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Dmitri Shostakóvich, el héroe de Leningrado

«Troya cayó, Roma cayó, Leningrado no cayó».

El 8 de septiembre de 1941 el ejército nazi, y tras un veloz avance del ejército de Wilhelm Ritter von Leeb en comunión con el ejército finlandés y la mítica División Azul, a cargo del comandante español Emilio Esteban Infantes, pusieron sitio a la ciudad de los zares. Este se prolongó por tres años con dramáticas consecuencias para ambos bandos, ya que los alemanes perdieron más de medio millón de hombres y los soviéticos tuvieron un millón de bajas entre muertos y capturados, y más de dos millones de individuos, entre heridos y enfermos.

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División Azul.
División Azul.

Bajo la conducción del general Gueorgui Zhúkov (a quien le cabría de gloria de tomar Berlín, el 8 de marzo de 1945) se sucedieron muchos actos de heroísmo y entereza para resistir a los alemanes con las famosas Brujas de la Noche, mujeres piloto rusas bajo el mando de Evdokia Bershanskaia.

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Brujas de la noche.
Brujas de la noche.

En medio de este horror, del hambre, muerte y frío atroz, se destacó la figura de un hombre que no alzó el fusil para contener el ataque nazi, sino su música para dar coraje a sus connacionales. Dmitri Shostakóvich se resistió a abandonar la ciudad que había sido testigo de su consagración y en medio de las bombas estrenó el 9 de septiembre de 1942 su Sinfonía Nro. 7 llamada, obviamente, Leningrado.

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La obra se transmitió a todo el mundo por radio a pesar de los intentos de callarla por parte de la artillería nazi. Esta es la historia de uno de los compositores más célebres e innovadores del siglo XX.

Los aires renovadores en el campo del arte durante los primeros años de la Revolución bolchevique dieron lugar a un clima propicio para investigar los límites de la creatividad. Kandinsky, Chagall y Rodetvenko entre otros, buscaron innovadoras formas de abstracción en la pintura, mientras Prokofiev y Shostakovich experimentaban con nuevas armonías y contrapuntos. La llegada de Stalin al poder llevó a su fin esta primavera creativa: el arte debía estar a las órdenes del Régimen para educar al proletariado y aquellos artistas que no producían mensajes claros (la claridad era una opinión de los jerarcas) caían en el pecado de la vanidad burguesa. Muchos artistas, como los ya mencionados, Kandinsky y Chagall, prefirieron volver “a la decadencia capitalista”, mientras otros, como Rodetvenko se sometieron a la voluntad de la conducción soviética. Solo unos pocos desafiaron la censura cómo lo hizo Shostakovich.

“El caos ha reemplazado a la música”, fue el lapidario titular del Pravda cuando en 1934 Shostakovich estrenó su ópera “Lady Macbeth en Mtensk”. Para cuando presentó la 9na. Sinfonía (quince años más tarde), las cosas no había mejorado, la tildaron de cínica, perniciosa, grotesca y burguesa… (Siempre que la dirigencia progresista quiere ser cáustica, te encajan el sanbenito de burgués). Pero el hombre era perseverante y valiente, muy valiente si consideramos que se enfrentaba nada más y nada menos que a Josef Stalin.

Durante el Sitio de Leningrado, Shostakovich insistió en quedarse en la ciudad asediada por los nazis. En ese ambiente tormentoso compuso la 7ma. Sinfonía, llamada justamente, Leningrado. Este hecho lo convirtió en un héroe popular, aunque su fama no fue obstáculo para ser víctima de la censura oficial que en 1948 prohibió la ejecución de su música por considerarla viciada por “desviaciones formalistas”.

Shostakovich

Con la muerte de Stalin las restricciones impuestas por la censura fueron atenuándose y el músico recuperó su antiguo prestigio, aunque para entonces también su salud se había deteriorado, al parecer por una afección neurológica de diagnóstico incierto. Algunos hablaron de poliomielitis, otros de una esclerosis lateral amiotrófica y hubo quienes sostuvieron que la causa de su deterioro se atribuía a un accidente vascular. Para hacer el diagnóstico más complejo, en 1983 un neurólogo chino llamado Dajie Wang, publicó un artículo donde afirmaba que un neurocirujano soviético le había contado que él atendió a Shostakovich por una lesión endocraneana producida por una granada alemana que había dejado una partícula de metal flotando dentro de las cavidades cerebrales llamadas ventrículos. Al parecer, cada vez que inclinaba la cabeza, el compositor decía que escuchaba música y que no quería que se la removiesen por ser estos sonidos fuentes de inspiración.

Ningún testimonio de historiadores o familiares avaló esta historia, pero por otro lado, ningún especialista descarta que un cuerpo extraño puede excitar las estructuras endocraneanas para producir alucinaciones auditivas, una forma poco gloriosa de explicar el genio creativo de un músico como Shostakovich que desafió los límites de la armonía a la vez que desafiaba la censura stalinista.

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