Blaise Pascal

Muchos animales han dejado recuerdos imborrables de su paso por este valle de lágrimas. Uno de ellos fue Phar Lap, el gran caballo de carreras australiano, endiosado por los fanáticos del deporte de los reyes. No era para menos, muchos ganaron buen dinero apostando a las patas del noble semental. Pero, al igual que hubo gente que lo adoraba, a otros les hizo perder bastante de su capital; de hecho, sufrió de un intento de asesinato antes de correr la Melbourne Cup. Afortunadamente, no pudieron con él y ganó la carrera de punta a punta. Como al noble equino Australia le quedaba chica, lo llevaron a correr a América. Primero fue a México, pero empezó mal. Se lastimó una mano. De todas maneras, podía dar ventaja. No solo ganó, sino que rompió un récord en el Agua Caliente Handicap. Todos esperaban su auspicioso debut en las pistas de Estados Unidos cuando, imprevisiblemente, Phar Lap murió el 5 de abril de 1932. La consternación fue tan grande que la noticia llegó a la primera página del New York Times. La prensa anunció como causa de muerte cólicos intestinales, una enfermedad común en los caballos de pura sangre que suelen padecer estos trastornos neurovegetativos. Los rumores, en cambio, sostenían que el ilustre equino había sido envenenado para no perjudicar los intereses turfísticos de la mafia.

De una forma u otra, Phar Lap no correría más, muerto en lo mejor de su vida. El poeta P. F. Collins, con verdadero pesar burrero, le dedicó estas estrofas:

Pasarán quinientos años

antes de contar con otro Phar.

Nadie igualará su galope

que la muerte acaba de truncar

El hombre que su paso envenenó

no merece otra cosa que rencor.

Que muera y sea enterrado

donde nunca lo toque el sol.

Como si se tratase de las reliquias de un santo, el cuerpo del equino fue distribuido entre sus admiradores. Sus crines por aquí, sus orejas por allá. Al menos, el esqueleto quedó completo en el Museo Wellington de Nueva Zelanda (país que lo había visto nacer), mientras que su cuerpo, descarnado y momificado, descansa en Melbourne, ciudad que conoció sus grandes triunfos. El corazón fue a Camberra, donde se lo considera aún hoy un héroe nacional. Esta costumbre de desmembrar a sus ídolos parece ser un rito muy arraigado entre los australianos, que descuartizaron a otro héroe nacional, Ned Kelly, el celebre ladrón de caminos.

Pero, volviendo a las bestias cuadrúpedas, cabe aclarar que no todas recibieron las atenciones post mortem de Phar Lap; la enorme mayoría retorna al polvo primigenio sin tanta pompa y menos circunstancia. Solo el uno o dos por ciento de las mascotas que alegraron nuestras vidas reciben el homenaje póstumo merecido. Justamente, para estos animalitos olvidados es que se ha erigido el Monumento a la Mascota desconocida en Rosa Bonheur Memorial Park en Elkridge, Maryland (Estados Unidos).

Nuestra relación con los animales siempre ha sido vista con una cierta dosis de ambigüedad por los filósofos e intelectuales. Joseph Arthur de Gobineau, el pensador francés que escribió un ensayo sobre la desigualdad de las razas, estaba de acuerdo con Darwin sobre nuestro parentesco con los monos, pero no estaba tan seguro sobre quién descendía de quién. De hecho, la visión negativa de Gobineau sobre el mestizaje ejerció una notable influencia sobre Adolf Hitler.

Montaigne, por su lado, solía afirmar: “Cuando juego con mi gato, cabe preguntarme: ¿quién se divierte más?”, una buena pregunta para un filósofo.

Goethe en su Viaje a Italia es algo más ácido que el francés y comenta que, cuando veía a los nativos llevar a sus caballos, mulas, burros y canes a la bendición durante la Fiesta de San Antonio, no podía más que preguntarse: “¿Acaso las bestias son feligreses o los feligreses son bestias?”.

Esta tendencia a dar nivel antropomórfico a nuestras mascotas está relacionada con el afecto que nos entregan. Un diario de Kansas (Missouri) abrió una sección de necrológicas para animales llamada “Pet Passing”. Esta pronto se convirtió en una de las partes más visitadas del periódico. En ellas, se podían leer comentarios como el que sigue: “Riley, nuestro querido ratón, pertenecía a un selecto grupo de roedores que disfrutaba de correr en la rueda y que amaba comer avena con queso. Deja atrás al señor y la señora Roberts, dos conejitos de la India y un gato”.

