Artigas | Purificación | José Gervasio Artigas | Banda Oriental | río Uruguay

Artigas ¿el conductor conducido?

"La realidad en Purificación lo confinó a la confrontación militar, donde los excluidos son siempre bienvenidos. Dicho esto con igual firmeza sostengo que, en el proceso de desacumulación de fuerzas, Artigas perdió a los aferrados a su bandera, pero no la bandera" Javier Ricca

¿Cómo intentaré dar respuesta a la pregunta que titula este artículo?

A partir de las declaraciones de un grupo de desertores de Purificación, registradas en el Archivo Artigas. Si bien estas confesiones son una fotografía de la villa, tan solo una imagen, serán para nosotros la oportunidad para interpelar afirmaciones aceptadas pacíficamente por la producción local. Entre ellas, la conceptualización de Artigas como el conductor conducido.

En Purificación encontramos a un General alejado de quienes inicialmente lo habían acompañado en su proyecto revolucionario. ¿No eran ellos capaces de ir más lejos que sus intereses?, ¿no pudo Artigas, ante un nuevo escenario, mantener la capacidad de acumular fuerzas?

En Purificación encontramos a un General alejado de quienes inicialmente lo habían acompañado en su proyecto revolucionario. ¿No eran ellos capaces de ir más lejos que sus intereses?, ¿no pudo Artigas, ante un nuevo escenario, mantener la capacidad de acumular fuerzas?

Lo que sabemos con certeza es que el General conservaba una estructura militar que lo hacía visible, aunque insuficiente para asegurar la permanencia de los triunfos en el tiempo.

En términos sistémicos el concepto de “conductor conducido” con el que se ha identificado la figura de Artigas en la revolución, es empleado como una entidad única, lo que constituye un recurso que puede considerarse una simplificación necesaria. Uno de los objetivos de mi respuesta es sobrepasar el límite de dicha afirmación. Vayamos pues a nuestro documento de referencia.

ARTIGAS.jpg

Los hechos

La calma y tranquilidad que reinaba, en el mes de julio de 1817, en el Villorrio de la Inmaculada Concepción del Puerto de Santa María de Las Conchas, ubicada a orillas del río Las Conchas (Partido de Tigre en Argentina), se vio alterada cuando trece emigrados de las costas del arroyo Hervidero, con una mezcla de miedo y calma, desembarcaban en las desvencijadas maderas del puerto.

El grupo estaba conformado por el “segundo Guarda Parque de D. José Artigas, y doce indios más que…han fugado del Pueblo de la Purificación”. De ellos, fueron seleccionados tan solo tres, en palabras del comandante de la guarnición los “más expresivos”, a efectos de prestar testimonio.

El grupo estaba conformado por el “segundo Guarda Parque de D. José Artigas, y doce indios más que…han fugado del Pueblo de la Purificación”. De ellos, fueron seleccionados tan solo tres, en palabras del comandante de la guarnición los “más expresivos”, a efectos de prestar testimonio.

En el expediente luce el interrogatorio a que fueron sometidos y las declaraciones que prestaron con relación a la situación de Artigas. Particularmente les fue requerida información sobre las fuerzas, armamento y demás recursos con que contaba el General para la guerra contra los portugueses, así como sobre el fracasado auxilio de las provincias de Corrientes y Entre Ríos.

Culminada esta etapa instructoria, se resolvió reincorporar a sus regimientos de origen a aquellos desertores que provenían originalmente de las huestes argentinas y que --tomados prisioneros por Artigas-- pasaron a sus filas.

En cuanto al guardaparques de Artigas, Antonio Rodríguez, quien figura en el expediente como el “moreno”, se dispuso su incorporación al Batallón 2° de Cazadores, en tanto los nueve restantes quedaron “en plena libertad, con la circunstancia de explorar antes, si su intención o voluntad es de entrar al servicios de las armas”.

Es oportuno alertar que si bien narramos un caso particular, la práctica de reincorporación y deserción era frecuente y generalizada. Una muestra de ello surge de la respuesta, registrada en el mismo expediente, relativa a las fuerzas que se hallaban bajo las órdenes de Artigas:

“Dijo: que demás de la fuerza que se halla en el Hervidero… la del Comandante Berdúm que se hallaba sobre Mandisovi, y cuya fuerza ascendía a doscientos cincuenta hombres, se amotinó y dispersó por falta de pagas, hace cerca de un mes; habiendo resultado herido el dicho Comandante y muchos de los dispersos se pasaron al enemigo…”

La figura del “conductor conducido”

Debe tenerse presente que si variadas fueron las razones por las cuales los orientales se enrolaron en las fuerzas militares de la revolución artiguista, muchas más fueron las que los condujeron a dar un paso al costado. Estas adhesiones y deserciones, registradas y fácilmente constatables a lo largo de todo el Archivo Artigas, comprueban el carácter no compacto ni uniforme del movimiento revolucionario y también permiten poner en duda la generalización afincada en los historiadores de la figura del “conductor conducido”, para definir la relación del General con el proceso revolucionario.

