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Barranca Yaco: La muerte del Tigre

Enterado del asesinato de Latorre, Quiroga decide que nada puede hacer en esa parte del país y decide volver a Buenos Aires. Advertido en más de una oportunidad que sus enemigos lo esperaban para darle muerte, Quiroga, como el César que desoye lo que habría de ocurrir los idus de marzo, y emprende su viaje, pasando por un oscuro lugar, llamado Barranca Yaco. Su muerte cambiaría el destino del país.

Vuelto Rosas de su expedición al desierto, no prestó a Viamonte la ayuda que hubiera podido fortalecer su gobierno. Antes bien, se mostró esquivo para con todos, se dijo víctima de la ingratitud y hasta deseoso de ausentarse del país. Los federales rosistas aclamaban como nunca a su caudillo y señalaban con indignación a quienes consideraban sus enemigos. Facundo Quiroga había vuelto del interior con su división de los Andes para devolverla al gobierno de Buenos Aires. Antes había hostilizado en toda forma –durante la expedición al desierto– a los Reinafé, familia que gobernaba en Córdoba como consecuencia del triunfo federal y uno de cuyos miembros era gobernador. A este había tratado Quiroga de derrocarlo del poder haciéndolo víctima de su carácter áspero y atrabiliario.

FACUNDO QUIROGA
        <p><i>Imagen de Facundo como Gran General, con </i><i>charreteras y escudo al pecho, pintado por H. Bacle </i><i>poco antes de su muerte (Museo de Luján)</i></p><p></p>

Imagen de Facundo como Gran General, con charreteras y escudo al pecho, pintado por H. Bacle poco antes de su muerte (Museo de Luján)

En Buenos Aires, Rosas y su mujer, a principios de 1834, habían logrado, con atenciones especiales, ganar la confianza de Quiroga, que frecuentaba la más selecta sociedad y sobre todo las timbas del mismo género, para dar salida a su pasión de jugador. A mediados de ese año renunció Viamonte y la legislatura eligió gobernador a Rosas. El “Héroe del Desierto” o “El Restaurador de las Leyes”, como ya le llamaban sus partidarios y amigos, no aceptó. “Están frescas –dijo- las injustas acriminaciones que han inventado contra el honor del infrascripto la perfidia de los hombres funestos”. Rosas, cauteloso y soberbio como era, tenía seguridad de que había salvado a la provincia de la crisis de 1829 y que había salvado también al partido federal. Solamente la ingratitud o la perfidia podían mover a quienes trataron de robarle su prestigio mientras expedicionaba en el desierto. ¿Quién se había sacrificado como él? Los llamados federales principistas y los unitarios era ya mirados como una misma cosa y estaba convencido él de que el unitarismo buscaba desquite. No solamente facultades extraordinarias le eran menester en esos momentos para gobernar y evitar la vuelta de los llamados decembristas. El pueblo, la masa, y mucha gente propietaria y gente de bien, y generales de la independencia, deseaban como gobernante a don Juan Manuel de Rosas. Varios de sus amigos se negaron a aceptar el gobierno; por último, quedó a cargo del P.E., como presidente de la legislatura, el doctor Manuel Vicente de Maza, amigo íntimo del Restaurador. El Pacto de 1831, es el caso de repetir, había dado al país una fisonomía política que permitió al gobernador de Buenos Aires (Maza) enviar a Salta una misión de paz ante el rompimiento de dos gobiernos de provincia. Maza pensó en el general Quiroga, que se hallaba en Buenos Aires y podía servir de mediador. Quiroga aceptó y tuvo al efecto varias conferencias con Rosas. En el interior se habían propagado por entonces algunos principios sobre apertura de los ríos, nacionalización de aduanas y habilitación de puertos que, desde 1830, veníanse agitando por la parte del litoral, todo lo cual tenía muy preocupado a don Juan Manuel. Quiroga no estaba de acuerdo con tales doctrinas, como lo había manifestado en forma categórica en diversas ocasiones; pero rosas, razonador prolijo y machacón como era, no solo convenció a Quiroga de lo que ya estaba convencido, sino que, habiéndose puesto en viaje el comisionado para cumplir su lejana misión, lo acompañó hasta Areco y todavía le remitió desde allí una larga carta con un chasque para reiterar todas las razones que impedían organizar constitucionalmente la Nación. Allí es donde pueden leerse razonamientos que no acusan en el autor ese estado de torpeza intelectual en que se complace en exhibirlo cierta historiografía. “Los norteamericanos convinieron en que formasen este fondo de derechos de aduana sobre el comercio de ultramar, pero fue porque todos los Estados tenían puertos exteriores. No habría sido así en caso contrario porque entonces unos serían los que pagasen y otros no”. A lo que agrega que “aquel país, por su situación topográfica, es en la principal y mayor parte marítimo, como se ve a la distancia por su comercio, el número crecido de sus buques mercantes y de guerra, construidos en la misma república”. El general Quiroga atravesó en su galera por territorio de Santa Fe y Córdoba. En Santiago del Estero supo que el general Latorre había sido matado en Salta y resolvió tomar la vuelta de Buenos Aires. Allegar a Barranca Yaco, jurisdicción de Córdoba, se produjo el asesinato del mismo comisionado, por una partida que respondía al gobernador de Córdoba, Reinafé. Es este uno de los muchos crímenes políticos que manchan nuestra historia, pero una historiografía particular ha concentrado en él todas las luces y las sombras más impresionantes, levantando intencionalmente una aparatosa escenografía para exhibirlo como expresión de la barbarie federal, y sin ningún fundamento ha hecho responsables del crimen a Rosas o a Estanislao López. Rosas tenía, por el contrario, el mayor interés en ser apoyado por Quiroga en el interior como lo había estado hasta entonces y, en cuanto a López, ¿acaso la muerte de Quiroga solucionaba en lo más mínimo el problema de los puertos o de las aduanas, que en aquel momento preocupaba a los políticos federales del litoral argentino? En Buenos Aires y en todo el país, el crimen produjo profunda impresión. (Se estaba lejos todavía de los asesinatos de Benavidez, de Virasoro, de Urquiza y de tantos otros). Rosas lanzó la acusación contra los unitarios, desacreditados sin duda después del asesinato de Dorrego. Lo cierto es que la muerte de Quiroga decidió a los partidarios de Rosas a exigir su nombramiento como gobernador y la legislatura de Buenos Aires no sólo le eligió el 7 de marzo de 1835 con facultades extraordinarias, sino con la suma del poder público, delegación que la legislatura estaba teóricamente autorizada para realizar porque investía la soberanía ordinaria y extraordinaria de la provincia. Lo que no le quita en lo más mínimo su carácter monstruoso, palabra empleada por el mismo agraciado cuando se decidió a cargar con investidura semejante. El pueblo de la ciudad ratificó mediante un plebiscito aquella consagración. El país y el pueblo argentinos serían las víctimas del nuevo estado de cosas, porque si el nuevo gobernante se propuso reprimir en formar implacable a sus enemigos, éstos ya empezaban a dar testimonio de que no habrían de detenerse ante ninguna valla moral ni política, aun ante aquellas más vedadas por un elemental patriotismo. ¿Y era acaso el partido federal el que había empezado a fusilar gobernantes legales y a valerse del terror para asegurar el predominio de una clase de la sociedad sobre otra, en abierta oposición con lo que ahora ha dado en llamarse otra vez, con pésima retórica, el dogma de Mayo?

Extracto del libro Historia Argentina de José Luis Busaniche.

Facundo Quiroga

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