El ejemplo fue prontamente copiado por otro medio, el West Chester, de Pennsylvania, en una sección llamada “Pausa para recordar”.

No es este un invento de los tiempos modernos, Herótodo nos cuenta que, si en Egipto un gato moría por causas naturales, los habitantes de esa casa debían afeitarse las cejas. En caso de ser un perro el occiso, su dueño se rapaba la cabeza.

Los egipcios no solo limitaron su adoración a los felinos; en Tebas, por ejemplo, había un cementerio de monos; en Thoth (Hermópolis), otro de cigüeñas, y en Apis, uno de toros sagrados. En Saqqara, se encontraron miles de momias de babuinos –hoy expuestas en el Ashmolean Museum de Oxford–.

En Ashkelon, a pocos kilómetros del Tel Aviv, los arqueólogos han descubierto un cementerio de perros que data del año 1800 a. C. Otras necrópolis caninas se han hallado en Irak y en Turquía, con varios cientos de habitantes permanentes.

Cicerón, en su texto sobre leyes romanas (De Legibus), sostenía que ninguna tumba podía ser considerada como tal sin que un cerdo hubiese sido sacrificado en ese sitio.

Los vikingos eran enterrados con sus perros y sus caballos, al igual que los indios americanos (especialmente, en el caso de los caciques), que hacían sacrificar sus mejores animales para que los trasportasen hasta su lugar de descanso eterno.

Esta costumbre funeraria es ancestral: existen cementerios de equinos desde el tiempo de los micenos en Sicilia y en Chipre. Justamente, en este último lugar, se encontró un carruaje completo de esos que acostumbrábamos ver en películas como Ben-Hur. Se llamaban “dromos”.

Los hititas no solo ultimaban a los caballos del rey cuando éste moría, sino que montaban el real cadáver sobre el equino sacrificado, manteniéndolo en su sitio con una estaca colocada en el lugar que todos nos imaginamos.

En el caso de Bucéfalo, el famoso corcel de Alejandro Magno, el macedonio hizo construir un mausoleo en el sitio donde fue enterrado. Allí fundó una ciudad, Bucéfala, que hoy se llama Jhelum y se encuentra en la actual Pakistán.

En Gondar, Etiopia, existe aún un monumento mortuorio que recuerda a Suviel, el caballo del emperador Yánez. En Üsküdar, cerca de Estambul, reposa el caballo preferido del sultán Mahmud i, con la exclusiva particularidad de estar enterrado en un cementerio destinado a humanos. En realidad, el sultán fue más benigno con el corcel que con las miles de personas que murieron a su paso, cuyos cadáveres fueron abandonados al sol para ser alimento de las fieras.

Giulio Romano fue el único pintor renacentista que mereció ser mencionado por Shakespeare en sus obras. Su fama como artista en la corte de Federico II Gonzaga la ganó diseñando la tumba del perro favorito del duque.

No debemos irnos tan atrás en la historia para ser testigos de estas muestras de afecto. El esqueleto de Marengo, el caballo preferido de Napoleón, reposa cerca de la entrada principal del Museo del Ejército en París, y decimos caballo preferido porque el Gran Corso fatigó a más de ciento treinta corceles. A todos ellos, les daba nombres mitológicos: Cyrus, Taurus, Tamerlan y hasta tuvo un Nerón, pero Marengo –aquel que montó durante la célebre batalla que lleva su nombre– era al que más quería. Se dice, sin que se pueda afirmar a ciencia cierta, que fue Marengo su caballo en Waterloo.

El general Albrecht von Wallenstein, duque de Friedland, el cruel militar que actuó como mercenario a las ordenes de Fernando II, construyó un palacio en Praga –costeado con las confiscaciones de los nobles bohemios– para enterrar a su caballo, un semental español al que llamaba “el Más Querido” –así, en castellano–, muerto durante la batalla de Lützen (1632). Lo sepultó junto a dos sillas de montar y una espada toledana. Curiosamente, en la carta astral que von Wallenstein le había pedido confeccionar a Kepler cuando aún no era ni famoso ni poderoso, este predijo su “indiferencia hacia las convenciones sociales y religiosas”. En 1978, el Más Querido fue rescatado de su olvido y sus huesos enterrados en Cheb, a pocos metros de donde habían asesinado a su amo, acusado de traidor.

