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Carlos Trillo, hacedor de fantasías

Entronizado como uno de los guionistas más prolíficos e importantes de la historieta argentina, no hay duda de que Carlos Trillo, autor de El loco Chávez y Las puertitas del señor López, realmente es un ícono. Todo esto queda un tanto opacado, sin embargo, por el hecho de que él también tuvo el cuidado de escribir una de las primeras historias del género, no sin polémica, poniéndose a él mismo como un referente ineludible.

Carlos Trillo es ampliamente reconocido como uno de los grandes nombres de la historieta argentina, responsable no sólo de concebir varias de las historias más importantes del medio, sino también de desarrollar el primer intento de su historización. Sin embargo, su llegada al género y su consagración fueron bastante tardías, razón por la cual muchos llegarían a creer que a su brillante carrera podría agregarse una importante cuota de resentimiento.

La poca información que circula sobre su infancia lo ubica naciendo un 1ero de mayo de 1943 en Buenos Aires, y lo muestra siendo un niño sin mayores razones para no feliz, armándose una formación puramente basada en su lectura de historietas y de libros de la colección Robin Hood. Es recién a partir de 1963 que aparecen los primeros datos certeros, dado que abandonó la carrera de abogacía y realizó sus primeros trabajos como guionista para la revista Misterix de la editorial Abril. El éxito, sin embargo, lo esquivaría durante toda la década. Así es que, aunque luego se dedicaría casi exclusivamente a las historietas, en estos años Trillo combinó su labor anónima en revistas como Anteojito y Antifaz de García Ferré y Patoruzú de Dante Quinterno con una notable carrera en los medios de comunicación, conduciendo programas en Radio Municipal y emprendiendo diversas tareas en el mundo de la publicidad.

Para inicios de la década de 1970, alejado de la historieta, Trillo se dedicó básicamente a escribir relatos humorísticos – entre los que se cuenta su serie policial-cómica “Tony Ávila, el detective poeta”, coescrita con Alejandro Dolina, y sus intervenciones como parte del staff de Satiricón – y, sin ser todavía un referente del género, empezó a posicionarse en el mundo del comic tangencialmente a partir de su análisis del campo. Estos esfuerzos de divulgación de la historia de la historieta, liderados en conjunto con el humorista Alberto Bróccoli, dieron como resultado tres libros publicados por el Centro Editor de América Latina que hoy son fundamentales titulados El humor gráfico (1971), Las historietas (1971) y El humor escrito (1972).

Fue, entonces, recién a partir de su entrada a la revista Mengano en 1974 que Trillo pudo cumplir el sueño de ver a sus propios personajes en el papel. Allí, junto con el dibujante Alberto Breccia, desarrolló Un tal Daneri, historia de 8 episodios de tono borgeano que sigue el derrotero de un misterioso personaje de barrio, pero su consagración quedó sellada recién al año siguiente a partir del estreno de El loco Chavez (1975-1987), historieta realizada con Horacio Altuna para la contratapa de Clarín que le dio al medio local uno de sus personajes más famosos.

Ya con cierto renombre, Trillo se asoció con la poderosa editorial Récord de Alfredo Scutti, llegando a jugar un rol muy importante al punto de convertirse uno de sus referentes. En los últimos años de la década, además de producir algunas tiras menores y la memorable Alvar Mayor (1977-1982) junto con Enrique Breccia para la revista Skorpio, Scutti les ofreció a Trillo y a Carlos Saccomanno escribir las columnas “El club de la historieta”, también en Skorpio, y “La historia de la historieta” en Tit-Bits. Mucho más que simples secciones críticas, estos espacios terminarían sirviendo de base para Historia de la historieta argentina (1980), libro de referencia sobre el tema que hoy es bastante cuestionado. Desde ya sin afán de dudar de la valía de Trillo o Saccomanno como artistas, las columnas resultan problemáticas ya que habilitaron a sus autores a denigrar a la competencia (encarnada por la “malvada” editorial Columba, productora de comics ultra populares), erigiendo a Récord (y por extensión, a ellos mismos) como la editorial y los artistas de la renovación. Así, señalando a Trillo como el verdadero herederos del legado de Héctor Germán Oesterheld – canonizado por los autores como el padre fundador de la historieta argentina – fueron capaces de escribir una historia convincente, perpetuada hasta el hartazgo por estudiosos del tema como Juan Sasturain, que relativizó mucha de la producción comiquera de las décadas del sesenta y setenta (periodo que coincide con la actividad de Trillo en las sombras del mundo del comic), y que recién en los últimos años comenzó a ser cuestionada.

Sin embargo, la lealtad de Trillo hacia Scutti terminó chocando con su esquema de negocios – que implicaba se apropiarse de los originales de los artistas y venderlos a Italia – y lo impulsó a buscar nuevos espacios para sus creaciones. De este modo, a partir de 1979 (y definitivamente en 1984), migró con otros artistas a las revistas El Péndulo (1979), SuperHumor (1980-83) y Fierro (1984-92), todas producidas por Ediciones de la Urraca. Allí, en el contexto marcado por el final de la dictadura y el retorno de la democracia, tuvo la oportunidad de guionar algunas de sus tiras más notables, muchas de ellas hechas con Altuna, como la fantasiosa Las puertitas del señor López (1979); Charlie Moon (1979), que trasladaba al lector al sur profundo estadounidense; las aventuras de un detective judío neoyorquino que vive con su madre en Merdichesky (1981); y la distopía El último recreo (1984), en la que tras un suceso apocalíptico sólo sobreviven quienes no han alcanzado la madurez sexual. Además, como verdadero artesano del género, contribuyó en obras de sátira política como Bosquivia (de 1982, guionada con Saccomanno y dibujada por Tabaré y Raúl Fortín), de ciencia ficción – como Custer (1985), hecha con Jordi Benet – o simplemente de gran belleza poética, como la quijotesca El caballero del piñón fijo (1984), realizada con su otro gran colaborador, el dibujante Domingo Mandrafina.

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Hugo Pratt, Solano Lima y Trillo (1980).
Hugo Pratt, Solano Lima y Trillo (1980).

Para el final de la década del ochenta y los noventa, Trillo se encontraba realizando una obra sin igual en volumen y variedad. Sus historietas ahora cubrían todo tipo de géneros y temáticas, demostrando la intensa versatilidad del guionista para desarrollar historias de gran crueldad como Video Noir (1992) o la sexualmente explícita Clara de Noche (1992), junto con su trabajo para el público infantil en la revista Genios. En este período, sin dejar de escribir, Trillo también intentó incursionar en el mundo editorial con su propia revista, Puertitas (1990), y hasta abrió su propia librería especializada en 1995, Meridiana Comics, pero tristemente el medio local estaba cada vez más deteriorado y las constantes perdidas lo impulsaron a buscar trabajo en el exterior. Así, con la llegada del nuevo milenio y su repentina muerte en 2011, más allá de ciertas experiencias puntuales en la resucitada Fierro, era más fácil encontrarlo en las páginas europeas que en las argentinas.

A pesar de todo, aún hoy, con todo el revuelo que Trillo causó y sigue causando a través de su obra crítica, su arte como escritor continúa siendo uno de los más icónicos en el mundo de las historietas locales, y más de un guionista actual se reconoce como su heredero.

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Carlos Trillo.
Carlos Trillo.

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