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Cuando la marca se transforma en el producto

Hay casos en los que el nombre técnico de un producto termina siendo reemplazado por una marca consagrada a través del tiempo y el uso el mismo. Hoy nadie pide una hojita de afeitar, todo el mundo pide una Gillette...

Nadie pide una cinta adhesiva transparente multiuso; pide una cinta Scotch. En la época de su creación, el término “Scotch” se usaba como sinónimo de “tacaño”, y le pusieron ese nombre a la cinta porque el adhesivo de la cinta sólo se encontraba en los bordes de la misma (o sea que sí, eran tacaños...).

En una ferretería, no se pide un tarugo de fijación de plástico y nylon semihueco para la pared; se pide un Fisher.

Hasta hace no mucho tiempo y durante años, cuando uno quería una hamburguesa pedía un Paty.

Cuando uno quiere una tira de apósito adhesivo para proteger una pequeña herida pide una Curita.

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Cuando se va a un viejo bar a tomar algo de parado en el mostrador, en vez de un licor con base de caña de azúcar y hierbas se pide una Legui.

Cuando uno quiere un antiácido, lo primero que se le ocurre es pedir un Alka Seltzer.

Uno no se reunía con amigos para jugar carreras con coches en miniatura de tracción eléctrica, se reunía para jugar al Scalextric.

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Ahora se puede buscar la ubicación de alguna calle en el teléfono celular o en la computadora, pero antes de eso... se buscaba en la Filcar.

Cuando queremos pedir un aperitivo americano que no sea vermut (vermouth, vermú, como se quiera) que tenga cítricos, vino blanco y hierbas, abreviamos y pedimos un Gancia. Si no, no nos entienden.

No se pide un adhesivo epoxi de dos componentes, durable y resistente; se pide Poxipol.

Cuando queremos averiguar algo, sobre cualquier cosa, no vamos a un buscador, vamos a Google. El origen de la palabra “Google” es “Googol”, término creado por el matemático norteamericano Edward Kasner, que significa “10 elevado a la potencia 100”, con lo que se quiere designar un número tan enorme que busca representar la cantidad infinita de información que existe.

Durante mucho tiempo, cuando uno quería ponerle mostaza a un pancho decía “pasame la Savora...”.

Nadie pide un adhesivo instantáneo: pide La Gotita.

Cuando queremos un vermut italiano hecho con variedad de hierbas y especias, pedimos un Cinzano.

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Hace muchos años, en muchos lugares y ámbitos, al impermeable se le decía Perramus.

En la mayoría de los lugares, para limpiar un campo quirúrgico, en vez de pedir iodopovidona se pide Pervinox.

Cuando tenemos ganas de comer una masa de bizcocho con una pizca de aceite neutro y esencia de vainilla, cocinada al horno y cortada en tiritas de unos dos centímetros de espesor, horneadas de nuevo hasta que queden crocantes, directamente pedimos un Bay Biscuit.

Nadie pide un destornillador con punta en cruz; pide un Phillips.

Es poco frecuente que se pida un repelente de mosquitos, lo más frecuente es que se pida un Off.

Hace muchos años, en el colegio, en vez de estudiar los temas en los libros, se podía estudiar casi cualquier tema, mucho más resumido, en el Lerú.

En el laboratorio de química, en vez de pedir el mechero, se pide el Bunsen (creado por el químico de Westfalia Robert Bunsen en el siglo XIX).

Si alguien pide un producto elaborado con surimi, una pasta de pescados de carne blanca que lleva saborizantes y colorantes para parecerse a la centolla, nadie va a saber de qué se trata; mejor que pida un KaniKama.

A esa especie de recipiente encofrado que está en la base del motor, que hace de depósito de aceite cuando el auto no está en marcha, lo llamamos Carter (por el británico Harrison Carter, quien la inventó en el siglo XIX).

Cuando queremos un coctel de ginebra y vermut, pedimos un Martini.

No se pide una llave torneada de forma hexagonal complementaria para introducirla en un tornillo de cabeza hueca hexagonal; se pide una llave Allen.

En vez de dirigible, decimos Zeppelin (en referencia al creador del aerostato aeropropulsado, el conde Ferdinand von Zeppelin).

Cuando vemos a un genial tecladista de rock, muchas veces lo vemos hacer maravillas en el Moog (el sintetizador analógico creado por Robert Moog y fabricado por Moog Music).

Cuando uno quiere pedir un aperitivo basado en alcauciles y trece hierbas diferentes, pide un Cynar.

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En un restaurante, a los postres, no pedimos esa tradicional combinación de pionono, merengue imperial, dulce de leche, crema chantilly, batatas en almíbar, almendras y coco rallado; pedimos un postre Balcarce.

Cuando a un paciente se le indica un monitoreo permanente de su presión arterial o se necesita un dispositivo portátil de electrocardiografía ambulatoria, lo que se le está indicando es un Holter (en honor a Norman Holter, el biofísico norteamericano que lo inventó).

Cuando queremos tomar un aperitivo que tenga ralladura de frutas varias, especias, ruibarbo, quinina, jenjibre, y predominio de naranja y pomelo, abreviamos: pedimos un Campari y listo.

No se pide un adhesivo para prótesis dentales, se pide un Corega.

Finalmente, quizá el más notorio y consagrado de los casos: cuando nos duele la cabeza no pedimos un ácido acetilsalicílico, pedimos una Aspirina. El nombre “aspirina” se deriva del nombre de la sustancia química ácido acetilsalicílico, “acetylspirsäure” en alemán. Spirsäure proviene a su vez de la planta “spiraea ulmaria” de la que se obtiene el ácido salicílico. La palabra “aspirina” se construyó de la siguiente manera: la “a” de la acetilación, “spir” del Spirsäure (ácido spírico o salicílico), y la terminación “ina”, que era una terminación habitual de los medicamentos de esa época. En la empresa alemana Bayer quedaron como elecciones finales para el nombre definitivo “aspirina” y “euspirina”. Se eligió “aspirina” porque el prefijo “eu” (“bueno”) implicaba versión que mejoraba una versión anterior de un medicamento similar. Y si bien la sustancia ya era conocida, Bayer quería mostrar que este medicamento era algo nuevo, así que se decidieron por aspirina.

Como vemos, son muchas las marcas que han logrado imponerse incluso por encima del producto que nombran... Son marcas “recontra” registradas.

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