En primer término su tardía incorporación hace imposible aplicar este concepto a los primeros tiempos de la revolución. No podía conducir, ni ser conducido, simplemente porque en ese período no estaba. Otros fueron quienes lideraron el movimiento insurgente en esos tiempos (1809-1810).

La irrupción de Artigas en la revolución, en febrero de 1811, con un fuerte liderazgo, cambió la red de enlaces tanto entre quienes pretendían encabezar militarmente el movimiento, como entre aquellos que impulsaban proyectos políticos diferentes.

Esta compleja trama propició el desarrollo de contradicciones internas en el seno del movimiento revolucionario. Contradicciones que la historiografía ha disuelto, confeccionando una línea recta de tiempo histórico en la cual el movimiento aparece compacto y con un mismo objetivo.

Esta simplificación propició que diferentes hitos o referencias, en oportunidades inconexas, se transformaran, a nivel del discurso, en las columnas que sostienen afirmaciones como la siguiente: “Los habitantes al este del río Uruguay no solamente habían asumido su soberanía, sino que formaron un cuerpo político nuevo, libre e independiente”.

¿Qué falta considerar en este relato histórico? El determinar de “qué” y de “quiénes” estamos hablando. Para ello debemos preguntarnos si es posible pensar en términos de continuidad histórica cuando los objetivos políticos cambiaban, al tiempo que cambiaban sustantivamente sus protagonistas.

La mayoría de los insurgentes civiles de 1810 ya no son los mismos que los que se reúnen en la primera asamblea popular de octubre de 1811. Tampoco los jefes militares de 1810 son los mismos que los de 1811; ni estos últimos coinciden con los firmantes de la carta al cabildo de Buenos Aires, cuya invocación da inicio a la cita que transcribiéramos parcialmente, dos párrafos antes. Y, si alguno de ellos aún permanecía en su cargo para ese entonces, serían contados los días que restarían para que abandonara las huestes artiguistas. Otro tanto ocurriría con la mayoría de los curas, los grandes comerciantes y latifundistas que acompañaron al General.

¿Cuál era entonces el pueblo oriental?

Si observamos la integración de las asambleas y congresos, así como la composición de las instituciones de la época -como difícilmente hubiese sido de otra forma-, estos siguieron compuestos por la elite, llamada ahora, eufemísticamente, incluso por Artigas: “los buenos vecinos”, “los de la mejor clase”. Estos últimos controlaban a los demás vecinos, por lo tanto eran custodios de la voz del pueblo o de los pueblos. Basta para comprobar esta aseveración con pensar en los nombres de los cabildantes.

Podemos entonces concluir que la irrupción de la revolución en relación al orden institucional trocó una minoría básicamente española, oligarca, encaramada en el poder, por otra minoría (sin desconocer excepciones) que surgió de los españoles que fueron moderando su posicionamiento, más un sector social emergente que hasta el momento no había tenido cabida.

Esta nueva elite económica, social, religiosa y militar, se encuentra reflejada en todas las pinturas de América que evocan asambleas “populares” (sic) o reuniones de Cabildo.

En una confortable habitación, los congresistas se encuentran con impolutas vestimentas. ¿Cuál era el pueblo en quién había recaído la soberanía? ¿Dónde estaban en las asambleas y cabildos orientales los nativos, los gauchos y los libertos, componentes vivientes y al menos para Pufendorf, parte integrante de la soberanía popular? Tiendo a pensar que a los sumo se podría hablar de una sumisión voluntaria del pueblo a las nuevas autoridades.

No existen elementos que respalden las opiniones que han afirmado que estas asambleas involucraban a los grupos sociales marginales. En lo militar está claro que fueron incorporados, pero en lo político, tendremos que aguardar a que toda la gente que acompañó a Artigas en esos tiempos tome distancia de su causa para observar, en Purificación, al General en un rancho de adobe, acompañado por un liberto, un indio y dos hombres con atuendo de elite citadina relegados a segundo plano, mientras dicta el Reglamento de Tierras a uno de los últimos curas que aún acompañaba la revolución artiguista.