El noroeste de Estados Unidos dio lugar a leyendas de cowboys y, naturalmente, de caballos; especialmente, los del coronel William Frederick Cody, mejor conocido como “Buffalo Bill”. Su preferido era un palomino llamado Old Charlie, un buen animal al que este le atribuía una inteligencia casi humana. Lamentablemente, el caballo tuvo la mala idea de morirse en Londres. Cody pretendió llevar su cadáver a la propiedad que tenía en Nebraska pero, a mitad de camino, cambió de parecer y la noble bestia tuvo al amplio océano como sepultura y una bandera estadounidense como ataúd.

Otro de los caballos de Buffalo Bill era Buckskin Joe, un colt que le había comprado a un indio pawnee en Fort McPherson. El animal resultó ser incansable. El coronel confiaba ciegamente en él pero este, casualmente, quedó ciego. Cody llevó al animal a su rancho en Nebraska –sin océano de por medio– y allí murió. Esta vez no hubo obituario, pero sí una lápida: “Old Buckskin Joe, el caballo que muchas veces salvó la vida de Buffalo Bill durante las batallas con los indios, murió de viejo en 1882”.

También fue enterrado con honores Chief, el último caballo en servir al Ejército estadounidense, muerto en 1968. Para la oportunidad, la banda militar de Fort Riley ejecutó melodías alusivas como “The black horse troop” y lo enterró bajo el monumento del Soldado de Caballería, diseñado por Frederic Remington.

El museo de la ciudad de Lexington alberga los restos de Little Sorrel, el caballo del mítico general Thomas Jonathan “Stonewall” Jackson, héroe sureño de la Guerra Civil. Cerca de allí, yace Traveler, el caballo preferido del general Lee. A diferencia de Babieca, que fue enterrado cerca de su amo el Cid Campeador, sucedió al revés con el general Lee. Este enterrado cerca de su caballo, porque había muerto en medio de una gran inundación, con poco espacio disponible para tumbas. Tan escaso era el espacio y tan mínimo el ataúd disponible que al general le cortaron los pies para darle cabida en el reducido sarcófago.

Algunos presidentes estadounidenses, como Rutherford Hayes, honraron a las nobles bestias que montaron (nos referimos a sus caballos, por supuesto). El presidente Tyler redactó el epitafio de General, su fiel cabalgadura: “En veinte años de servicio nunca hizo un escándalo, espero que digan lo mismo de su amo”.

Los caballos no solo descansan en cementerios, sino que también llevan a las personas en su viaje final hacia la necrópolis. En Bélgica, los caballos de las funerarias deben ser negros y, si no lo son, se los tiñe para que lo sean. Los turcos además le ponen semillas de mostaza en el hocico para que el animal llore durante el sepelio. Pirandello escribió un cuento llamado “Caballos Negros”, donde dos equinos Nero y Fofo describen su tarea fúnebre desde su perspectiva. En este, a su participación en el cortejo, la consideraban un desperdicio porque “nadie sale del cajón que arrastran y no les dejan comer el verde pasto que crece en los cementerios”. Entre ellos discutían qué era lo qué llevaban en esa caja que todo el mundo miraba con respeto y emoción. Para ellos, un entierro era solo otro día de trabajo.

La sepultura de nuestro fiel compañero, el perro, se ha convertido en un clásico de la necrología animal. Existen historias para todos los gustos: emotivas, graciosas, tristes y, por supuesto, tragicómicas, como la de Jim Kelly de la ciudad de Dodge, también conocido como “Perro Kelly”, porque tenía una jauría de casi cien sabuesos para cazar. Un buen día, este fue al típico saloon de Dodge acompañado por uno de sus fieles amigos (nos referimos a los caninos) y allí se quedó a tomar unas copas. A pesar del ruido del lugar, el perro (no Kelly) se quedó dormido. En una mesa cercana, se armó una riña por una partida de póquer (como ven, la escena es la de un típico western). El sheriff del lugar (otro clásico), llamado Dave Mather (con “a”, no con “o”), disparó un tiro al aire para imponer el orden, con tal mala fortuna que la bala rebotó en el techo y mató instantáneamente al perro (otra vez, no Kelly). De haber sido un hombre, hubiese sido otra víctima más de la Ley del Oeste pero, siendo un perro el occiso, la cosa era distinta. Kelly, furioso, tomó un arma para ajusticiar a Mather. Los presentes salieron a calmarlo, prometiendo que la noble bestia sería enterrada con honores militares y que se juzgaría a Mather por su falta de precaución.

