HistoriaEuropa | Francia | médico | Napoleón

De ambos lados de Waterloo

La batalla de Waterloo fue un combate que tuvo lugar el 18 de junio de 1815 en las proximidades de Waterloo, entre el ejército francés, comandado por Napoleón Bonaparte, contra las tropas británicas, holandesas y alemanas, dirigidas por el duque de Wellington, y el ejército prusiano del mariscal de campo Gebhard von Blücher. En ambos bandos participaron médicos notables que hoy pretendemos rescatar del olvido.

Hay un viejo dicho que sostiene que todas las guerras son iguales: solo cambian las excusas. El caso de la batalla de Waterloo es un buen ejemplo. La excusa fue por un lado liberar a Europa de la amenaza francesa, con soldados ingleses que seguían a un general como Lord Wellington, que había ganado sus galones en la India. Por el otro, había miles de fanáticos franceses dispuestos a dar su vida por Napoleón, con la excusa de liberar a Europa del dominio británico.

Mientras los genios de la estrategia trataban de engañar a sus contrincantes con maniobras y contramarchas, los soldados caían mutilados bajo la metralla. Para evitar tantas muertes inútiles, intervenían los cirujanos serruchando piernas y brazos, y administrando opio generosamente, que era una de las pocas cosas que podían hacer con algún criterio terapéutico.

En ambos bandos participaron médicos notables que en esta nota pretendemos rescatar del olvido. Por parte de Francia vale recordar al barón Dominique Jean Larrey (1766-1842), médico de Napoleón desde los tiempos de la campaña a Egipto. Curiosamente, y a pesar de las docenas de batallas en las que participó el Gran Corso, jamás fue herido, salvo en la Batalla de las Pirámides, cuando fue pateado por un caballo. ¡Ni una bala! ¡Ni un una esquirla! ¡Ni un rasguño! Solo la patada de un matungo mañero.

09_larrey battlefield.jpeg
Larrey en el campo de batalla.
Larrey en el campo de batalla.

Afortunadamente allí estaba Larrey para asistir al general. Por méritos nuestro galeno ascendió a cirujano en jefe de los ejércitos de Napoleón. El gran mérito de Larrey es haber inventado las “ambulancias volantes”, una carreta de dos ruedas tirada por dos caballos, que recogía a los heridos del campo de batalla y permitía su tratamiento in situ. Parece una obviedad. Pero a nadie se le había ocurrido, y esto mejoró las oportunidades de sobrevida de los heridos, frecuentemente obligados a esperar horas antes de ser atendidos con el consecuente deterioro de sus oportunidades de sobrevivir. Para atenuar el rigor de la espera, Larrey a veces contrataba cantantes y músicos, quienes cantaban mientras los médicos llevaban adelante sus tareas.

El mismo Larrey participó en la batalla de Waterloo y fue herido mientras asistía a los caídos en combate. El duque de Wellington, al ver cómo el doctor desafiaba a las balas para asistir a los heridos, ordenó no disparar contra la ambulancia que Larrey conducía. Capturado por los prusianos después de la contienda, fue condenado a morir fusilado en forma sumaria, pero un médico alemán que lo conocía intercedió por él. El mariscal Bücher en persona le agradeció haber salvado la vida de su hijo y se aseguró de que el buen Larrey llegase sano y salvo a su hogar.

Napoleón lo tenía en alta estima; decía de él que era «el hombre más virtuoso que había conocido», y nadie puede decir que el emperador se moviese en un estrecho círculo social ni que fuese muy generoso con las alabanzas. Larrey fue nombrado barón del Imperio, y Napoleón le dejó en su testamento personal 100.000 francos de legado, cifra escasa si consideramos que era el hombre «más virtuoso» que el emperador había conocido, después de haberlo seguido lealmente a lo largo de 18 años, en 25 campañas, 60 batallas y 400 enfrentamientos.

