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Batalla de Lepanto

El 7 de octubre de 1571, la Santa Liga, formada por la Santa Sede, Venecia y España, venció en una batalla marítima en el golfo de Lepanto (este de Grecia) a la flota otomana, hasta entonces invicta, que asolaba el Mediterráneo.

La ciudad de Náfpaktos (en griego), también llamada Naupactus (en latín) o Lepanto (en italiano) está situada en la costa norte del estrecho que une los golfos de Patras (al oeste) y de Lepanto (al este, también llamado golfo de Corinto), y fue testigo de una de las batallas navales más trascendentes de la historia.

Hacía años que las naves otomanas se habían lanzado al control del Mediterráneo occidental. Las costas italianas y españolas estaban cada vez más amenazadas y Malta estuvo a punto de ser tomada en 1565. Ante el creciente peligro, España, Venecia y los Estados Pontificios formaron una alianza para enfrentarse a la armada otomana y detener su avance (o para poder hacer ellos lo que hasta ahí hacían los otomanos). Así se formó la Santa Liga (o Liga Santa), que quedó al mando de don Juan de Austria, el hijo natural de Carlos V (España pagaba la mitad de los gastos que insumía esta alianza e impuso a su candidato). Finalmente, la invasión de Chipre por los otomanos fue la gota que rebalsó el vaso.

Al amanecer del 7 de octubre, los barcos de la Liga Santa comenzaron a desplegarse en la boca del golfo. Lo hacieron en tres cuerpos formados en línea, y con una reserva en retaguardia. Los musulmanes, bajo el mando del almirante Alí Pachá, también se formaron en tres cuerpos, desplegados en forma de media luna (ja). En total se enfrentaban 204 galeras cristianas contra 205 galeras turcas, además de unos 50 barcos más pequeños y ligeros por bando que cumplían misiones de enlace y exploración. Cada bando, además, contaba con unos 90.000 hombres. Los turcos contaban con unos 800 cañones, los cristianos con unos 1500. Pero la diferencia estaba en que la flota de la Santa Liga tenía unos 70.000 hombres armados, mientras que los turcos armados eran apenas 20.000, y además en sus galeras había muchos esclavos, en gran parte cristianos, por lo que no eran muchos los que puedían ser liberados para pelear: podían remar u ocuparse de los barcos, pero no entrar en batalla. Por lo tanto, la flota de la Liga Santa disponía del doble o triple de combatientes efectivos, y eso iba a ser determinante en el resultado final.

Al inicio del día, ambas escuadras ya se acercan y están a la vista. Mientras avanzan una contra otra van desplegando las banderas y los estandartes, y comienza la comparsa macabra de las batallas: sacan las imágenes y los crucifijos, suenan trompetas y tambores, se reza, se bendice, se canta, se grita y se arenga, tratando de motivar a los combatientes. Se despejan las cubiertas de los barcos, se amontonan las municiones y se preparan las armas y las herramientas de abordaje. Poco a poco los cristianos consiguen situar al frente a las seis galeras más altas, grandes, pesadas y lentas (“galeazas”), fuertemente armadas, cuya misión es romper la formación enemiga.

Al mediodía el infierno está por comenzar. Cinco de las seis galeazas cristianas que marchan al frente de la flota se aproximan a los turcos. Cuentan cada una con 44 piezas de artillería gran calibre. Los otomanos les disparan con escasos resultados; en cambio, los cañones de las galeazas arrasan las cubiertas de los buques próximos y envían a pique a varias galeras turcas. La armada de Alí Pachá las deja atravesar sus filas para sufrir menos daños, esperando emboscarlas después.

La tensión crece; ambas armadas saben que conviene disparar sus cañones lo más tarde posible y estando lo más cerca posible, para causar más estragos y porque después, en el fragor del combate, será muy difícil la recarga. La mayor parte de las gruesas piezas de artillería sólo podrá ser disparada una vez. En esta guerra de nervios son los otomanos los que disparan primero, pero casi todos sus proyectiles van a parar al mar (mala puntería, los turcos). Cuando apenas los separan menos de cien metros, los cañones de las galeras de la Liga empiezan a disparar, barriendo las cubiertas de las naves otomanas. A esa distancia no hace falta ni apuntar: se dispara al bulto, y aún así las balas y la metralla impactarán en los cuerpos de los barcos enemigos.

Cuando finalmente se produce el choque, los espolones de las galeras consiguen clavarse en los costados del enemigo, rompiendo remos y cubiertas. Ahora, borda con borda, comienza otra batalla. Ya no es una batalla naval, es un abordaje en el que las infanterías se lanzan a luchar en una aglomeración de barcos trabados entre sí por garfios, tablones y pasarelas. Los choques de las embarcaciones son totalmente desordenados, aunque lo más frecuente es que cada barco escoja a su oponente y se inicie una lucha furiosa. El objetivo de cada fuerza embarcada es conseguir abordar al contrario y combatir a golpe de espada hasta matar o echar por la borda a todos los contrincantes.

El golfo de Lepanto se convierte en un gran campo de batalla. Ambos bandos cruzan fuego de arcabuz (más los cristianos), de pistolas, de flechazos (más los otomanos). No se hacen prisioneros, salvo aquellos capitanes distinguidos por los que se pueda pedir un buen rescate. El ala izquierda cristiana, que está junto a la costa, es la primera en entrar en combate. Ahí están los venecianos comandados por el almirante Barbarigo, quien morirá de un flechazo en un ojo. En los primeros momentos se ven parcialmente desbordados por los turcos, pero, llegan al rescate las naves de reserva al mando de Álvaro de Bazán; así, finalmente las tropas de la Santa Liga logran imponerse y obligan al enemigo a huir. El grupo de don Juan de Austria, en el cuerpo central de la flota, entra en combate frontal con las naves de Alí Pachá, imponiéndose por su potencia de fuego y su infantería. La nave capitana de Juan de Austria, “Real”, fue embestida por la capitana de Alí Pachá, “Sultana”; la “Real” soportó la embestida y tras dos horas de lucha abordó a la nave turca y terminó sometiéndola.

Sólo el ala derecha, comandada por Andrea Doria, que se ha alejado a mar abierto, es desbordada y envuelta por el grupo de Uluch Alí, quien logra hundir unas cuantas galeras cristianas; pero la llegada de refuerzos desde el centro de la flota y de la reserva hace huir a los turcos, que se llevan una galera veneciana como botín.

Finalmente llega el tiempo del saqueo, las tripulaciones discuten por ver cuántas galeras enemigas se llevarean a remolque. El balance de bajas en la Liga es de 15 galeras perdidas (una de ellas capturada), 7.650 muertos y 7.784 heridos. En el bando otomano se han hundido también 15 galeras, pero otras 160 han sido capturadas (las cifras exactas difieren según los distintos comandantes), aunque algunas de éstas quedan en tan mal estado que pronto se irán a pique. El número preciso de muertos otomanos se desconoce, pero se evalúa en unos 25.000. Son tomados unos 8.000 prisioneros, muchos de los cuales serán convertidos en esclavos (los cristianos, tomando esclavos... ajá, se ve que era la costumbre de la época).

El papa Pío V instituyó la fiesta de Nuestra Señora del Rosario con motivo de la victoria; mientras tanto, el sultán Selim II, afirmaba: “me han cortado las barbas, ya crecerán con más fuerza”.

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