Para proceder al juicio, llamaron al sepulturero del pueblo que ofició de juez. Este debió someter a los testigos a una somera indagatoria para cumplir con las formalidades legales. Los presentes aseguraron que habían visto al perro muchas veces en el saloon, pero que jamás lo habían visto tomar una gota de alcohol. Por su lado, el perro había tenido una conducta poco cauta al acostarse en lugar tan azaroso como lo era ese saloon de la ciudad de Dodge. El descuido le costó la vida, pero Mather fue absuelto y la banda de la ciudad acompañó el cortejo fúnebre del perro hasta el cementerio en Boot Hill, donde fue enterrado después de un sermón.

The End.

El Pine Ridge Cemetery for Small Animals en Deadham (Massachesetts) es el último reposo de algunos fieles acompañantes de personajes célebres como Igloo, el perro del explorador polar Richard Byrd. Su lápida luce un iceberg con una emotiva frase: “Fue más que un amigo”.

Edgar Hoover, el hombre fuerte del FBI, enterró a sus perros en Aspen Hill Pet en Maryland. Este solía decir que “un hombre entierra a su esposa porque debe hacerlo, pero entierra a su perro porque quiere hacerlo”. Debemos aclarar que no sabemos dónde descansa la esposa de Hoover (o si es que tuvo una).

La única estatua que analtece la acción de un perro existe en New York y es en honor a Balto, un husky siberiano encargado de llevar suero antidiftérico a Nome (Alaska) durante el año 1925. La enfermedad se había ensañado en ese reducto perdido en el Ártico y Balto se convirtió en el perro guía que condujo los trineos por el desierto helado. Se puede ver la estatua en el Central Park, entre la Fifth Avenue y la 66. La figura de bronce, realizada por F. G. Roth, retrata a un Balto atento, con la miraba fija en el horizonte. Una placa de bronce lo dice claramente: “Resistencia, fidelidad, inteligencia”. ¿Cuántos humanos merecen un epitafio digno de dichas palabras?

Muchas mascotas no tuvieron un final tan glorioso. Entre 1920 y 1930, los contrabandistas franceses entrenaban perros para llevar ilegalmente tabaco desde Francia hasta Bélgica. Cada perro podía transportar dos bolsas con tres kilogramos de cigarrillos. La gendarmería, atenta al procedimiento, mataba cincuenta animales por semana a fin de detener esta actividad delictiva. Las víctimas cuadrúpedas de esta disputa entre bípedos están enterrados a la vera del camino bajo un cartel escrito en francés y en flamenco: “Aquí yace un perro contrabandista, los hombres que cometan el mismo ilícito están advertidos”.

Para reivindicar a sus colegas delincuentes existió Jip, enterrado en el cementerio Pine Forest Cemetery en Wilmington (Carolina del Norte), que es recordado como “el único perro que asistió a misa todos los domingos de su vida”. Evidentemente un prodigio (teológico) pero no tanto como lo fue Jim, el perro de Sam van Arsdale de Marshall, Missouri. Este pequeño pueblo se hizo famoso gracias a sus habilidades. El can distinguía las marcas de los automotores y podía elegir entre distintos periódicos y revistas cuando su dueño le decía: “Ve a buscarme Life [o Times] al kiosco”. Hasta aquí nada demasiado asombroso pero, según su dueño, Jim había predicho con precisión el caballo ganador del Derby de Kentucky por siete años consecutivos. No solo elegía caballos ganadores, sino que señalaba quién sería el próximo presidente en la contienda electoral (lo que es menos emocionante y mucho menos remunerativo). Además predijo el sexo de varios niños por nacer y entendía órdenes en seis idiomas.

Semejante prodigio, como dijimos, atrajo gente de todo el país para conocerlo, circunstancia que incrementó el turismo de incrédulos en Marshall. El doctor A. J. Durant, decano de la Facultad de Veterinaria de la Universidad de Missouri, dio fe de su capacidad. Cuando Jim, el Perro Maravilla, entregó su alma al Señor, fue enterrado en un cementerio local (para humanos, no de mascotas). Si alguna vez pasan por Marshall, seguramente, encontrarán una biografía completa del can narrando sus venturosas predicciones.

