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Clima y política

Pasamos la sequía más importante de los últimos 70 años y resulta interesante relacionar los factores climáticos con nuestro devenir político-económico.

Este año sufrimos la sequía más impiadosa de las últimas siete décadas. No es un tema menor en este país que, a pesar de los esfuerzos y la prédica de políticos y funcionarios, continúa con una economía estrechamente ligada a la producción agropecuaria.

Resulta interesante relacionar los factores climáticos con nuestro devenir político-económico. Hagamos historia. Entre los años 1824 y 1832 tuvo lugar una marcada escasez de precipitaciones. Esa época fue conocida como «La gran sequía». Para señalar la magnitud del cataclismo baste decir que los ríos Salado y Samborombón llegaron a secarse. En 1832, Charles Darwin fue testigo de este fenómeno que azotó a la provincia de Buenos Aires, ocasionando gran mortandad de animales. En dicha oportunidad pudo investigar sobre la extinción de la vaca ñata. La especie estaba anatómicamente imposibilitada de comer de los árboles, debido a ello cuando escaseó el pasto estas vacas se extinguieron, a diferencia de otras razas que lograron sobrevivir. El investigador inglés tomó en cuenta este hecho para la elaboración de su teoría sobre la evolución de las especies.

Mientras los campos se marchitaban, se sucedían los gobiernos: Rivadavia, Dorrego y Lavalle terminaron con crisis institucionales. A ellos los siguió Rosas, que ascendió a la conducción de la provincia de Buenos Aires con la suma del poder político.

Entre 1874 y 1876 se sucede un período de inundaciones que coincide con la elección fraudulenta de Avellaneda y la revolución del General Mitre, que finaliza con la Batalla de la Verde. Recordemos que Avellaneda, para cumplir con los servicios de la deuda, prometió hacerlo «sobre el hambre y la sed de los argentinos», frase que hoy ningún político se atrevería a pronunciar (aunque después proceda de tal forma pero disfrazando su discurso).

En 1883 hubo lluvias torrenciales e inundaciones en la provincia de Buenos Aires, un tema recurrente desde los siglos XIX y XX.

La mayor desgracia se produce por las inundaciones del año 1900, con la mortandad de 20 millones de ovinos (recordemos que el gran crecimiento económico de la Argentina se debió a las ovejas y no a los vacunos). Este siniestro empujó al gobernador Marcelino Ugarte a comenzar la construcción del Canal Norte. Desde 1904 se han multiplicado los canales hechos por el Estado y los privados en forma anárquica, ocasionando un verdadero pandemonio de zanjas, lagunas y más canales que tornan muy difícil dar una solución integral al problema de las inundaciones en Buenos Aires. El actual gobierno ha pedido asistencia a asesores holandeses (oriundos de un país que vive bajo el nivel del mar) para resolverlo. De seguro llevará muchos años solucionar este problema.

Los años 1929/30 estuvieron signados por grandes sequías, el quiebre de la Bolsa de Nueva York y el derrumbe de los precios de los commodities. La presión por los malos precios más la caída en la producción se evidenció en el mal humor político que terminó con la destitución de Hipólito Yrigoyen. Éste no tenía demasiados recursos para afrontar dos desgracias al mismo tiempo. De haber contado con los medios económicos para paliar la crisis, ¿se hubiese atrevido Uriburu a romper el orden institucional? Curiosamente, una multitud avaló el golpe, pero dos años más tarde, cuando muere Don Hipólito, una multitud acompañó su féretro hasta la Recoleta.

Entre 1952 y 1959 hubo años de sequía. Entonces la política de Juan Domingo Perón se basaba en la producción de trigo. Sin este recurso, era segura una debacle económica, más cuando se habían gastado los recursos obtenidos durante la Segunda Guerra Mundial. Perón empezó a negociar el petróleo con la Standard Oil para salir de esta situación comprometida y racionar el trigo que necesitaba para las divisas. Fueron los años del «pan negro». ¿Acaso esta sequía asistió al golpe del General Lonardi?

Más cerca de nuestros días, debemos recordar las bajantes de los ríos que dejaron a Buenos Aires casi sin energía eléctrica a fines de la década del ochenta. El ministro Terragno salió por televisión mostrando el escaso caudal del Paraná para evidenciar el alcance de la sequía. ¿Fue el clima una de las determinantes que llevaron a la hiperinflación y a la subsecuente entrega del gobierno de Alfonsín?

Recordemos que en 1999/2001 la provincia de Buenos Aires estaba bajo el agua, con los precios de los commodities por el suelo, incluyendo al entonces extraño yuyo que solo valía US$ 190 la tonelada. Con una soja a US$ 600, ¿hubiese caído el gobierno de De la Rúa?

Desde la época de los romanos, el éxito en la gestión pública está ligado al de las cosechas, que se repartían entre la plebe para disponer de la simpatía de las masas.

Cabe recordar una instancia anterior, válida para comprender esta asociación entre clima y política. De 1787 en adelante el clima en Francia fue espantoso; hubo heladas, las cosechas fracasaron, hubo hambre, inflación, faltó el pan y sobraron los agitadores sociales. Francia venía de realizar fuertes gastos para sostener el movimiento independentista de las colonias estadounidenses en su enfrentamiento con Gran Bretaña. Aún a pesar del sombrío panorama, el Rey Luis XVI no bajó los impuestos (estaban tercerizados en La fermée, un grupo de prestamistas que adelantaba plata al gobierno a cambio de la recaudación de impuestos) y las medidas de Jacques Necker no fueron suficientes para paliar el descontento. Es más, la convocatoria a los Estados Generales (una especie de Parlamento) por parte de Necker, finalmente terminó precipitando la revolución.

En un país eminentemente agropecuario, las variables climáticas terminan influyendo en la política. Las crisis económicas desencadenan crisis institucionales. Por carácter transitivo o simplificación, los culpables de los problemas terminan siendo los políticos de turno, más allá de sus méritos o defectos.

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