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De Gaulle y Malraux en Buenos Aires

El General Charles de Gaulle llegó a Buenos Aires el 3 de octubre de 1964.

La gira por América Latina la había iniciado quince días antes en Venezuela. Después estuvo en Colombia, Ecuador, Perú, Bolivia y Chile. Políticos de todos los colores y multitudes salieron a recibir al hombre que encarnaba la resistencia francesa a la ocupación nazi y el honor de su nación.

Su gira por estas latitudes continuará luego por Paraguay, Uruguay y Brasil. Diez países en menos de un mes serán visitados por el presidente de Francia, como un testimonio de su voluntad de acompañar a los países del tercer mundo. Para esa época, el general tenía casi setenta y cinco años y si bien se le notaban los años, se lo veía entero, con su enorme estatura, su memoria infalible y su certeza de encarnar en su persona los sentimientos, la historia, el honor y la grandeza de Francia.

No vino solo. Lo acompañaban funcionarios y políticos. Pero la figura más relevante, la que se destacaba con brillo propio, era sin dudas la de André Malraux, el autor, entre otras grandes creaciones, de “La condición humana”, “Los conquistadores” y “La Esperanza”, pero también el combatiente de la guerra civil española y uno de los jefes de la heroica brigada de Alsacia-Lorena.

A la Argentina, llegó un sábado y se quedó hasta el martes 6 de octubre. En Buenos Aires, hubo actos en plaza Francia, reuniones protocolares en el Congreso y en la Casa Rosada. Dicen que disfrutó con Illia y lo fastidió el retórico discurso de Perette; que hizo buenas migas con Arturo Mor Roig, que habló en la facultad de Derecho de la UBA ante una platea donde había mucha gente, pero faltaban los estudiantes y que en el asado criollo ofrecido por La Martona se aburrió soberanamente.

De Gaulle - Bs AS

Después de su estadía en Buenos Aires, viajó a Córdoba donde visitó la empresa IKA, se reunió con el gobernador y sus ministros y saludó a dirigentes de la comunidad francesa. Ese mismo martes la delegación se tomó un avión con rumbo a Asunción de Paraguay donde el dictador Alfredo Stroessner -cuya simpatía por los nazis, nunca la disimuló- lo recibió con todos los honores del caso.

De los diez países visitados, la Argentina fue la que destacó porque las refriegas de sus luchas internas estuvieron presentes como en ningún otro lado. Si bien en Chile hubo algunos incidentes con los estudiantes, incidentes que Malraux le puso punto final con su habitual ironía y lucidez, recordándole a los alborotadores que a quien se había jugado la vida peleando contra los nazis y los falangistas no lo iban a asustar con cánticos y octavillas.

La orden de Perón desde su exilio en Puerta de Hierro fue la de movilizar al peronismo en apoyo del general que, según su particular mirada de los hechos, encarnaba los valores del tercer mundo. “De Gaulle, Perón, tercera posición”. O el más previsible: “De Gaulle y Perón, un solo corazón”, fueron las consignas que agitó el peronismo en las calles de Buenos Aires y Córdoba.

La CGT por su parte, expresó la bienvenida al general. Las movilizaciones fueron masivas. Así lo confirman los noticieros de la época y los testimonios de los testigos. Los actos en Plaza de Mayo y Plaza Francia y las manifestaciones en las calles céntricas de la ciudad fueron ruidosos y en la mayoría de los casos culminaron con refriegas entre la policía y los manifestantes.

Se dice que Charles de Gaulle estaba muy molesto por las medidas de seguridad desplegadas a su alrededor. Al general siempre le gustó salirse del protocolo, saludar a la gente y poner nerviosos a sus guardaespaldas. Sin embargo, esta vez sus movimientos estuvieron muy acotados. Se temía, una provocación o un atentado y por lo tanto el país anfitrión no podía permitirse que la seguridad de De Gaulle corriera riesgos.

