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Borodinó: El comienzo del fin del sueño napoleónico

En un día como hoy de 1812, más de 250.000 soldados combatieron a orillas del Río Moscova, unos defendiendo su patria, otros sosteniendo las ambiciones de su emperador. La batalla de Borodinó fue una de las más grandes del siglo XIX, y también de las más sangrientas.

Alejandro I, el zar ruso, ante el avance francés había declarado la guerra patriótica en defensa de la Madre Patria, y su general en jefe Barclay de Tolly había dispuesto una política de tierra quemada. El ejército ruso solo retrocedería quemando todo a su paso para evitar el reaprovisionamiento del ejército francés. Esta estrategia fue muy discutida, razón por la cual Barclay fue reemplazado por Mijaíl Kutúzov, un viejo guerrero, veterano de las guerras contra los tártaros y turcos. El jefe ruso era ingenioso y galante, de mente fría y calculadora, que sabía esperar. La zarina Catalina II le tenía especial aprecio, cosa que no puede decirse de Alejandro. Ante la gravedad de la situación, Alejandro dejó de lado cuestiones personales y eligió a su comandante más hábil y de más experiencia.

Los rusos disponían de casi 150.000 hombres entre el ejército y fuerzas irregulares, además de 640 piezas de artillería, 60 más que las francesas.

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             Napoleón cerca de Borodinó, por Vasili Vereshchaguin (1897).
Napoleón cerca de Borodinó, por Vasili Vereshchaguin (1897).

Napoleón buscaba una batalla decisiva, destruir al ejército ruso en un golpe brutal, de allí que ordenó un ataque frontal, en contra de sus prácticas habituales. La carga de caballería de Murat atravesó las líneas rusas, pero estas volvieron a reformarse gracias al uso de sus reservas. A pesar de las bajas, los rusos volvieron a atacar, pero su contraataque fue rechazado por la artillería francesa. Caída la noche, las tropas del zar emprendieron la retirada.

Los franceses dijeron haber perdido 25.000 soldados que incluían a 48 generales muertos en acción, los rusos confesaron casi 50.000 bajas (otros estudios señalan casi el doble de muertos). Lo cierto es que decenas de miles de muertos quedaron dispersos en el campo. Con Borodinó las tropas zaristas bloquearon el camino a San Petersburgo y permitieron que los franceses accediesen a Moscú, ciudad que había sido vaciada, y terminó de enfrentar a los franceses con los dos grandes mariscales de la derrota: el desabastecimiento y el general invierno.

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