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Bartolomé Mitre

El 19 de enero de 1906 moría el general, el poeta, el presidente, el periodista, el escritor y orador, el hombre que con su lucha había asistido a formar una nación, con errores y aciertos, en la salud, en el dolor y en la enfermedad.

El 26 de junio de 1901 el país celebró los ochenta años del general Bartolomé Mitre. Ese día, en su discurso proclamaba, con esa voz “de musicalidad masculina”, al decir de Castellanos: “Hace 50 años éramos una agrupación informe cuya cohesión sólo se mantenía por el instinto o la violencia. Hoy somos una nación compacta, que puede exhibir sus títulos ante el mundo”. Y él era artífice indiscutido de esa nación.

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Mitre rodeado de gente en ocasión de la celebración de sus 80 años.

Mitre rodeado de gente en ocasión de la celebración de sus 80 años.

Pero el viejo luchador estaba perdiendo la batalla en la que finalmente todos somos vencidos…

Si bien Mitre gozó de una larga y saludable existencia, no fue inmune a las enfermedades. Estando en el frente paraguayo, entre diciembre de 1866 y febrero de 1867, el general estuvo enfermo. No se tiene suficiente información sobre la sintomatología más que para especular sobre alguna gastroenteritis bacteriana o parasitaria que entonces hacia estragos entre la tropa. En 1871, durante la fiebre amarilla, en lugar de buscar un reparo a la peste poniendo distancia con la ciudad como hizo Sarmiento y el vicepresidente Alsina, Mitre, se puso al servicio de la comunidad como un ciudadano cualquiera. A punto tal se expuso, que sufrió una forma atenuada de la enfermedad, aunque en algún momento se temió por su vida.

A los 64 años (en 1886) se presentaron los síntomas de una afección que lo acompañaría hasta la tumba, derrames de las articulaciones, especialmente la del codo, que fueron diagnosticadas por el Dr. Benzecri como abscesos fríos. Estos debieron ser drenados quirúrgicamente. El doctor sospechaba un proceso tuberculoso pero nunca se lo pudo confirmar. En un viaje a Francia en 1890, el general visitó al Dr. Dieulafoy quien le recomendó visitar los baños de Aix Les Bains. La verdad sea dicha, nadie pudo descifrar con certeza la etiología de esta afección.

Cuando el general ya contaba más de ochenta años, un día entró el doctor Antonio Piñero al escritorio donde trabajaba y no pudo dejar de exclamar “Esto no está bien, señor. Usted no debería trabajar a esta hora. Hace poco que ha almorzado y necesita hacer tranquilamente la digestión”. El general dejó de lado sus tareas, se sacó los anteojos y le contestó. “Vea mi amigo si yo ya no trabajo. Esto que estoy haciendo son unos apuntes, trabajos de última hora, mi amigo, porque me siento mal y comprendo que mi fin se va acercando. Yo no me hago ilusiones esto es lo que debe ser y lo que yo también deseo”. Mitre entonces le confesó a su médico que sus grandes placeres, el estudio y la meditación, le estaban vedados, los dolores que sufría en su brazo izquierdo eran atroces. Días después cayó postrado. Ya no probaba bocado y apenas bebía, pero su fuerte complexión prolongó la agonía cincuenta y cuatro días “Esta post-data va siendo demasiada larga”, se le escuchó decir.

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El Dr. Piñero llamó en consulta al Dr. Luis Güemes para compartir la asistencia. Los dos facultativos coincidieron, poco se podía hacer. El general conservó su lucidez hasta que la debilidad y la fiebre lo dominaron, entonces pronunciaba palabras incomprensibles. Se lo escuchaba nombrar a Rawson y a Sarmiento, con los que parecía mantener extensos diálogos. Una tarde, poniéndose de pie se dirigió a su enfermero: “Vamos, estoy listo”. Quería marchar por sus propios medios al cementerio.

Su estado se deterioraba a ojos vistas. Los signos de la insuficiencia renal eran evidentes, poco se podía hacer. Considerando la situación, La Nación comenzó a escribir partes diarios sobre el estado de salud del expresidente. Llegó el nuevo año y el general apenas pudo levantarse para saludar a los suyos. El calor lo agobiaba. El día quince todo hacia anunciar un pronto desenlace. La gente se agolpaba frente a su casa. La Municipalidad ordenó enarenar las calles vecinas para amortiguar los ruidos que perturbasen el sueño del general.

A pesar de su condición de masón, Mitre no era ni enemigo ni aliado de la Iglesia, de hecho, durante se presidencia recibió al delegado apostólico Monseñor Marini “con señales de benevolencia”. Sin embargo, durante su gobierno, se dictó la ley de secularización de cementerios para evitar conflictos sobre a quien no y a quien sí enterrar en Campo Santo.

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Mitre en su lecho de muerte.
Mitre en su lecho de muerte.

Al momento de su muerte se barajaron distintas versiones sobre si el general había arreglado sus asuntos con la Iglesia. Versiones como las de J. Echeverri dicen que Mitre murió masón, “sin cruz y sin esperanza”. Otra versión confirma que Monseñor Romero fue a la casa del general, a pedido de la familia, el 4 de diciembre de 1905 y permaneció a solas con Mitre durante dos horas, confesándose debidamente. Al día siguiente, el obispo celebró misa en la habitación del general que comulgó en la oportunidad. Al parecer, Mitre firmó una declaración abrazando la fe de sus mayores, carta que fue entregada a Monseñor Espinoza. Esta muerte cristiana del patricio “llenó de regocijo a todos los católicos y causó gran desilusión entre los enemigos de la Santa Religión” como expuso en la ocasión la revista eclesiástica del Arzobispado.

El 18 de enero por la noche, el general abrió sus ojos tristes y sin hablar, hizo un gesto de despedida. Toda su familia lo rodeaba –hermana, hijos, nietos– esperando el momento final que llegó la madrugada del 19. Eran las cuatro y cuarenta y tres.

Cuatro cadetes de la Escuela Naval y del Colegio Militar hicieron guardia ante su féretro. El 20 de enero, a media mañana, su ataúd fue cerrado y envuelto en una bandera argentina. Su sarcófago fue escoltado por los viejos guerreros del Paraguay. El presidente Quintana, que habría de morir ese mismo año, no pudo asistir al entierro. Habló en su lugar el vicepresidente Figueroa Alcorta y el presidente de la Suprema Corte de Justicia, el Dr. Bermejo. Entre los oradores descollaron Zorilla de San Martín y Belisario Roldán. “Mitre ha sido una ponderación persistente y perdurable, un equilibrio maravilloso, ha sido una armonía pensativa”, afirmaron y sin duda fue así.

Mitre fue un hombre de valor y constancia, que a pesar de sus muchos errores y falencias condujo los destinos de un país que era apenas villorrios desperdigados por una extensa y variada geografía, sin cohesión ni nexo, separados por odios, guerras y mezquindades, en una nación pujante y progresista que creció gracias a la convicción en un proyecto de país que gente como él, Sarmiento, Avellaneda y Roca supieron llevar adelante a pesar de una empecinada oposición, desvelos y desventuras.

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Cementerio de la Recoleta.
Cementerio de la Recoleta.

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