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Beau Brummell: La vida de un dandy

George Bryan Brummell, conocido como Beau Brummell («el bello Brummell») es considerado el rey de la elegancia porque compitió con el mismo monarca de Inglaterra en el lucimiento personal. Aún hoy su sofisticación es copiada por caballeros que se desviven para estar a la moda.

De familia acomodada, aunque no de la nobleza, George tuvo una excelente educación, asistió a Eton y posteriormente se graduó en Oxford, donde creó el paradigma del joven “fashion”, aquél que imponía las modas.

Como todo caballero británico, George pasó por el ejército de su Majestad, llegando al grado de capitán en 1798. Con casi 30 años heredó la fortuna paterna que ascendía a £ 30.000, cifra que le permitió llevar una vida desahogada, darse la gran vida y frecuentar a la realeza. Su amistad con el príncipe de Gales, lo convirtió en el árbitro de la moda londinense.

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Beau Brummell

Beau Brummell

Sin embargo su lengua afilada y una malsana tendencia a dilapidar tiempo y dinero, sumada a su soberbia terminó por quitarle el apoyo real. Sus excesos obligaron, al ya conocido Beau Brummell, a poner distancia de sus acreedores refugiándose en Calais. En 1835 fue encarcelado por deudas, una costumbre británica que Dickens inmortalizó en sus novelas (ya que este autor pasó parte de su juventud en la cárcel de Newcastle por las deudas de su padre). Los poderosos amigos de Brummel fueron en su rescate y le dieron unos dinerillos en compensación por los secretos de la elegancia que había compartido con ellos.

Si alguien se da la vuelta para mirarnos es que vamos bien vestidos”, solía decir a sus seguidores. Beau fue el primer plebeyo admitido como un par por la realeza, por su característico estilo al vestir que no era ostentoso pero sí de buen corte. Era muy exigente con los sastres y dicen que sus guantes eran hechos por artesanos que medían con precisión sus dedos.

Hacia 1815, en pleno apogeo de su carrera de dandy, dos cosas causaban sensación en Londres: La batalla de Waterloo y las corbatas de Brummell. Napoleón perdió su imperio en la guerra, pero Brummell impuso su criterio en el campo de la elegancia por más tiempo que el gran corso. Su prédica persiste aún: la chaqueta, la camisa blanca y los pantalones con raya se deben a George Brummell, y lo consiguió sin escribir un libro. Le bastó su ejemplo como dandy.

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En este empeño gastó su fortuna y su tiempo. Vestirse elegantemente lleva tiempo, y Brummell dedicaba toda una mañana para lucir su indumentaria con elegancia y hacerse la corbata (elemento que los soldados croatas habían introducido 150 años antes, de allí su nombre) podía insumir varias horas.

No todos compartían este criterio. François-René, vizconde de Chateaubriand afirmó al referirse a Brummell, que hubiese preferido mil veces las galeras, antes que caer en este despilfarro de tiempo.

Brummell fue conocido como el poeta de la sastrería, el rey del dandismo, privilegio que debía combinarse con ingenio, desparpajo y – porqué no – con la soberbia necesaria para mantener su imagen de superioridad (dicen que no se sacaba el sombrero para saludar a fin de no despeinarse).

Esta soberbia le granjeó la antipatía del príncipe de Gales (futuro Jorge IV, de vida tan disoluta como complicada) porque, excedido en la confianza que se había ganado, un buen día Brummell le pidió al futuro monarca que llamase al camarero para servir más champagne. El príncipe, algo susceptible, llamó al camarero ...pero para que trajesen el carruaje de Brummell, y lo invitó a retirarse. Este desplante no lo desplazó a Beau como el monarca de la moda. En Londres reinaban los dos George.

El príncipe le retiró el saludo, pero una tarde se encontraron caminando por un parque. El heredero al trono solo saludó al acompañante de Brummell, pero este, sin amilanarse y cuando su Majestad aún no se había alejado, preguntó a su amigo; “¿Quién es ese gordo al que acabas de saludar?”

Brummell murió en la miseria después de haber sufrido una apoplejía, sin embargo nunca se arrepintió de haber perdido una fortuna para lograr esta elegante inmortalidad.

Él nos enseñó que la primera impresión que damos, es por la forma en que estamos vestidos. No por ostentación, no por el despliegue de riquezas, sino por la elegancia. Esta impresión persiste en la memoria de los otros y guarda más implicancias que las pensamos. Y este secreto se lo debemos al rey de los dandy.

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2002 estatua de Beau Brummell por Irena Sedlecká en Jermyn Street de Londres
2002 estatua de Beau Brummell por Irena Sedlecká en Jermyn Street de Londres

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