La historiografía ha ensayado algunas explicaciones sobre el abandono de quienes Artigas llamaba “los buenos vecinos”. Estas tienden en general a descalificar conductas individuales de estos últimos, sin analizar las causas que llevaron a esa situación prolongada y sostenida en el tiempo. En relación a la deserción de la plebe, el tema ha sido directamente evitado, quizás porque desarticula el relato compacto oficial o porque, a pesar este abandono masivo, Artigas se las ingenió hasta 1820 para reemplazar de alguna manera sus fuerzas militares. En muchos casos recurría a la incorporación forzosa de prisioneros, tal como surge de las declaraciones de los emigrados de Purificación, testimonios que debería interpelar sobre las razones que movieron a estos hombres para defeccionar de las fuerzas revolucionarias artiguistas. En este sentido, aun cuando el desertar formaba parte de la búsqueda de libertad inherente a todo ser humano, es difícil encontrar una explicación que justifique la preferencia de integrarse a las fuerzas porteñas.

artigas.jpg

A continuación ensayaremos algunas de las respuestas posibles.

Detengámonos por un momento en la composición de las tropas que apoyaban al General. Hagamos para ello un poco de historia. De acuerdo al relato imperante, todos los que se sentían orientales habrían emigrado con Artigas en 1811, en lo que constituyó el Éxodo del Pueblo Oriental. A ellos debe agregarse un número significativo de revolucionarios que, al inicio de dicho episodio, optaron por establecerse en Buenos Aires. Por ende todos los que apoyaban la causa revolucionaria se habrían marchado allende el río Uruguay.

Sin embargo antes de que, en octubre de 1812, se produjera el retorno a la Banda Oriental, un caudillo menor, José Culta, logró formar con elementos de Colonia, Florida y sus alrededores una milicia que, según las fuentes, se situaba entre 200 y 300 integrantes, lo que para la época constituía una fuerza respetable. Junto a ella comenzó el sitio a Montevideo. ¿De dónde salieron entonces estas milicias? Solo es posible ensayar una repuesta a esta pregunta si cuestionamos el relato dominante: en la Banda Oriental quedó un conjunto de habitantes que no acompañó al General. Algunos de ellos conformaron las fuerzas que lideró José Culta.

Estas provinieron de lo que consideramos de forma generalizada gaucho, a quien se lo podría aconchabar por algunos días en una estancia (por lo que ya no sería propiamente un gaucho) o incorporar a una milicia que enfrentara al poder (tampoco esta característica encuadraría típicamente en la caracterización de la figura del gaucho).

Debe tenerse en cuenta que esta casta de hombres no se adaptaba ni anhelaba los melindres de la estabilidad social ni de la familia, no poseía anhelos personales ni mucho menos colectivos. Preguntémonos entonces qué podía motivarlo a formar parte de una milicia: ¿la libertad?, ¿la injusticia?, ¿la mujer? Por hembras yo no me pierdo, sintetizaba Hernández, caracterizando al gaucho.

Ninguno de los valores que detentaba la cultura europea tenía un especial atractivo para él. No participaba de la idea de justicia y si se acercaba a algún caudillo, indefectiblemente, luego de algunos entreveros terminaba partiendo. Su desarraigo le hacía entender que la libertad solo la hallaba montando su caballo con la vista en el horizonte, oteando una pulpería donde tirar unas tabas.

Algo similar ocurría con el liberto o el nativo tape (adoctrinado, integrado a alguna estancia). En términos generales y aunque en menor grado que el gaucho, también su adhesión a los ejércitos fue inestable. Recordemos que durante el primer sitio, el jefe del Apostadero Naval de Montevideo, el capitán de navío José María Salazar, comunicaba que solo podía contarse con 20 o 25 negros esclavos, de más de ochocientos que, fugados del dominio de sus amos habían encontrado refugio en el ejército revolucionario (esta última cifra era elevada en un segundo parte, a mil esclavos de ambos sexos). Si a este grupo le sumamos los cientos de esclavos que pertenecían a las familias revolucionarias (en el Éxodo fueron censados 350, sin contabilizar el Regimiento de Pardos y Morenos), podemos concluir que la gran mayoría no se incorporó a las fuerzas orientales o desertó de las mismas. Tengamos presente que, en su cuartel de Purificación, Artigas nunca superó los doscientos milicianos provenientes de este sector de la población.

En este contexto es admirable que el General sostuviera, durante tantos años, su lucha con milicianos tan díscolos (nativos, gauchos, negros). Tampoco puede soslayarse que en 1820, al final de la lucha del caudillo oriental, este terminó rodeado de un pequeño puñado de hombres, conformado básicamente por negros e indios, en su mayoría habitantes mediterráneos transplatinos (Entre Ríos, Misiones, Corrientes).

Y mientras Artigas ingresaba en territorio paraguayo, en la Banda Oriental, miles y miles de gauchos y en menor medida indios y libertos, cabalgaban la penillanura levemente ondulada, ajenos al acontecer revolucionario y al derrotero del prócer oriental.

