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Colón y su banda

Hacia fines del siglo XV, el mar Mediterráneo era un campo de batalla entre flotas cristianas y musulmanas. Así que los navegantes europeos empezaron a explorar el Atlántico para entrar en contacto con las riquezas de Oriente evitando a los más que molestos sarracenos. Los portugueses tomaron la ruta más obvia y bordearon la costa de África, mientras que los españoles apostaron a una ruta directa atravesando el océano hasta el otro lado del globo.

Cristóbal Colón planificó y comandó la expedición de 1492, que probablemente hubiera desaparecido en el interminable océano si, como pensaba, la siguiente parada hubiera sido Asia. Pero encontró unas islas algo alejadas de un continente insospechado antes de quedarse sin provisiones. Colón pensó que era Asia, pero más o menos una década después se demostró que era un mundo completamente nuevo.

Guanahani (o Guanahaní), la primera isla en la que desembarcó Colón el viernes 12 de octubre de 1492, es una de las islas del archipiélago de las Antillas, más precisamente las Bahamas. Sin embargo, la identificación exacta de la isla a la que llegó Colón es materia de debate, aunque lo indiscutible es que Colón estaba llegando por primera vez a un territorio que luego sería llamado América.

“A la primera isla que yo hallé puse nombre San Salvador; los indios la llaman Guanahani. A la segunda puse nombre isla de Santa María de Concepción; a la tercera Fernandina; a la cuarta la Isabela; a la quinta la isla Juana, y así a cada una nombre nuevo.”

El pueblo que recibió a Colón, los taínos (uno de los grupos indígenas conocidos como arahuacos o arawaks porque hablaban esa lengua), era uno de los más amables jamás conocido. En palabras del propio Colón, “ni llevan ni saben nada de armas; les mostré las espadas, las cogieron por la hoja y se cortaron las manos”. “Son un pueblo afectuoso, sin codicia, aptos para cualquier cosa... no hay mejor tierra ni mejor pueblo.” “Aman a sus vecinos como a sí mismos, su lengua es la más dulce y amable del mundo y siempre sonríen.”

Naturalmente, lo primero que hizo Colón fue apoderarse de ellos y saquearlos: “serían magníficos sirvientes; con sólo cincuenta hombres pueden ser sometidos y obligados a hacer lo que se quiera con ellos.”

El libro “Historia de las Indias”, de fraile dominico Bartolomé de las Casas (que inicialmente admiraba a Colón pero luego se transformó en el primer denunciante de las crueldades de Colón y los españoles en América), es considerado la principal fuente de información sobre el primer viaje de Colón porque incluye transcripciones literales del cuaderno de bitácora del almirante. Es el primer texto en el que los europeos utilizan el término “indios” para denominar generalizadamente a los pobladores de América, palabra que deriva del error que cometieron al pensar que la isla Guanahani se encontraba en la zona oriental del continente asiático, que los europeos de entonces confundían con India.

Los taínos habían organizado una sociedad agrícola relativamente avanzada basada en el cultivo del maíz, la mandioca y el algodón; además cultivaban maní, ananá, batata, tabaco y especias. Colón propuso enseguida intercambiar objetos, pero los taínos no ofrecieron oro. Colón se dirigió hacia el sur a explorar islas más grandes como La Española (hoy Santo Domingo) y Cuba, pero tampoco halló en ellas algo para robar excepto a los nativos: “desde aquí, en nombre de la Santa Trinidad (auch), podemos enviar a todos los esclavos que puedan ser vendidos”. Así que secuestró a unos pocos nativos para llevárselos a España como muestra, dejó un pequeño asentamiento en La Española y zarpó de regreso a España con buenas noticias (para él).

“Las mujeres estaban desnudas como el día en que nacieron”, escribía Colón en su diario, “sin más vergüenza que los animales”. Los nativos no tenían metales como hierro, acero o bronce, pero sí tenían (como se descubriría tiempo después) oro y plata, obtenidos luego de años de excavar y cribar. Pero no conocían fehacientemente su valor y por lo tanto no estaban preparados para defender esas riquezas materiales.

Los españoles no eran precisamente lobos en medio de ovejas, eso no: los nativos también eran depredadores, pero jugaban en las ligas de aficionados en comparación con los europeos recién llegados. Los mayas sometían a los pueblos satélites, los aztecas secuestraban a nativos de otros pueblos menores para sacrificarlos a sus dioses, y antes de la llegada de Colón, los mismos taínos estaban siendo inexorablemente expulsados de sus islas por los caribes, que eran caníbales (la “teoría del buen salvaje” tampoco se aplica acá). Pero aún así, los nativos no eran máquinas de matar; los españoles eran mucho más serios a la hora de la guerra y la matanza.

Los conquistadores españoles peleaban con espadas de acero que mataban y mutilaban fácilmente, a diferencia de los garrotes y las hachas de piedra de los nativos, que requerían de repetidos golpes para incapacitar al enemigo. Las armaduras y los cascos de los españoles eran otro obstáculo insalvable. Los españoles, además, utilizaban caballos y perros de caza, que atrapaban, aplastaban o desgarraban a los guerreros rivales. Las ballestas europeas eran, dicho sea de paso, más precisas que los arcos y flechas de los nativos. Los cañones sacudían la tierra y destruían enormes porciones de aldeas y gente, y si bien los arcabuces y mosquetes eran lentos y poco precisos, cada estruendo causaba gran temor entre los nativos, que quedaban aterrorizados al ver que uno de los suyos caía “misteriosamente” muerto luego del mismo.

Colón regresó a La Española en 1494, equipado por la corona española con una flota de 17 barcos. En esta nueva expedición, en la que lo acompañaron sus dos hermanos, venían 1.500 europeos que además traían herramientas, semillas y ganado. Y gérmenes. Y armas. No sería difícil someter al Nuevo Mundo.

Colón impuso a los nativos que les entregaran cuotas estrictas de oro. Para ellos, durante muchos meses los taínos tuvieron que abandonar los cultivos de sus campos para cribar oro en las colinas, lo cual desencadenó una hambruna que mató a 50.000 personas. Colón y su gente, además, atraparon a 1.500 nativos para venderlos como esclavos; embarcó a todos los que pudo rumbo a España y utilizaron en las islas a los que no fueron embarcados.

Colón había sido durante mucho tiempo un capitán de navío que ejercía su autoridad mediante decretos y castigos inmediatos. Eso hizo que sus ejecuciones sumarias de algunos españoles molestaran a algunos de los que llegaban para colonizar. La colonia quedó también dividida a causa de los desacuerdos sobre si había que tratar a los nativos como esclavos (punto de vista de Colón) o como súbditos leales (punto de vista de la corona). España envió a un auditor (los auditores están en todos lados y en todas las épocas) que al llegar vio cadáveres colgados de los árboles.

Los hermanos de Colón fueron enviados de nuevo a España para responder por estos graves cargos, y si bien la corona perdonó a Colón, no volvió a otorgarle ningún mando en tierra. De ahí en adelante, lo utilizó sólo como explorador.

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