Hasta ahora hemos visto animales enterrados en cementerios para animales y perros y caballos enterrados en cementerios de humanos, pero la señora Lillian Kopp, al morir en 1972, pidió ser enterrada al lado de su pastor alemán Rinty en el Paw Print Gardens, cementerio para mascotas que se encuentra en Chicago.

Otro encuentro póstumo fue el de Ellen Glasgow –ganadora de un premio Pulitzer– con todos los perros que le habían pertenecido en vida. Al fallecer, en 1945, pidió que desenterrasen a sus mascotas (que eran varias) para que la acompañasen en su tumba “por lo que nos resta de eternidad”.

El dibujante Charles Addams adoraba tanto a sus mascotas que decidió casarse en el cementerio de Toad Hau, donde yacían cinco perros y una tortuga que le habían pertenecido.

La fidelidad de los perros no reconoce el límite de la muerte, tal la historia de Hachiko, un akita que, por doce años, acompañó a su dueño hasta la estación de subte de Shibuya, a la afueras de Tokio y, por diez años, después de la muerte de su amo, volvió todos los días al mismo lugar. Este gesto de lealtad conmovedora fue honrado con una estatua del can[1] a las puertas de la estación, testigo de su proeza.

El hombre parece no comprender este tipo de fidelidad post mortem que ha caracterizado a muchos perros, sino fíjense ustedes lo que le pasó a Bobby, un terrier escocés perteneciente a Jack Gray, un pastor que murió en 1858. Por catorce años, el perro vivió cerca de la tumba de su amo, lugar que solo abandonaba diariamente para comer en Traill’s, restaurante que frecuentaba su amo en vida y que se encargó de alimentar al leal amigo del hombre una vez que este no pudo hacerlo. Terminado el almuerzo, volvía al cementerio hasta que, nueve años después de la muerte de Gray, Bobby fue acusado por las autoridades de ¡vagancia! Para entonces, el can era una leyenda en Edimburgo y William Chambers, un miembro de la corte local, pagó su fianza a fin de que este pudiese frecuentar a su amo muerto. Para que no hubiese más contratiempos, le puso un collar donde se leía claramente: “Con licencia para circular”. Para 1872, año en que Bobby dejó esta vida para reencontraste con Gray, los muchos admiradores que el fiel perro había sabido lograr por su ejemplar constancia, lo enterraron al lado de su amo y colocaron una estatua de bronce al pie de su tumba para seguir cuidando su descanso eterno.

Esto de las estatuas no es nuevo, la tumba del cardenal Mazarino en Francia incluye la figura de su cocker spaniel y la de Guillermo de Orange en La Haya –Holanda–, la de su perro. Este se rehusó a alimentarse después de la muerte de su amo y falleció al poco tiempo. Las miradas de conmovedora tristeza del animal otorgan calidez al frío mármol de este monumento mortuorio.

En realidad, los perros aparecen en muchas esculturas mortuorias de nobles y monarcas, porque el perro guiaría a su amo por los oscuros senderos de la muerte. En todos los cementerios, se puede encontrar una tumba con un perro, específicamente, en el cementerio de Highgate, en Londres, famoso por ser el cementerio donde yace Karl Marx con su familia y el doctor Gray, quien escribió el conocido texto de anatomía. Allí se recuerda a dos leales canes: Emperador, el perro de Ann Hewson Crisp (1884), y Jack, la mascota de Teresa Pierbsene (1927).

La fidelidad de los perros ha creado muchísimas teorías, como la de Sylvia Barbanell en su libro publicado en 1940, llamado Cuando tu animal muere; en este texto, sugiere que los animales razonan, piensan, tienen poderes mentales y capacidad telepática.

