Cuando el Buenos Aires que hoy conocemos era acaso un sueño lejano, la Chacarita, era campo de jesuitas. Sobre estas tierras de tímidas ondulaciones, habían construido una casa para solaz de los alumnos del Colegio de San Carlos. Este edificio contaba con varias habitaciones que daban a un patio central a través de una galería. Lugar de espacios umbrosos y parrales que ofrecían un reconfortante reparo del sol para esos días de verano, en que, los jóvenes de la sociedad porteña se alejaban de la aldea con presunciones de gran ciudad, acariciada por aires no tan saludables como su nombre sugería.

No sólo alumnos descansaron en sus cuartos, José Busaniche describe la llegada del Virrey Arredondo con todo su séquito y el pomposo recibimiento que el Virrey saliente, Marqués de Loreto, le ofreció en este paraje.

Hasta la expulsión de los jesuitas, la Chacarita fue lugar de encuentros propicios para saborear las exquisiteces que allí se producían, regados con buenos vinos que los clérigos traían de Mendoza y Córdoba.

Cuando las Invasiones Inglesas, la comarca se convirtió en lugar estratégico para acceder a la ciudad dominada. Allí detuvo Liniers sus tropas, después de la fallida batalla de Miserere, y de allí partieron entusiastas a la defensa de la ciudad en 1807. Así lo dice Pantaleón Rivarola, dando alas épicas al esfuerzo porteño por defender lo que en buena ley les era propio: “Los héroes invictos a la Chacarita llegan, en donde son obsequiados con gusto, amor y franqueza”.

En 1836 se crea en este predio el pueblo de Chorroarín, que tendría una vida efímera. Las glorias de esa casa juvenil se opacan con el tiempo y las guerras civiles. Fue prisión y precario albergue de indios. A falta de manos que la cuidaran, la casa de parras y olivares que perteneciera a los jesuitas quedó en la ruina. En sus alrededores fueron creándose una serie de quintas a las que dieron en llamar chacras, tierras fértiles, campitos de pan llevar que se llenaron de frutales, vides y sandías, las mismas que tentaban a los jóvenes alumnos del Nacional Buenos Aires, continuadores de las travesuras juveniles de los del San Carlos. Estas son las aventuras adolescentes que narra Miguel Cané en Juvenilia.

A instancias del Rector del Colegio Nacional, la antigua chacra de los jesuitas había vuelto a poblarse de risas juveniles. Tal fama habían ganado los estudiantes, que cuando pasaban a caballo frente al juzgado de Belgrano, inmediatamente una partida policial salía tras ellos porque bien sabían que estos jóvenes no tardarían en cometer algún desmán que quebraría la paz del vecindario. En 1871, las alegres aventuras de los jóvenes llegaron a su fin y las risas se convirtieron en llantos. La muerte, su majestad la muerte, llegó para quedarse en este lugar. Llegó en tren a bordo de “La Porteña”, para dejar en estas tierras de chacras su generosa dosis de vidas segadas. “La vida es vida vivida”, dijo Borges, “la muerte es muerte anunciada”.

A esta muerta “se la llama Chacarita” escribiría años más tarde Gómez de la Serna, “lo cual tiene un sabor de cosa campera y fértil, como si los muertos pudiesen crecer en columnas de historiados capiteles”.

La Chacarita se ha convertido en el Cementerio porteño por excelencia, un lugar de culto popular, el sitio donde se entierran los personajes de la música ciudadana, los santos laicos, un enterratorio de púgiles vencidos por el nocaut de la vida, de mariposas de la noche, de bohemios melancólicos que cultivaron, como en el tango, esa “filosofía gris”. Chacarita es lugar de intelectuales, escritores, artistas y de gente común y corriente, fundamentalmente de gente como nosotros que pasó por esta vida con penas y glorias, que quién sabe si alguien recuerda. Chacarita se ha convertido en sinónimo de dolor y de un prolongado último adiós.

Extracto del libro Ángeles de Buenos Aires (Olmo Ediciones).

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