En 1827, luego de una ominosa claudicación frente al Imperio del Brasil, Bernardino Rivadavia renunció a la presidencia de nuestro país. Los caudillos, que se le resistían desde que quiso imponerles una constitución unitaria, ya no tenían que obedecer a autoridades centrales. La provincia de Buenos Aires quedó en manos de Dorrego, nuevo gobernador, que pactó una paz definitiva con el Imperio: la Banda Oriental, el objeto de la disputa, no quedaría para ninguno de los contendientes, sino que se convertiría en un estado independiente.

La plana mayor de los ejércitos argentinos que había vencido a las tropas brasileñas en territorio uruguayo, recibió la noticia con desagrado. Los dos jefes militares que condujeron a las tropas de regreso, Juan Lavalle y José María Paz, se valieron de éstas para imponer el unitarismo y vencer a los caudillos. Paz avanzó sobre Córdoba, donde venció a Bustos, y luego ocupó Cuyo y las provincias del Noroeste. Lavalle invadió Buenos Aires y en diciembre de 1828 venció a la pequeña fuerza que le opuso Dorrego en Navarro y lo capturó. Juan Lavalle se negó a conversar con Manuel Dorrego e inmediatamente ordenó que se lo fusilara por traición; Dorrego fue abandonado por sus partidiarios federales y condenado por los unitarios. Finalmente fue fusilado por orden de Lavalle en un corral a espadas de la iglesia del pueblo de Navarro, el 13 de diciembre de 1828.

El vencedor, sin embargo, no logró consolidarse en la provincia. Juan Manuel de Rosas, que se había refugiado en Santa Fe, organizó la resistencia de los federales, conjuntamente con el caudillo santafecino Estanislao López. Sabedor de esto, Lavalle avanzó sobre Santa Fe con su ejército de veteranos, pero estos se veían impotentes ante la pericia y astucia de sus enemigos. Las milicias de gauchos obtenían en las vastas llanuras la ventaja de destruir un ejército regular, sin aceptar combates, dueña de los recursos que no podían usar las fuerzas unitarias. Cuenta el historiador Adolfo Saldías que el ejército de Lavalle fue atraído a un campo de hierba venenosa llamada mío-mío, donde éste acampó. Al día siguiente sus fuerzas habían perdido 600 caballos.

Después de varios reveses, Lavalle se retiró de Santa Fe hacia el norte de Buenos Aires. Rosas y López reunieron todos los regimientos de caballería y avanzaron sobre el Puente de Márquez. El 26 de abril de 1829, en el límite entre las localidades Villa Udaondo y Paso del Rey, Lavalle los atacó con 1.400 soldados de caballería, 500 infantes y 4 piezas de artillería de campaña. Las fuerzas federales contaban con 4.000 gauchos y 3.000 indios de la Pampa y el Chaco. Desde la seis hasta después de las diez de la mañana se combatió encarnizadamente, pero Rosas y López arrollaron y dispersaron a las fuerzas enemigas. Lavalle formó un cuadro con su infantería y pudo retirarse sin caer en manos de sus contrincantes. A las cuatro de la tarde, los federales, victoriosos, pudieron cruzar el puente. La batalla le abrió a Rosas las puertas de la ciudad de Buenos Aires.

EL general Lavalle se quedó con fuerzas muy disminuidas y sin movilidad. Si bien Estanislao López se vio obligado a regresar a Santa Fe — debido a que el general José María Paz había derrocado al gobernador de la provincia de Córdoba y podía intentar atacar su provincia en cualquier momento — Rosas sitió a la ciudad de Buenos Aires, cerrando cada vez más el cerco y dejándola sin provisiones desde el campo. Meses después, Lavalle tuvo que firmar un tratado de paz con Rosas, que sería elegido gobernador en diciembre de ese año.

De esta manera, la batalla de Puente Márquez fue clave porque permitió a los federales quedarse con el gobierno de Buenos Aires y llevar la guerra contra los unitarios al interior del país; contando a su favor con los enormes recursos económicos y humanos de dicha provincia. A fines de 1831, el partido unitario sería derrotado en casi todo el país.

Texto originalmente publicado en https://historiamoron.wordpress.com/2016/08/18/batalla-del-puente-marquez-1829/

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