Napoleón tenía otro médico preferido que, aunque usted no lo pueda creer, era inglés. Más precisamente era Edward Jenner (1749-1823), el descubridor de la vacuna antivariólica con la que Napoleón había hecho inmunizar a su ejército, y por eso le estaba tan reconocido que en 1804 Jenner le pidió a Napoleón que liberase a un prisionero inglés, y el emperador le concedió el favor mientras murmuraba: «A Jenner no puedo negarle nada». Ese mismo año Napoleón ordenó acuñar una moneda en Francia con la imagen de este médico.

la-inyeccion-que-cambio-el-mundo_ffb8631b.jpg
Edward Jenner realizando su primera vacunación en James Phipps, un niño de 8 años. 14 de mayo de 1796.
Edward Jenner realizando su primera vacunación en James Phipps, un niño de 8 años. 14 de mayo de 1796.

No tan virtuoso, pero mucho más sagaz, fue el doctor Charles Bell (1774-1842), que al final de sus días antepuso el pomposo Sir a su apellido. A Jenner no le dieron ese título; no le permitieron publicar su trabajo sobre vacunación en el Royal Society y pasó sus últimos años en soledad después de la inesperada muerte de su hijo y de su esposa.

A lo largo de dos días y con solo dos horas de sueño, Bell atendió heridos tanto ingleses como franceses durante la luctuosa batalla. El doctor dejó consignada esta experiencia bélica en sus memorias.

«Mientras que realizaba una amputación a la turca [léase: por arriba de la rodilla] —nos cuenta Sir Charles Bell—, había trece hombres en fila pidiendo ser el próximo en sufrir la misma suerte… Era extraño sentirse tan requerido, mientras mi ropa estaba dura por la sangre coagulada y mis brazos extenuados para continuar usando el bisturí». Lamentablemente, la mortalidad de sus pacientes amputados rondaba el noventa por ciento...

Imágenes del libro cirujano Charles Bell

Scan 13.jpeg
<p>El soldado de la izquierda quedó ciego y perdió el sentido del olfato cuando una bala atravesó sus ojos. El de la derecha perdió su visión en el ojo izquierdo cuando la bala se alojó contra el nervio óptico.</p>

El soldado de la izquierda quedó ciego y perdió el sentido del olfato cuando una bala atravesó sus ojos. El de la derecha perdió su visión en el ojo izquierdo cuando la bala se alojó contra el nervio óptico.

Scan 19.jpeg

Scan 15.jpeg

Una semana más tarde Bell visitó el campo de batalla. Entonces nos dejó este melancólico pensamiento: «Una siniestra y molesta percepción de naturaleza humana es la inevitable consecuencia de contemplar el todo como fui obligado a hacerlo». No todo es tan oscuro en la naturaleza humana, y el mismo Bell ofrece un ejemplo de nuestro lado más brillante.

El doctor describió distintos cuadros clínicos, entre estos la parálisis del nervio facial, que justamente lleva su nombre. Bell continuó su carrera en el Middlesex Hospital, después como profesor de Anatomía del Royal College of Surgery de Londres, y más tarde como profesor de Cirugía en su Edimburgo natal.

Charles Darwin conoció los trabajos de Bell sobre las expresiones faciales y los músculos de la cara en los seres humanos y señaló su coincidencia con los estudios de Bell en un artículo titulado Expresión de las emociones, publicado en 1872.

Algunas versiones, con poco sustrato histórico, afirman que Arthur Conan Doyle, durante su formación médica, se inspiró en la astucia clínica de Bell para crear al perspicaz Sherlock Holmes. No fue así: Conan Doyle nació también en Edimburgo, pero en 1859, cuando Bell ya llevaba 17 años en su tumba. Quizás la mitología médica que reina en las casas de estudio, con relatos distorsionados, proezas y burradas médicas, haya llegado a los oídos de Conan Doyle, quien imprimió la sagacidad semiológica del médico en el inmortal detective.

¡Ah! Una última consideración: por si no lo habían notado, Larrey y Bell murieron en 1842, con pocas semanas de diferencia.

Texto extraído del libro IATROS de Omar López Mato - Disponible en la tienda online de OLMO Ediciones.

Dejá tu comentario