Lo que sí sabemos es que Nipper, al ser enterrado en su casa de Eden Street en Kingston, Inglaterra, era el perro más conocido del mundo. Este dálmata era la mascota del artista Francis Barraud quien, al verlo tan fascinado mientras escuchaba la voz que emanaba del fonógrafo de Edison, decidió retratarlo en un cuadro que tituló La voz de su amo. El cuadro juntó polvo por varios años, hasta que Barraud decidió actualizarlo ya que los fonógrafos habían mejorado en ese tiempo. Para familiarizarse con el nuevo aparato, el pintor estudió cuidadosamente uno de estos aparatos expuestos en la Gramophone Company de Maiden Lane, Londres. Un empleado encontró sospechoso tanto interés y creyó que estaba estudiando el aparato para una compañía de la competencia. Barraud fue llevado ante el director de la empresa, un tal Owen, al que le contó las razones de su interés; aún desconfiado, le pidió ver el cuadro. Después de contemplarlo por un largo rato, Owen compró la obra y, de esta forma, Nipper fue el perro más conocido del mundo al convertirse en el emblema de la Rca Victor.

Otro colega también conoció la fama por una razón menos publicitaria, o mejor sería decir que no llegó a conocerla porque murió antes, sacrificado en aras de la ciencia: un terrier marrón utilizado para experimentos médicos que llegó a la primera página de los diarios ingleses en 1906. Este había muerto a causa de una vivisección, tema muy sensible para los defensores de los derechos del animal. La historia de este terrier que había sido un animal de experimentación por tres largos años, y con varias cirugías, conmovió tanto a la opinión pública que los ciudadanos de Londres organizaron una colecta para honrar su memoria con una estatua erigida en Battersea Park. Muchos oradores se turnaron para denunciar las torturas y maltratos de los que eran objeto los animales, a manos de inescrupulosos matasanos que se escudaban tras una máscara científica para dar rienda suelta a sus perversas inclinaciones. La causa prosperó y hoy se debe respetar el protocolo de Helsinki para evitar el sufrimiento de los animales de experimentación. Lamentablemente, la estatua del terrier marrón en Battersea Park fue robada y nadie sabe dónde está. Un hito histórico se ha perdido para siempre ya que nadie repuso el bronce sustraído.

Si caminan por Hyde Park, cerca de la Puerta Victoria, hay un espacio limitado por una ligustrina donde el duque de Cambridge enterró a la perra de su esposa –o quizás sería mejor decir la mascota canina de su cónyuge–. Desde 1880 hasta 1915, el espacio se convirtió en sepulcro de perros (en su mayoría), algunos gatos y escasos canarios. Dado el saturamiento del lugar, el cementerio solo acepta enterratorios en los mismos lotes. Y, a pesar del espacio reducido, abundan los epitafios como: “Por siete años fuimos solo amigos”. “Jack Dandy, un deportista y un compañero”. “Dolly, mi rayito de sol, mi consolación, mi alegría”. “Peter, un gato fiel”. “Al rey de los mininos que pasó al más allá con paz el 25 de marzo de 1946 a los 24 años y 7 meses”. Hasta Shakespeare ha sido citado para recordar a un persa azul: “Su pequeña vida fue abrazada por el sueño”.

Pero este enterratorio británico resulta minúsculo frente al de Île de Ravageurs, el cementerio de mascotas de París. Trecientas lápidas se cuentan en Hyde Park, contra ¡cuarenta mil animales enterrados en la Île! Además de los consabidos perros y gatos, cuenta con leones, tigres, boas, palomas mensajeras, un oso, un caballo... y un hombre.

Empecemos por el caballo, un pursang llamado Troytown que cayó para siempre en la pista de Auteuil mientras competía en el Grand Prix de Diane (nada que ver con la princesa inglesa).

Entre sus habitantes permanentes se encuentra el célebre Rin Tin Tin (recordemos que el primero de la dinastía había nacido en Francia y allí volvieron sus huesos) y su otro colega fílmico Poilu, que actuó en películas como Mon curé chez les riches y Poilu Pilot. También se encuentra la tumba de un tercer perro actor llamado Príncipe de Gales, que apareció 406 veces sobre el escenario del Téâthre du Gymnase en Mademoiselle Josette.

Otro can famoso aquí enterrado es Drac, la mascota de la reina de Rumania que acompañó a su ama en el exilio. Además está Brancho, la mascota del Escuadrón Aéreo 137, junto a Barry, el San Bernardo que salvó a cuarenta personas durante una tormenta de nieve, pero fue muerto por la número cuarenta y uno, que lo confundió con un oso (suele pasar).

Dalmonte era el perro guardián de la embajada francesa en Washington durante la Segunda Guerra Mundial y Popo, el gato de Courteline.

