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Eduardo Pérez Bulnes

Bulnes fue uno de esos hombres de los que Félix Luna llamaba "de segunda línea", pero sin quienes los estuvieron a la cabeza del movimiento independentista no hubiesen logrado su cometido. Hombre preparado y de ideas, asistió al general Paz durante su breve gobierno.

Fue alumno del Colegio Monserrat, y cumplió su primera actuación pública como miembro de un regimiento de milicias organizado en Córdoba para apoyar el movimiento revolucionario del 25 de mayo de 1810.

Mientras tanto atendió los intereses comerciales de su madre viuda, y sobre todo la estancia de Saldán, que más tarde pasaría a sus manos.

Debió hacer frente al desastre financiero que experimentó su familia. En 1811, formó parte del Cabildo como Regidor, ahora en condiciones legales, pues también había sido elegido en 1808, debiendo renunciar en aquel entonces por falta de edad. Su renuncia produjo una grave divergencia.

Debido a cuestiones de política local, Bulnes estuvo embanderado entre los miembros del Ayuntamiento que combatían al gobernador don Diego Pueyrredón, y tuvo un papel principal en todos los incidentes que se suscitaron entre la Junta Provincial y el Cabildo, asunto que asumió tales proporciones que hubo de intervenir la Junta de Buenos Aires para apaciguar los ánimos y evitar nuevos escándalos.

En 1813 y 1814, tuvo a su cargo el remate de esclavos para subvenir a las necesidades de la guerra, y después continuó con los derechos de sisa, aguardiente y yerbas.

Durante la administración de don José Javier Díaz, en este último año fue nombrado intendente general de policía de la ciudad de Córdoba, puesto que desempeñó con mucho acierto, y en el que desplegó una serie de medidas de carácter judicial, policial y municipal.

Al realizarse el Congreso de Tucumán, en 1816, representó en él a su provincia, incorporándose en su primera sesión. Fue uno de los nueve miembros designados en comisión para proyectar el reglamento del Poder Ejecutivo.

congreso de tucuman

Intervino con eficacia en numerosos debates, principalmente, en los relacionados con su provincia, como el del empréstito de los españoles residentes en Córdoba.

Asistió a la sesión del 9 de julio, y en su carácter de representante por su provincia, proclamó la independencia nacional, firmando el acta de ese día.

Apoyó a Cabrera en un incidente que dividió a los congresales, y por oponerse al traslado de la Asamblea a Buenos Aires en 1817, fue dejado cesante por el Ayuntamiento cordobés, medida que ratificaron los congresistas. En dicha asamblea integró la facción partidaria de Artigas y se alineó entre los que propugnaban la candidatura directorial de Moldes.

Retirado de la vida pública, se reintegró a ella en 1824, para representar a Córdoba, con el deán Gregorio Funes y el doctor Elías Bedoya, en el Congreso que elaboró la Constitución unitaria de 1826.

Formó parte de las comisiones especiales del mismo, correspondiéndole dictaminar sobre diversos asuntos de la política interna e internacional. Fue miembro de la Comisión que tuvo a su cargo el estudio de la creación del ejército nacional que debía operar en la línea del Uruguay y desempeñó durante un tiempo la vicepresidencia del cuerpo.

De regreso a Córdoba fue diputado a la legislatura local en 1829, y ocupó la presidencia durante dos períodos.

Cuando el general Paz venció a Bustos el 22 de abril de 1829, y tomó el gobierno de Córdoba, lo llamó para que colaborara.

En vísperas de Oncativo fue designado por Paz, junto con el coronel Wenceslao Paunero, comisionado ante Quiroga para discutir con él un convenio, previo a que retrocediese con sus tropas, pero al negarse regresaron precipitadamente a dar cuenta de la invasión que se avecinaba.

A consecuencia de estos viajes su salud empeoró, viéndose obligado en 1830 a retirarse a Saldán, sin poder reunir la cámara. Desde entonces Bulnes, no retornó a la función pública, y en 1840, reagravóse. Falleció en Córdoba, el 3 de marzo de 1851.

Fue un hombre cultísimo, de una memoria prodigiosa y de una fuerza y nitidez de comprensión nada vulgares. Mitre dijo que era “de palabra amena y de inteligencia despejada”. Su conversación era verdaderamente interesante y sobremanera instructiva. Poseyó una de las bibliotecas mejor provistas de Córdoba, y tuvo buena preparación literaria.

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