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Cacería de brujas

En el siglo XVIII, un conocido científico dijo que, si se lograba ampliar el consenso público por los métodos de la ciencia, se podría lograr la victoria final contra la estupidez, un objetivo tan meritorio como irrealizable.

El jesuita alemán Friedrich Spee von Langenfeld (también mal llamado “von Spee”) se oponía tenazmente a los juicios por brujería y a los métodos de tortura empleados rutinariamente para arrancar confesiones a los acusados de brujería. En su libro “Cautio Criminalis” (“Precauciones para los acusadores”), escrito en 1631, Spee atacaba formalmente a los juicios por brujería. “Cautio Criminalis” exponía con crudeza las confesiones de los acusados de brujería que él mismo había escuchado en Westfalia.

Aquí hay algunos extractos de su libro:

“Todo el mundo clama para que los magistrados investiguen a las brujas... a quienes sólo el chisme popular ha hecho tan numerosas.”

“Los príncipes piden a los jueces que abran los procesos contra las brujas; los jueces apenas saben por dónde empezar ya que no tienen pruebas ni evidencias; le gente considera sospechoso este retraso; los príncipes se impacientan; hasta los sacerdotes aprueban lo que pueda complacer al príncipe; luego, el juicio se pone en marcha.”

“Si los desvaríos de un demente o algún rumor malicioso (porque no se necesita prueba del escándalo) señalan a una pobre mujer inofensiva, ella es la primera en sufrir.”

“La presunción de culpabilidad se basa en esta premisa: si la mujer ha llevado una vida mala o impropia, debe ser culpable. Si su vida ha sido buena, es igualmente culpable, porque las brujas siempre simulan ser virtuosas.”

“En consecuencia, se encarcela a la mujer. Se encuentra fundamento de acusación basándose en un segundo dilema: tiene miedo o no lo tiene. Si lo tiene, es una prueba segura: su conciencia la acusa. Si no muestra temor también es una prueba, porque es característico de las brujas simular inocencia y llevar la frente alta.”

“Todo aquel que le desee mal tiene la oportunidad de hacer contra ella las acusaciones que desee, y todo el mundo comparte y acepta las acusaciones, que presionan a los jueces. Así, se la conduce a la tortura hasta que confiese.”

“No se les permite tener abogado ni defensa, ya que la brujería es un delito tan excepcional que amerita suspender todas las normas legales de procedimiento. Y si alguien se queja o sale en defensa de la acusada... recibe el calificativo de 'defensor de la brujería'. Así que, por las dudas, nadie se atreve...”

“Luego se le leen las acusaciones; aunque las niegue, no se le presta atención y ni siquiera se recogen sus respuestas. Al día siguiente se le lee el 'decreto de tortura'.”

“Antes de la tortura se la registra en busca de amuletos, se la afeita y se le examinan hasta sus partes íntimas. Luego se la tortura para hacerle decir lo que ellos quieren escuchar. Si confiesa con el primer grado de tortura, dicen: '¡ha confesado sin tortura!'”.

“Luego es condenada a muerte sin escrúpulos. Si no confiesa, la tortura se repite, sin límite de duración, severidad o fecuencia.”

“Si durante la tortura la mujer contorsiona sus facciones con dolor, dicen que se ríe; si pierde el sentido, dicen que está bajo un hechizo aletargador. Y si eso ocurre, merece ser quemada viva. Si muere a causa de tanta tortura, dicen que el diablo le rompió el cuello. Si por alguna causa no muere bajo tortura y un juez especialmente escrupuloso no osa torturarla más, la encadenan hasta que se pudra, aunque pase un año entero.”

“La acusada no puede librarse nunca. Una vez arrestada, tiene que ser culpable, por medios justos o ilícitos.”

“Sacerdotes más comprensivos no pueden visitarla en la cárcel para evitar que le den consejo o que informen al príncipe de lo que ocurre. Lo más temible es que salga a la luz algo que demuestre la inocencia de la acusada. Las personas que intentan hacerlo reciben el nombre de 'perturbadores'.”

“Cuando, bajo la tensión del dolor de la tortura, la mujer confiesa, ya no sólo no puede escapar sino que se ve obligada a acusar a otras que no conoce, cuyos nombre con frecuncia son puestos en su boca por sus mismos investigadores. Estas son obligadas a acusar a otras, y así sucesivamente. Todos, antes o después, son acusados falsamente y, tras la tortura, siempre terminan demostrando que los acusados son culpables.”

“Así, finalmente, los que al principio clamaban con mayor fuerza para alimentar a las llamas, se ven ellos mismos implicados, ya que finalmente les llega su turno. Así, el Cielo castiga justamente a los que con sus lenguas pestilentes crearon tantas brujas y enviaron a la hoguera a tantas inocentes...”

Spee no explicita los métodos de tortura, pero hay literatura al respecto que explica algunos de ellos: alimentar por la fuerza a la acusada con arenques cocinados con sal y luego negarle el agua, la inmersión de la acusada en un baño de agua hirviendo a la que se le había añadido cal, el potro, la silla de hierro caliente, botas holgadas de metal en las que se vertía agua hirviendo o plomo caliente, hacerle tragar agua a través de una gasa para provocarle asfixia, comprimir el dedo gordo del pie en la raíz de las uñas hasta que el dolor fuera insoportable y otros tormentos catalogados como peores.

Luego del tormento, y con los instrumentos utilizados aún a la vista, se pide a la víctima que firme una confesión “voluntariamente”.

Gracias a la valentía de los que se opusieron a la persecución de brujas, a que muchos de ellos eran personas de las clases privilegiadas, al peligro que esto entrañaba para el creciente capitalismo y a la aparición de las ideas de la Ilustración europea, las quemas de brujas fueron desapareciendo.

La última ejecución en Holanda fue en 1610, en Inglaterra en 1684, en América en 1692, en Francia en 1745, en Alemania en 1775, en Polonia en 1793. En Italia, la Inquisición condenó a muerte hasta fines del siglo XVIII, y la Iglesia Católica no abolió la tortura hasta 1816. El último bastión defensor de la necesidad de castigo a la brujería fueron las iglesias cristianas.

¿Cómo pudo ocurrir esto? ¿Cómo se pudo extender tanta ignorancia? ¿Cómo pudo ocurrir esto en las naciones más “civilizadas” y “avanzadas”? ¿Por qué apoyaban esto resueltamente los conservadores, los monárquicos y los fundamentalistas religiosos? ¿Por qué se oponían a ello los liberales, los cuáqueros y los seguidores de la Ilustración?

“Si estamos absolutamente seguros de que nuestras creencias son las correctas y las de los demás erróneas, que a nosotros nos motiva el bien y a los otros el mal, que el rey del universo, dios o como se llame, nos habla sólo a nosotros y no a los que tienen una fe diferente, si creemos que lo único correcto es creer y obedecer, sin desafiar doctrinas convencionales o hacer preguntas inquisitivas... entonces la cacería de brujas se repetirá en en cualquiera de sus infinitas variciones, hasta la época del último hombre en la Tierra.” (Carl Sagan)

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