Los integrantes de la delegación con su presidente incluido, tomaron una acelerada pero eficaz lección de política argentina. Seguramente, los más informados sabían que el peronismo estaba proscripto, pero nunca imaginaron que las movilizaciones fueran tan masivas. Los cronistas relatan con cierto tono festivo el momento en que unos manifestantes, con los torsos desnudos y bombos y redoblantes, se pararon delante de Malraux en avenida Callao cantando a voz de cuello consignas que comparaban a Perón con De Gaulle.

Cuatro años antes, Dwight Eisenhower, presidente de Estados Unidos, estuvo en Buenos Aires, pero en general la respuesta de los vecinos giró entre la curiosidad y la indiferencia. Con De Gaulle la cosa fue diferente. El diario Clarín en su edición del domingo dedicó un suplemento completo a recordar datos biográficos y políticos del general. La Razón no se privó de deslizar algunas críticas en un tono no muy diferente al que usó La Prensa también opositora la discurso del presidente francés.

En general, todos los medios de prensa fueron educados y considerados, pero mientras los diarios llamados liberales planteaban algunos interrogantes sobre el perfil tercermundista de De Gaulle y sus supuestas simpatías a soluciones auspiciadas por la Cepal, los llamados diarios populares se regocijaban sugiriendo las coincidencias entre los dos generales: Perón y De Gaulle.

La situación más tirante se planteó en la facultad de Derecho. Por razones de seguridad la política, se impidió el ingreso de estudiantes, motivo por el cual la conferencia brindada por De Gaulle se realizó ante un público que en la inmensa mayoría de los casos había dejado de ser estudiantes hacía por lo menos dos décadas. ¿Tampoco dejan pasar a los estudiantes?, dicen que dijo un De Gaulle sumamente contrariado.

En Córdoba, las manifestaciones fueron masivas y los desórdenes culminaron con la intervención de la policía. Hubo gases, corridas y palos. Vandor fue uno de los detenidos, pero no fue el único. También en este caso, el general De Gaulle no pudo disimular su fastidio por lo que estaba ocurriendo delante de sus ojos. Los corresponsales franceses se hicieron un picnic contando detalles escabrosos de los incidentes ocurridos.

Lo cierto es que la visita del presidente francés fue un excelente pretexto que utilizó el peronismo para movilizar a sus seguidores. Los observadores señalan, no obstante, que la movilización real estuvo bastante por debajo de las expectativas. La explicación a esta realidad la dio con cierto tono de cinismo el periodista Osiris Troiani: para el peronista común la orden de Perón de salir a la calle a vivar a un presidente francés, le debe de haber parecido algo descabellada.

En la misma línea, se encuadraron algunos nacionalisas criollos, para quienes la llegada del presidente de Francia era un excelente pretexto para reclamar la devolución de las cinco banderas argentinas secuestradas por un oficial francés en las ruidosa jornadas del 20 de noviembre de 1845. Como se sabe, estas banderas fueron consideradas tesoros de guerra de los franceses y se sabe que en algún momento un comando peronista intentó realizar un operativo para rescatarlas.

Es muy probable que De Gaulle no haya estado enterado de estos entremeses, aunque seguramente le hubiera extrañado que un país civilizado como la Argentina ubique como Día de la Soberanía Nacional, una fecha en la que las tropas argentinas fueron clamorosamente derrotadas. Lo cierto es que el tema de las banderas quedó sin resolverse y habrá que esperar hasta la década del noventa para que el presidente Jacques Chirac acceda a devolver una bandera y admita que dos estaciones de metro cambien su nombre Vuelta de Obligado por el de República Argentina.

Cincuenta y pico de años antes de la visita de De Gaulle, estuvo presente en la Argentina George Clemenceau, el héroe del caso Dreyfus, y el presidente que piloteará la participación de Francia en la Primera Guerra Mundial. Clemenceau admiró a Buenos Aires y dijo palabras muy bellas sobre la ciudad. André Malraux, fiel a su estilo prefirió deslizar un comentario más sutil: “Esta ciudad es la capital de un imperio inexistente”. Dos días en Buenos Aires y una frase le alcanzaron al autor de las Antimemorias para referirse a la Cabeza de Goliath.

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