Por otra parte, también se ha tendido a idealizar el aporte concreto del General hacia las comunidades nativas. En primer lugar tendríamos que preguntarnos si los nativos orientales deseaban la igualdad que, desde una visión eurocentrista, se les ofrecía. Y en segundo término ha de relativizarse la inclusión del pueblo nativo en la fórmula política que impulsaba Artigas, conocida como soberanía particular de los pueblos.

Ahora bien, no es menos cierto que Artigas acompañó a la primera generación que comprendió que, si antes la supervivencia era una larga lucha en la que sobrevivían los nativos más fuertes, en estos nuevos tiempos solo lograrían perdurar los más débiles, quienes aceptaban y comenzaban de inmediato la transculturización.

Algunos nativos, especialmente los que provenían de las comunidades que habían aceptado pacíficamente ser reducidos (abipones, guaycurúes), se integrarían de lleno a la vida de los campamentos artiguistas en Purificación. Otros en cambio, como los charrúas y minuanes, mediante un tratado no escrito de mutuo apoyo acamparon a distancia. En tiempos de paz, estos últimos marchaban en la retaguardia mientras que, en las montoneras, formaban la vanguardia. En ocasiones, sin consultar a nadie, levantaban sus tolderías y no se los veía por algunos días; pero siempre regresaban. Cuando las huestes orientales se veían obligadas a cruzar el río Uruguay, ellos se quedaban en la Banda Oriental.

Ahora bien, aun en un contexto de adhesión del nativo al General, ambos tenían en muchos casos, concepciones difícilmente conciliables. Tal es el caso del sentido y valor que se le asignaba a la propiedad, tanto de la tierra como del ganado. También era diferente la concepción sobre la autoridad ya fuera política, policial o religiosa.

Lo cierto es que, en definitiva, no se promovió la participación de los nativos orientales, a diferencia de lo ocurría en México, donde, aunque en mínima proporción, estos integraron los cabildos y las asambleas.

Tampoco se rompió con la visión eurocentrista, ofreciendo a la tribu y no al nativo individualmente considerado, en lugar de una suerte de estancia, un territorio donde pudiera permanecer junto a su comunidad. Téngase presente, a modo de ejemplo, que cuando la Banda Oriental se encontraba en manos de los orientales --en 1815-- Artigas pudo haber entregado o intercedido para su cesión, a estos fines, sus tierras en Arerunguá, uno de los mayores latifundios de la Banda Oriental (cedido parcialmente en octubre de 1810 a Luis Sierra) cuyos títulos de propiedad fueron extendidos el 28 de enero de 1811 por el Gobernador Vigodet.

En conclusión, los apoyos y adhesiones que concitó el movimiento revolucionario y en particular el liderazgo de Artigas, constituyen un tema de suma complejidad. Un análisis en profundidad tiene que partir de la premisa de que los insurrectos no conformaban un movimiento compacto. Artigas no representaba la opinión de todos los orientales, ni todos los orientales se sentían representados por el General. Él lo sabía, estos eran los riesgos que se le presentaban y los asumió, aunque al final terminara fuera de la partida. No pudo dirigir la multiplicidad de voces de una sociedad fermental. Una sociedad que, como se mencionó, en 1810, hizo política sin su liderazgo e inició el proceso revolucionario cuando que él seguía prestando sus servicios a la Regencia.

En este sentido, cabe preguntarse si podía una conducción rectilínea como la de Artigas, seducir en Purificación a una multiplicidad de voces. A nuestro juicio la respuesta es negativa. Nada de ello implica desconocer el liderazgo arrollador ejercido por el General. De lo que queremos dejar constancia fue del constante proceso de desacumulación de fuerzas entre las huestes orientales que tuvo el movimiento revolucionario liderado por Artigas.

Por otra parte, el General tampoco es la historia de nuestro pueblo, Artigas es nuestro héroe y muy a su pesar, vencido en el campo de las ideas, dejó de ser el conductor conducido. Su autoridad cesó ante la presencia de los ausentes y se vio acorralado a imponer su voluntad en el campo de batalla. Al igual que cuando nos aproximamos al invierno, su noche política era cada día más larga y su día de guerrero cada día más corto.

La realidad en Purificación lo confinó a la confrontación militar, donde los excluidos son siempre bienvenidos. Dicho esto con igual firmeza sostengo que, en el proceso de desacumulación de fuerzas, Artigas perdió a los aferrados a su bandera, pero no la bandera.

Edward Carr en su libro “¿Qué es la Historia?” termina diciendo:

El Profesor Morrison aboga por una historia escrita con sano espíritu conservador, yo vuelvo la mirada a la calle, sobre un mundo en tumulto y un mundo a la obra, y contesto con las manidas palabras de un gran científico: Y sin embargo, se mueve…

Yo agregaría: sólo la mano que borra puede escribir la verdad.

Dejá tu comentario