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Cristianos por decreto

En el año 318 el emperador Constantino I se convierte al cristianismo. Poco después, los cristianos perseguidos se fueron convirtiendo en perseguidores y los hasta entonces sacerdotes de Júpiter, Venus y compañía y sus seguidores se convirtieron en proscriptos.

Constantino asumió a conciencia el papel de emperador de la nueva religión y se dedicó a aplastar las antiguas creencias aplicando para ello todo el poder y la ley (él tenía las dos cosas) contra los no-cristianos.

En el proceso de desalojo del politeísmo romano para dar lugar al monoteísmo cristiano, se inició la progresiva destrucción de sus edificios históricos y artísticos, la profanación de sus templos y de sus objetos de culto. Comenzaron las persecuciones a los ahora nuevos infieles, la coerción, la confiscación de bienes, los exilios, las torturas, las muertes del otro bando. Así, muchos de los ahora perseguidos optaron por convertirse y otros por irse de las ciudades, básicamente para evitar problemas. Las creencias que durante más de nueve siglos habían sido parte de la vida de los romanos pasaron a la clandestinidad; sus bases y sus tradiciones se conservaron allí donde era más difícil que llegaran las fuerzas de la ciudad: las aldeas, los bosques, los pueblos. En otras palabras, los pagos: el lugar natural de los paganos, como serían llamados en adelante.

Constantino (272-337) entra victorioso en Roma en 312. Había hecho grabar en los escudos de sus soldados la palabra “Cristo”, y eso le hizo ganar muchos apoyos incluso entre algunos de sus asediados. Entre sus primeras medidas decide disolver la guardia pretoriana, ofrecer al papa Milcíades el palacio de Letrán, condenar el libertinaje sexual, prohibir el divorcio y prohibir las luchas de gladiadores.

De su primera mujer, Minervina, de origen sirio, no se sabe mucho; sí que en realidad no era su esposa sino su concubina, y que fue la madre de Crispo, su primogénito. Su segunda mujer fue Fausta, con quien se casó en 307. En el año 326 Constantino ya era Constantino “el Grande”, amo y señor del Imperio romano unificado (occidente y oriente)... pero las cosas no andaban bien en casa. Fausta acusa públicamente a su hijastro Crispo de haber tratado de seducirla. Constantino ordena decapitar inmediatamente a su hijo, sin escuchar siquiera sus argumentos. Hay historiadores que sostienen que Fausta actuaba por despecho, ya que sentía una gran atracción por Crispo y éste la habría rechazado. Otras versiones hacen a Fausta partícipe de un complot para eliminar a Crispo, quien al ser el primogénito de Constantino se perfilaba como un futuro enemigo para sus propios hijos. Una tercera versión sugiere que Crispo encabezaba un grupo subversivo contra su padre que intentaba dirigir el descontento general de los romanos frente a la política filocristiana del emperador y a su intento de trasladar la capital a Bizancio. Fuera la que fuese la verdad, Constantino descubre después que Fausta lo ha engañado: con Crispo parece que no pasaba nada. Entonces también la ejecuta, haciéndola sumergir en agua hirviendo hasta su muerte. Parece que el dato de la inocencia de Crispo le llegó a Constantino a través de su madre, Helena de Constantinopla, quien tenía especial predilección por su nieto y no tanto por su nuera (algo bastante habitual desde el origen de los tiempos).

Luego de estos trágicos episodios resueltos por el emperador de manera drástica y rápida, Constantino decide lavar su nombre (más bien sus crímenes) ante la Iglesia cristiana. Para lograrlo decidió eximir de impuestos a los cargos eclesiásticos, aumentó subvenciones al clero, financió el inicio de la construcción de la catedral de San Pedro y gestionó la construcción de nuevos templos cristianos. Una mano lava la otra y las dos lavan la cara, así que todo arreglado y no se vuelve a hablar del tema.

La mamá de Constantino (también llamada Santa Elena de la Cruz) viaja a Palestina, hace arrasar un templo romano, remueve tierra en cantidad y certifica como genuino el hallazgo del sepulcro donde fue colocado Jesucristo. Toda una arqueóloga, Helena.

Así que, a esta altura de las cosas, el Imperio romano es cristiano y al que no le guste que se agarre porque van por él.

Después vino Constantino II (entre 337 y 340), hijo de Constantino el Grande, y después de él, Constancio II (entre 340 y 361), hermano menor del anterior. Constancio se ocupó de que los ciudadanos del Imperio y de los pueblos adyacentes (desde los hunos hasta los hérulos) fueran bautizados, y se decidió castigar con la muerte a toda persona que no adorara a Jesucristo.

A fines del siglo IV, el emperador Teodosio (entre 379 y 395, llamado también “el Grande”) continúa la obra de la conversión oficial del Imperio: para acabar con los textos que pudieran entrar en contradicción con los dogmas de la Biblia Vulgata, ordena destruir todas las demás escrituras del cristianismo primitivo que no fueran seleccionadas para ser parte de dicho libro sagrado. Además, se prohíbe todo culto pagano, se dicta pena de muerte para todo aquel que atente contra miembros de la Iglesia, se les niegan derechos civiles a los no cristianos, se les impide participar en la enseñanza y en la magistratura, y se les prohíbe la libre reunión y la libertad de expresión. Se los delata, se los persigue, se les hace la vida insoportable. En 394 Teodosio suspende los Juegos Olímpicos por considerarlos una celebración pagana. Así como antes era contra los cristianos, ahora la cosa se dio vuelta y es contra los paganos.

Mientras tanto, ocurren otras cosas parecidas que tratan de destruir todo lo que no sea cristiano. En 391, Teófilo de Alejandría arrasa e incendia el Serapeum, enorme santuario de culto de Serapis, una deidad sincrética greco-egipcia. En 395, Alarico (rey de los visigodos) destruye el santuario de Eleusis, al norte de Atenas, poniéndole punto final a los cultos mistéricos (religiones que trataban de transmitir el conocimiento a través de la experiencia). En 412, Cirilo, sobrino de Teófilo, se encarga junto a varios monjes de eliminar a Hipatita, la última directora de la Academia, marcando así el fin de la filosofía y de la enseñanza neoplatónica en todo el Imperio romano. La acusaron inicialmente de ofender a la religión cristiana, ya que Hipatita sabía manejar astrolabios (un instrumento de navegación usado para orientarse que permite determinar la altura de un astro y deducir así la hora y la latitud), algo gravísimo sin duda.

La persecución de los no-cristianos se prolongó con los Valentinianos (I, II y III), hasta el año 455, y luego con Justiniano (hasta el 585). Podría decirse que el paganismo (los dioses griegos, los dioses romanos, Amón, Isis, etc) quedó a partir de entonces fuera de los templos, de la calle, de los libros y de la ley. Hasta se lavaban viejos pergaminos para borrar sus textos y disponer de espacio para los textos religiosos cristianos.

Esta parte de la historia no se cuenta tanto; las persecuciones a los cristianos en la antigua Roma, en cambio, son moneda corriente en la enseñanza de la historia antigua. Pero como vemos, hay de todo en el bazar. La vida es una rueda, hoy estás arriba, mañana abajo, y viceversa.

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