era compleja, no por la fortaleza del enemigo, sino por las desinteligencias y celos de los jefes de esta Liga Santa. Finalmente se impuso el criterio de Juan de atacar inmediatamente, y así la flota navegó directamente a Lepanto, donde encontró a la armada de Alí Baja. Sin hesitaciones entraron en batalla.

Permítame el lector, disgregarme, ya que este enfrentamiento no solo se peleaba por una religión, también era un enfrentamiento entre dos formas de consagrar autoridades. Mientras los europeos buscaban a sus líderes por la pureza de su sangre, los turcos se reproducían con cualquiera de las muchas esposas de su harem, donde había mujeres de todas partes de mundo (rusas, griegas, coptas, etc.) secuestradas o llevadas como cautivas al serrallo del gran vizir, quién de esta forma practicaba lo que los genetistas llaman outbreading. Las luchas intestinas dentro del serrallo para que prevalezca un hijo especial como preferido del macho alfa en cuestión, desataba una contienda darwiniana que no evitaba mentiras, engaños, alianzas y asesinatos. Alí Bajá era el hijo del vizir con una esclava circasiana.

La única variable, en este caso, es que el jefe de la flota no sufría los estigmas degenerativos de la endogamia propia de las casas europeas por su condición de bastardo. La experiencia nefasta de don Carlos (el hijo de Felipe) y su inestabilidad emocional, mostraba a las claras este fenómeno.

El 7 de octubre de 1571 chocaron la flota de la cruz con la que enarbolaba la media luna como estandarte. Sorprendidos estos últimos por la espalda, la flota turca comenzó a desmembrarse y fue en ese instante que don Juan de Austria luciendo una magnífica armadura, se puso al frente de sus tropas y asaltó la nave sultana. Cuatrocientos jenízaros intentaron abordar la nave de don Juan, quien al frente de sus hombres contuvo el ataque. Por un momento vibró la indecisión sobre la cubierta repleta de cadáveres, Juan avanzaba a mandobles en busca de un duelo con Alí Bajá. El enfrentamiento no pudo concretarse porque una bala anónima puso fin al caudillo turco.

Al grito de ¡Viva España! y ¡Adelante Santiago!, las fuerzas musulmanas se dispersaron. Juan de Austria se había convertido en el salvador de la cristiandad. Como dijo Cervantes, habían vencido en “la más alta ocasión que verán los siglos”.

Para tener una idea de la magnitud de la victoria, en Lepanto murieron 7.800 cristianos y 30.000 musulmanes, 15 galeras fueron hundidas, pero 190 quedaron en manos de Juan de Austria y sus aliados. Lepanto fijó los límites de la expansión mediterránea de los otomanos.

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Los vencedores de Lepanto: desde la izquierda, don Juan de Austria, Marco Antonio Colonna y Sebastiano Venier.
Los vencedores de Lepanto: desde la izquierda, don Juan de Austria, Marco Antonio Colonna y Sebastiano Venier.

Don Juan con solo 24 años fue recibido como un héroe apoteótico en Nápoles, donde la ciudad celebró con entusiasmo la victoria, y don Juan fue homenajeado por las damas más hermosas de la ciudad, y siguiendo los versos del poeta, dispuesto a amar cuanta ella le fue dado conocer. Sin embargo, su corazón se volcó sobre Diana de Falangola, y más tarde sobre Zenobia Saratosia.

Su nueva condición de héroe sembró ciertos recelos en su hermanastro quién, sin embargo, necesitaba del genio de Juan, y lo envió a Flandes, donde las revueltas contra los españoles se sucedían. En el camino, Juan decidió conocer a su madre, a quien llevó a España donde vivió en un palacio hasta su muerte.

Al frente de las tropas hispanas que hacía meses que no cobraban, Juan estaba en inferioridad de condiciones para impedir el saqueo de Amberes. Forzado por las circunstancias, prefirió pactar con los flamencos y firmar el Edicto Perpetuo. Los tercios españoles se retiraron, y Juan quedó como gobernador de los Países Bajos. En esos días conoció a Margarita de Valois, la Reina Margot de los franceses, Reina de Navarro y hermosa mujer que sucumbió a los encantos de Juan. De aquí en más, Margot será el centro de una trágica historia con la lúgubre noche de San Bartolomé, y el macabro recuerdo de la cabeza de su amado, que llevaba a todos lados consigo.

Mientras la pareja se entregaba a los placeres del amor, Felipe planeaba casar a Juan con María Estuardo, para imponer el catolicismo en la rebelde Albión. El proyecto matrimonial no llegó a concretarse porque una vez más los flamencos se levantaron contra el régimen español.

A pesar de ser superados en número, las tropas españolas logran una extraordinaria victoria en Namur. Sin embargo, el abierto apoyo inglés a la casusa de los protestantes holandeses puso a Juan en apuros, que le recrimina a su hermano “cada vez que pido dinero, recibo palabras”. Todos sabemos que las palabras no bastan para la guerra.

En agosto de 1578 Juan cayó enfermo, y debió alternar el lecho con la lucha. Apremiado por la falta de medios, sus dolores y la fiebre se agravaron. El tifus lo estaba destruyendo. Impedido de moverse, se debió acomodar un antiguo palomar para que pudiera descansar, pero su estado se hizo crítico, y el 1ero. de octubre, después de confesarse, murió.

Carlos V, que había sido el hombre más poderoso del planeta, había llegado al mundo en un retrete. Su hijo bastardo, que nunca llegó a Rey, aunque había salvado a occidente de su perdición, murió entre detritus de paloma. Un curioso paralelismo y una infeliz paradoja.

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Mausoleo de Don Juan de Austria, diseñado por Ponciano Ponzano y ejecutado por Giuseppe Galeotti. Panteón de Infantes, Monasterio de San Lorenzo de El Escorial.
Mausoleo de Don Juan de Austria, diseñado por Ponciano Ponzano y ejecutado por Giuseppe Galeotti. Panteón de Infantes, Monasterio de San Lorenzo de El Escorial.

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