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Dumas y la historia de D'Artagnan, el mosquetero más famoso

D'Artagnan, el cuarto de los tres mosqueteros, brotados de la pluma de Alexandre Dumas, reconoce un ancestro histórico miembro de la baja nobleza gascona que vivió en la época de Luis XIV y el cardenal Mazarino, de quien era protegido.

Solemos creer que muchos personajes de ficción son fruto de la febril imaginación de algunos autores, sin embargo, sorprende la cantidad de casos en que se vuelve a confirmar aquella consigna que señala que la realidad, muchas veces, supera a la ficción.

Robinson Crusoe de Daniel Defoe es la historia de un náufrago escocés llamado Alexander Selkirk; La isla del Tesoro, de Robert Louis Stevenson está basada en la vida del Capitán Kidd; A Sangre Fría es el relato del asesinato de una familia en Kansas; El Libro de la Selva de Rudyard Kipling está basado en historias ancestrales de niños lobo que se conocen en la India, y hasta Robin Hood reconoce un personaje histórico en el que se inspira el príncipe de los ladrones. La lista es larga, pero pocos personajes adquirieron la notoriedad de D'Artagnan, el cuarto de los tres mosqueteros, brotados de la pluma de Alexandre Dumas, quien reconoce un ancestro histórico, Charles de Batz-Castelmore d'Artagnan, un miembro de la baja nobleza gascona que no vivió en tiempos de Luis XIII y del cardenal Richelieu, sino en la época de Luis XIV y el cardenal Mazarino, de quien era protegido.

Como sus otros hermanos, Charles abrazó la carrera militar. Gracias a su tío ingresó al regimiento de guardias francesas y, por influencia del cardenal Mazarino, formó parte de la compañía de mosqueteros del Rey. A diferencia de la imagen de capa y espada -que también lucían-, estos soldados de infantería estaban entrenados en el uso de armas de fuego. Si iban a caballo, se los llamaba dragones. Luis XIII creó esta compañía de mosqueteros como su guardia personal.

D'Artagnan se destacó prestando servicios al Rey, quien le confió una de las misiones más resonantes de su reinado: el arresto de Nicolás Fouquet, el ministro de finanzas del Rey. La acusación era haber utilizado las finanzas de Francia en beneficio propio. Nihil novum sub sole.

Pero la verdadera razón que llevó a Fouquet a la ruina fue la ostentación. Fouquet adquirió una propiedad en Vaux-le-Vicomte y construyó un palacio tan magnifico que el Rey al visitarlo, sospechó que tal esplendor solo podía adquirirse con dineros malhabidos. Entonces intervino el leal D'Artagnan, quien no solo realizó varias averiguaciones sobre el ministro, confirmando su rumboso ritmo de vida, sino que fue él mismo el encargado de apresarlo. A pesar de las pruebas de péculat -desvío de fondos públicos- y lèse majesté -atentado contra la imagen del Rey-, la cámara decide exiliar a Fouquet. Pero la pena no satisfizo la sed de justicia del monarca, quien lo envió a la cárcel de Pignerol, donde Fouquet muere en misteriosas circunstancias.

Si en D'Artagnan se reconoce un antecedente histórico, sus otros tres compañeros de aventuras -Porthos, Athos y Aramis- también lo tienen. El primero, Armand d'Athos, era un noble de Sillègue d'Autevielle; Henri d'Aramitz tenía tierras en Oloron y el nombre real de Porthos era Isaac de Porthau.

Charles de Batz no solo era leal al Rey sino uno de sus más oficiales y el merecedor del equivalente del grado del mariscal. Como tal, dirigió las fuerzas francesas que atacaron la fortaleza de Maastricht. La bala que puso fin a la vida de D'Artagnan parte de un mosquetero español de los tercios que defendían esa parte del Imperio.

Las hazañas de este notable personaje fueron recogidas por un ex-mosquetero llamado Courtilz de Sandras, texto sobre el que se basó Dumas para escribir las aventuras de D'Artagnan y sus compañeros. La obra de Sandras tuvo un notable suceso literario, aunque le costó la cárcel, por la forma irreverente en la que se refirió a la familia real.

En boca de uno de sus personajes, Dumas escribió: “La vida es un rosario de pequeñas miserias que el filósofo desgrana riendo”, y esas pequeñas miserias enhebradas con maestría se convierten en obras inmortales que nos ayudan a pasar nuestro rosario de miserias con una sonrisa entre los labios. La historia, como vemos, siempre tiene sus vueltas, aunque sea literarias.

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