Si Londres es una ciudad de perros, París es una ciudad de gatos. En la Île se acumulan en su sector –porque el cementerio separa los perros de los gatos, no vaya a ser que sus espíritus se peleen por las noches–, donde sus dueños han estampado sus fotos para el recuerdo eterno. También hay un sector de la Île donde los piscicultores pueden enterrar sus mascotas con branquias y aletas.

¡Ah! Me olvidaba del hombre. A principios del siglo XIX, la isla fue hogar de una familia muy especial, los Martial, llamados “los Piratas de Agua Dulce”, no porque se dedicaran a abordar las barcazas que surcaban el Sena –que pocas cosas de valor podían llevar–, sino porque buscaban en el agua del río el oro y la plata que los parisinos perdían por las alcantarillas de la ciudad. Un buen día, François Martiral –el joven del clan– encontró los huesos de un hombre enterrado a orillas del río. Nadie ha removido el cadáver de ese lugar, así que se supone que allí debe estar en la Île de Ravageurs, por algún lado.

La historia de un hombre muerto entre animales debe haber inspirado a algún empresario, pues el Bonheur Memorial Park en Maryland (Estados Unidos) ofrece un plan combinado que permite la inhumación del amo y su mascota, tal como lo hizo el último Káiser –muerto en Utrecht en 1941–, enterrado junto a sus mejores amigos Wau Wai, Arno, Senta, Topsy y Bambi, todos perros para más señas.

Estados Unidos ha hecho una industria remunerativa del amor por los animales. Todo es intercambiable en el sistema capitalista: unos necesitan consuelo, otros solo dinero. Así de fácil. El Bideawee Pet Memorial Park en Long Island, New York, es el mejor ejemplo. Entre las cincuenta mil mascotas allí enterradas, se encuentra el perro de Nixon, Checkers, quien fuera su más fiel aliado político durante sus aciagos días en la administración pública. De hecho, sospechamos que Checkers era el único que lo creía inocente. Al perro del presidente (o sería mejor decir al can del primer mandatario) lo acompañan monos, papagayos y un saltamontes en su reposo eterno.

En el Paw Prints de Chicago, además de los habitantes, hay un pony shetland, un mono araña, patos, conejitos de la India y pájaros del paraíso. El cementerio tiene un sistema de búsqueda a domicilio y un servicio de counsellers para apoyar el duelo del amo en desgracia.

Como en muchas cosas en Estados Unidos, California lleva la delantera. El Los Ángeles Pet Cemetery fue fundado en 1929 y, dada su proximidad con Hollywood, es sin dudas el paraíso de las mascotas de películas; aquí yacen el león de la Mgm y otro Rin Tin Tin, uno de los muchos que desfilaron por las pantallas bajo ese nombre.

En el Valle de Napa se encuentra el Bubbling Well Pet Memorial Park, el cementerio de animales más grande del mundo. Está dividido en jardines, según la categoría de sus habitantes. En primer lugar, el Jardín del Honor para perros policías muertos en el ejercicio del deber; en segundo, sigue el de los Gigantes Gentiles, para grandes daneses y san bernardos; en tercero, el Jardín de los Acompañantes para perros sin distinción de raza y, por último, el de los gatitos –sin dudas, el lugar más caro y elegante–.

Muchas personas despliegan un amor excesivo hacia algunas especies animales, y nos referimos a los gatos en particular. Tal la historia de Red Cat Farm, cerca de New Journey, propiedad del barón Rupprecht von Boecklin. El barón y su esposa amaban tanto a los gatos que el lugar estaba adornado profusamente con estatuas, cuadros y demás parafernalias felinas. Para 1960, el hombre decidió construir un mausoleo en granito rojo con forma de gato, sostenido por esculturas de ratones. Con los años y antes de habitar la bóveda, varios de sus mininos fueron inhumados (si vale la palabra en el presente caso) en este lugar, constituyendo lo que podríamos llamar una “gatotumba”. En 1978, el barón de von Boecklin decidió poner fin a su vida, a la de su esposa y a la de sus gatos tan queridos, todos juntos y al mismo tiempo. De esta forma, los habitantes de Red Cat Farm terminaron trágicamente en la misma tumba familiar, unidos hasta el final.

[1]. La historia fue recogida en un film llamado Siempre a tu lado: Hachiko pero, en lugar de Japón, transcurre en Estados Unidos.

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