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Cuando Buenos Aires fue la Troya del Plata

Los 219 días del sitio de Buenos Aires por el general Lagos y su insólito final.

¡Por fin el sitio llegaba a su fin! Torres, Paz y Pinto se abrazaban alborozados. Buenos Aires sería libre una vez más y podría seguir el curso de sus conveniencias, ajeno a los dictámenes de Urquiza. Ahora le tocaba a De las Carreras reunir la cifra prometida a Coe y a sus oficiales. Su alma de corsario había puesto precio a su lealtad. La suma pactada ascendía a 22.000 onzas de oro. Cifra enorme, aunque no imposible de conseguir. De las Carreras habló con su pariente Ambrosio Plácido Lezica a fin de reunir al grupo de prestamistas que juntara la suma. Lezica dio una pitada a su puro, lo miró por un largo rato, después con voz calma dijo: «Yo me haré cargo». Media hora más tarde se hacía presente con todo el dinero. Los presentes quedaron sorprendidos con la premura con la que el dinero había aparecido. ¿Dónde guardaba Don Ambrosio esta fortuna? Mejor ni preguntar.

La Sala de Representantes, a los pocos días, daba la orden de emitir veinte millones de pesos para saldar la deuda con Ambrosio Lezica, que continuó así con su provechoso negocio como proveedor del Ejército porteño.

Coe recibió un millón de pesos papel y 3.000 onzas de oro[1]. Al comandante Pinedo le entregaron 400.000 pesos, que repartió entre los oficiales y la tropa de «El Federal».

Manuel Rojas, Federico Leloir y Guillermo Turner recibieron 2.000.000, 1.000.000 y 350.000 de pesos respectivamente, sumas que también repartieron entre sus hombres.

Pero no todos aceptaron los sobornos. A los hermanos Cordero hubo que arrestarlos a punta de pistola, ya que no hubo forma de que entraran en razones. Encadenados, fueron conducidos a Paraná.

Las naves confederadas fueron llegando a las radas interiores. «El rayo» atracó primero el 18 de junio. Pinedo, al mando de «El federal» arribó horas más tarde. Turner se presentó a bordo de «El enigma» para informar a las autoridades que el resto de la flota confederada habría de arribar horas más tarde para entregarse a los porteños. «El Correo», el vapor «Merced», «Constitución» y los veleros «Maipú» y «Once de Septiembre» fueron anclando frente a la ciudad con el paso de las horas.

Dueño del botín, Coe emprendió el retorno a su país natal en el «Jamestown», barco norteamericano a cuyo capitán le contó que su tripulación se había amotinado y se veía obligado a huir cansado de las luchas entre estos salvajes. Algo debe haber sospechado el yankee, quizás porque sabía de los bruscos cambios de Coe, quizás por los abultados baúles que escondía en su camarote y de los que nunca se separaba o quizás porque el río lleva entre sus olas y sus brisas las noticias más rápidas que el rumor de los hombres. Lo cierto es que le pidió una suculenta tajada del botín para llevarlo sano y salvo a los Estado Unidos, sino la nave podría virar hacia el Rosario, donde seguramente Urquiza estaría gustoso de ponerle las manos encima y entregarlo a sus paisanos para degollarlo.

Después de un breve regateo, los marinos se pusieron de acuerdo y Coe pudo volver a su país natal, después de muchos años de ausencia. Pero la suerte le tenía reservado otro destino…

Las tropas de Lagos se fueron disolviendo arrastradas por las promesas de perdón y olvido, además de algunas bonitas sumas que los porteños se encargaron de repartir entre los sitiadores. Nada tenía sentido ante el cohecho, los porteños habíamos hecho un culto de las trampas y engaños. Así habíamos vivido por siglos del contrabando, esquivando las ridículas leyes imperiales que nos hubiesen condenado a languidecer como un pueblo dormido sobre un río inmóvil. Solo el ingenio y coraje de algunos nos permitió salir del marasmo.

Las leyes sólo tienen sentido en cuanto ayudan a progresar; de condenarte a morir, solo promueven el suicidio y ningún pueblo en sus cabales está dispuesto a sufrir esa suerte.

«Se honra pero no se cumple», rezaba la fórmula que escribían nuestros cabildantes para combatir el sin sentido de aquellos que nos gobernaban sin saber nada de nosotros. ¿Qué sabían los reyes de nuestros apremios y sufrimientos? Ellos habitaban sus cómodos palacios y nosotros aquí, condenados a vegetar sin rumbo, ni futuro, víctimas de las pestes y los salvajes... Resignarnos hubiese sido nuestra condena. Hoy, se repetía la historia con el mismo dramatismo de antaño pero con menos hipocresía.

¿Qué era mejor? ¿Qué Buenos Aires tuviese los mismos representantes que Santiago o La Rioja, pasajes desérticos y desguarecidos? ¿Por qué repartir con ellas nuestra fortuna si estos cómodos provincianos lo único que sabían hacer era emborracharse y dormir la siesta? Los porteños habíamos demostrado tener el dinero y la determinación para imponer nuestras convicciones. No lo hicimos a fuerza de balas y cañones sino con plata e ingenio. ¿Qué era mejor? Las guerras son solo eso, cuestión de plata. Cuanto más se tiene, más fácil es ganar la contienda y hoy habíamos vencido sin más muertes ni sufrimientos, a fuerza de «coimas», un neologismo que comenzó a usarse en el país, recordando la agachada del coronel Coe, aunque los memoriosos digan que desde hace años que se la usaba entre nosotros, como sinónimo de multa o peaje, como decían los portugueses, maestros del contrabando. No podía ser de otro origen porque fueron ellos los que hicieron fortuna en este río, pagando por detrás los negocios prohibidos.

Así vencimos a Urquiza y a los suyos, de esta forma que se podrá decir que es poco gloriosa e inmoral, aunque las costumbres, las mores, son las que le dan sentido a las leyes y nuestra costumbre ha sido siempre la de esquivar las normas que ridículamente ponen freno al progreso.

El general Paz pronto pasó a mejor vida, como héroe de la patria –o al menos de la patria de los porteños-. De las Carreras fue miembro de la primera Corte Suprema de Justicia. Mitre llegó a ser Presidente de los argentinos sin oposición, y Billinghurst se convirtió en un próspero comerciante, el primero en establecer un sistema de tranvías en la ciudad. Coe tuvo menos suerte y pocos años después volvía con su fortuna menguada a vivir en Buenos Aires, ciudad en la que pasó los últimos años de su existencia sin ser molestado.

A pesar de todos los esfuerzos para mantener a Buenos Aires alejada de sus hermanitas pobres, nada pudo detener el camino de la reunificación, aunque costó batallas y enfrentamientos, sangre de hermanos, traiciones y algunas monedas que pasaron de mano en mano en un país, que a veces, parece no tener mañana.

[1] Cabe recordar que el presupuesto de toda la Confederación del 1855 era de 2.500.000 pesos.

Texto extraído del libro SIN MAÑANA. Historia del sitio de Buenos Aires, de Omar López Mato. Disponible en librerías y en olmoediciones.com

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