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Bernardo Houssay, el ilustre hombre de ciencia argentino

Hace 47 años moría el Dr. Bernardo Houssay, el primer latinoamericano ganador del premio Nobel de Ciencias.

Hijo de inmigrantes franceses, el Dr. Bernardo Alberto Houssay se destacó desde muy joven por su inteligencia e inclinación al estudio. Alumno del Nacional Buenos Aires, egresó como bachiller de dicho establecimiento a los 13 años, y se recibió de bioquímico a los 17, razones más que suficientes para recordarlo como estudiante. Curiosamente, su carrera como médico la comenzó en el Hospital Alvear, en emergencias psiquiátricas.

Un entusiasta de la fisiología, en 1919 fundó un instituto para dicha rama de las ciencias en la Facultad de Medicina.

Durante 23 años, Bernardo Houssay dirigió este centro de excelencia hasta que en 1943 fue dejado cesante por haber firmado junto a otras personalidades una declaración instando a la Argentina a a poyar el esfuerzo aliado durante la Segunda Guerra Mundial.

A pesar de que Argentina debió declarar la guerra a Alemania pocos días antes de su rendición, no fue reincorporado a la docencia universitaria hasta la caída del gobierno de Perón.

En 1945 publicó su célebre tratado de fisiología, que fue por años manual de estudios en varias facultades del mundo.

Sus trabajos sobre la relación entre la hipófisis, el páncreas y la diabetes merecieron premios en Canadá, Inglaterra y Australia, y finalmente el Nobel de Medicina en 1947. Sin embargo, el premio no sirvió para disminuir las tensiones con el gobierno. Cuando volvió de Suecia, no tuvo ninguna recepción oficial, a diferencia de varios deportistas exitosos.

Con apoyo de instituciones privadas, creó el Instituto de Medicina Experimental, donde se formaron otras luminarias de las ciencias médicas, entre ellas, el otro argentino laureado con el Nobel, el Dr. Federico Leloir.

A pesar de los reconocimientos en varias academias e instituciones locales y extranjeras, Houssay confesó que su mejor logro había sido la creación del CONICET para ofrecer un marco de contención a los investigadores nacionales.

Fue un docente parco, severo y exigente, con un buen ojo para detectar alumnos talentosos que invitaba a incorporarse a su cátedra.

Murió el 21 de septiembre de 1971, justamente el Día del Estudiante, y su cuerpo fue enterrado en el Cementerio de la Chacarita. Además de una plaza vecina a la Facultad de Medicina, testigo de sus esfuerzos, un asteroide y un cráter en la luna llevan su nombre.

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